Spanish poem
16 (De aquello que una vez se…)
by Martín del Barco Centenera (1535–1602)
De aquello que una vez se hubo estrenado, el vaso nuevo guarda, como vemos, el gusto y el olor; lo que es usado por largo tiempo, en hábito tenemos, y tanto en natural se ha transformado, que siempre con lo tal bien nos habemos; y así dejar costumbre muy usada es cosa muy difícil y acabada.
Oí, cierto, una cosa muy galana de un hombre cuartanario, que decía, teniendo ya salud entera y sana, que sin gusto y contento ya vivía; estaba ya tan hecho a su cuartana, que por falta su absencia la tenía. Mirad qué es la costumbre, y de qué suerte, que dicen que mudarla es par de muerte.
Estoy ya tan cursado en esta historia en males infortunios y descuentos, que aquello que tuviera otro por gloria, tratar del enemigo y sus lamentos, no daba tanto gusto a mi memoria; y así me parecía los acentos faltaban por tratar yo de alegría, por do vuelvo a cantar como solía.
La gente desdichada zaratina de la esperanza estaba muy colgada; el que esperando está siempre imagina la cosa que le está más apropiada; y cuando ve mudanza repentina, tras ella su memoria va guiada, que el ánimo dudoso tiene aquesto, que acá y allá se muda muy de presto.
Estaban congojosos, esperando que vuelvan los navíos al concierto, ya viene Melgarejo navegando, dejando la más gente allá en el puerto. El buen Capitán entra pregonando que el perro Zapicán quedaba muerto, y que iba ya huyendo de corrida su ejército y su gente de vencida.
Con placer le reciben de alegría, y todos con la nueva se alegraron, el roto campo y gente, artillería, en la zabra y bajeles embarcaron. La zabra el Uruguay entrado había, el cual los pilotos no acertaron; ni basta izar trinquete, ni el antena, que fuertemente encalla en el arena.
Los bergantines suben prestamente a descargar el hato que llevaban, el Guaraní acudiera diligente a ver que los cristianos esperaban. Recibidos de paz, y prestamente los indios a su casa se tornaban, y en breve a dos cristianos han traído, y que otros dos traerán han prometido.
Venidos los bajeles y buen viento, la zabra desencalla del bajío sin recibir de aquesto algún tormento, que piedras por aquí no tiene el río. Al puerto se llegó con gran contento, a donde el Guaraní volvió con pío de haber de los rescates castellanos, y trajo por rescate dos cristianos.
El capitán Garay hecha tenía a Juan Ortiz la casa en que viviese, y cada cual la suya se hacía, por tener un rincón do se metiese. El Juan Ortiz en éste proveía que de hoy en adelante se dijese y nombrase Vizcaya el Argentino. ¡Mirad el ambición del vizcaíno!
Después al Paraguay determinaba que vayan a traer mucha comida. Al capitán Garay acompañaba Rui Díaz, que procuran la manida de Cayú, que en las islas habitaba. Allá los dos caminan de corrida, primero con Chanaes encontraron, y de ellos dos o tres aprisionaron.
De aquí los dos pasaron adelante en busca de comida; y en el río que dije Igapopé, do está triunfante el indio Guaraní, que es un gentío, como hemos dicho ya, en maña pujante, sin otra presunción ni desafío, en los indios asalto dan bravoso cuando el sol alumbraba luminoso.
Habían estos indios abscondido sus hijos y mujeres, y pensaban, en viendo algo seguro su partido, en nuestra gente dar, y así hablaban diciendo pocos son; mas fue sabido el falso que en secreto concertaban, y así salen huyendo por las vegas, dejando de maíz muchas hanegas.
Tres casas y buhíos se dejaron con doscientas hanegas bien colmadas de maíz, y otras cosas que se hallaron, y estaban so la tierra sepultadas. Los soldados las casas les quemaron, y fueran con los nuestros ya quemadas de un indio que lo andaba maquinando, si no estuviera Arévalo velando.
El capitán Garay con sus soldados camina a la Asumpción con mucha prisa. El capitán Rui Díaz (bien cargados los suyos de comida y de la presa, que fueron cuatro indios señalados, y entre ellos de Cayú un hijo) atraviesa a donde está el real, y en breve allega, y la comida y presa toda entrega.
La nave vizcaína se me aqueja que de ella no me acuerdo; está plantada allá en un arenal, a do la deja Juan Ortiz de gente mal poblada. Paréceme que queda como oveja a lobos deshambridos entregada; de cuando en cuando van a visitarla, mas la gente se teme de guardarla.
Y no quiero culparles, pues que tiene cualquiera, acá do estamos, sobresalto, pensando cada cual que le conviene rogar a nuestro Dios que de lo alto envíe su socorro, que si viene a dar el enemigo algún asalto, sin duda perecemos, porque vana la guarda es sin la guarda soberana.
Un caso contaré, que manifiesta en su tanto y manera esta sentencia, de cómo humana guarda poco presta si está en contra divina Providencia. Sucede a media noche una molesta y triste desventura, diligencia no basta a le impedir, porque la casa de Juan Ortiz se torna hecha brasa.
Al punto que la gente reposaba, un fuego se emprendió; el Adelantado, según pareció ser, despierto estaba, a prisa sin parar se ha levantado. El viento al fuego fuerza acrecentaba, la casa y cuanto tiene se ha abrasado, que mientras más va, el fuego más se atiza, y vuelve todo en polvo y en ceniza.
¡Eterno Dios!, que azotas y castigas los hombres por razones exquisitas, ¡qué de tormentas, hambre, sed, fatigas, trabajos, guerras, cosas infinitas he visto! Y sé Señor, que más obligas aquel a quien castigas, y lo incitas a que ande entero siempre en tu servicio, mas no conoce el malo el beneficio.
Metiose Juan Ortiz en su navío, adonde su hacienda está guardada; no cura de hacer ya más buhío, que la zabra la tiene por morada. La guarda se le hace junto al río, la gente por el campo está poblada en sus chozas de paja, sin abrigo, con no poco temor del enemigo.
Al arma un día se toca, alborotados a todos los veréis, porque asomaban el piloto mayor y los soldados, que la nave sin guarda la dejaban. A todos los veréis amedrentados, las damas y doncellas lamentaban, los hombres desmayados, suspirando andaban por la plaza divagando.
Llegó, pues, esta gente que guardaba la nave vizcaína, y en llegando al piloto unos grillos luego echaba el Juan Ortiz, la cosa exagerando. El preso su venida disculpaba, el miedo por excusa presentando, diciendo que en la nave a la ventura estaba, y beneficio de natura.
Aquel Cayú que dije, que huyendo salió con los demás, y que dejara captivo el hijo, vuelve ya corriendo, el río Uruguay atravesara. Algunos de los suyos le siguiendo a Juan Ortiz pescados presentara, con lágrimas y ruegos significa lo que con alma y vida le suplica.
Que en rescate del hijo una graciosa mozuela tome pide, así pensando cumplir su voluntad tan deseosa, su rostro y hermosura exagerando. Y dícele la tome por esposa, y mientras él está aquesto tratando, el Juan Ortiz la moza recibía, y al indio sin su hijo en paz envía.
En este tiempo, ¡oh cosa lastimera!, flecharon al dichoso Chavarría. Aquéste a los Chanaes les cupiera, al tiempo que la presa se partía. Ordenado de grados supe que era, versado en natural filosofía, discreto, sabio y muy caritativo, de mucha habilidad y seso vivo.
Es justo déste quede gran memoria, que su fin lo merece lastimoso, y pues llevó la palma de victoria, gozoso le nombremos y dichoso. Yo espero nuestro Dios le dio la gloria, que yo le conocí por virtuoso, y oídme aquesta grande maravilla, que más me mueve a envidia que a mancilla.
Sacáronle los indios del poblado en un pantano grande anegadizo, y en un palo le ponen amarrado, y flechas dan en él como granizo. Quedó en breve tiempo tan cuajado cual vemos el pellejo del erizo de sus agudas puas, tal estaba, y con esfuerzo grande así hablaba.
«Eterno Dios, el alma te encomiendo, que el cuerpo miserable que padece (aunque está este tormento padeciendo), mayor por mis pecados él merece». Estando estas palabras él diciendo, el bárbaro cruel más se embravece, y Chavarría en Cristo contemplando el Miserere mei está cantando.
Cual suelen cazadores por el soto con perros y sabuesos vocería alzar, así hiriendo a este devoto el crudo barbarismo lo hacía. Estaba ya su cuerpo todo roto, la sangre hilo a hilo dél corría, mas él no deja el canto de consuelo, que espera de tener paga en el cielo.
Y oíd, mi buen Señor, aquí otra cosa que tiene en confusión a estos paganos por ser a vista de ojos espantosa, según lo refirieron tres cristianos. Captiva uno esta gente perniciosa, y sácanle los ojos, pies y manos le cortan con malvada y gran fiereza, y dicen que está vivo. ¡Qué grandeza!
Juan Gago este cautivo se decía; de Guadalupe mozo virtuoso, en Logrosán, mi patria, me servía al tiempo que dejara yo el reposo. A la Virgen purísima María de Guadalupe dice este dichoso: «En este punto sed vos mi abogada», y acude a su costumbre tan usada.
Dios sabe cuánto yo lo he procurado sacar de cautiverio por mil vías, y el trabajo y las hambres que he pasado andando tras los indios muchos días. En muy grandes trabajos me he arrojado por mi propia persona, y con espías, y nunca he sido en ello de provecho. Acaso Dios hará con él su hecho.
Juan Barros de los indios fue cautivo, en tiempo de don Pedro, en los Beguaes. Mataron otros, mas aquéste vivo criaron, que era niño, y a Chanaes le venden (aqueste hombre de que escribo algún tiempo traté). Chiriguanaes le cautivan, y tiempo mucho estuvo entre ellos, y mujer e hijos tuvo.
Aqueste Juan de Barros cierto vide que hizo gran provecho a los cristianos, que Dios todas sus cosas siempre mide con divinos secretos soberanos. No sabe el triste hombre lo que pide, lo más cierto es dejárselo en sus manos; esta consideración en verdad hago en el negocio siempre de Juan Gago.
Estaban, sin los dichos, más cautivos que asimismo mataron estos perros, empalando y flechándolos aún vivos, y también desgarrándolos con hierros, y por mostrarse crudos y nocivos en vida a muchos meten en entierros, a do mueren de hambre, cruda, perra, y vivos sepultados so la tierra.
Aquí quiero no quede por olvido un caso que me viene a la memoria. Del grande Patriarca enriquecido de bienes duraderos en la gloria, seráfico Francisco ha merecido un hijo suyo palma de victoria, en tiempo de don Pedro le mataron, y el caso de esta suerte me contaron.
Estando este bendito religioso hincado de rodillas en el suelo con grande devoción, el envidioso Agaz, tirano indio, sin recelo le flecha, mas al punto un luminoso nublado descender se ve del cielo, y en él subir a todos parecía una doncella, bella en demasía.
Los indios con aquesto se espantaron, de suerte que a él con otros compañeros que habían muerto a todos enterraron, llorando porque fueron carniceros de aquel bendito fraile que mataron. Y están en su temor hoy tan enteros los descendientes de ellos, que recelo tienen que les venga fuego del Cielo.
A nuestra historia, pues, dando la vuelta, Cayú de su hijuelo deseoso tras el Garay se fue, que a vela suelta el río arriba iba sin reposo. Y cuenta cómo al hijo no le suelta el Juan Ortiz, y pídele lloroso que le escriba una carta, en que le ruegue que su querido hijo se le entregue.
Es Yamandú en aquesto el trujamante, que es primo del Cayú; muy confiado está, porque poniéndose delante de nuestro Juan Ortiz, Adelantado, hará con su saber y buen semblante que quede Juan Ortiz bien engañado. Mas uno piensa el bayo (allá en Castilla se dice) y otro es el que le ensilla.
Con prisa Cayú vuelve en compañía del falso Yamandú, que confiaba que muy presto al sobrino llevaría, que Garay en sus cartas lo rogaba. Con ánimo gallardo y alegría al Capitán el preso demandaba; la gente dice toda, pues tenemos el pájaro en la mano, ¿qué hacemos?
No quiero referir las opiniones, juicios y pareceres diferentes que había en el real, y locuciones, coloquios y corrillos entre gentes; todos daban sus causas y razones, al parecer de muchos suficientes; de Yamandú se trata, si conviene se prenda, o que se vuelva como viene.
El Yamandú, como hombre cauteloso, procurando librar a su sobrino, mostrose muy alegre y muy gozoso, y dice a Cayú vuelva su camino, porque él está ya ha días deseoso de estar entre cristianos, y así vino con fin de bautizarse y ser cristiano; y de esta suerte habla al primo-hermano.
«Cayú, bien ves cual quedo entre cristianos, y tu hijo también. Ten buena cuenta que guardes de malicia bien tus manos, y cosa contra aquesto no se sienta. Que tratas con los indios zapicanos, ni Guaraní por pienso en tal consienta, que al punto que haya tal, entrambas vidas, de tu hijo y de mí, serán cumplidas.
»Yo quedo con contento y alegría, así se lo decid a mis parientes. Mirad que mucho ha que yo os decía que habían de venir de lejos gentes. Dejados de esa vana fantasía, mirad que no podéis ser tan valientes que deis cabo de tantos. Sed ya buenos, poned a vuestras almas duros frenos».
Con esto y otras cosas que hablaba, el falso Yamandú disimulando su pretensión fingida procuraba, diciendo desear ser bautizado. Y tanto esta ficción suya duraba, cuanto de la Asumpción se hubo llegado, como diré después, que agora siento en Santa Cruz un mal levantamiento.
Tratemos dél agora, que sucede en tanto que lo pasa el zaratino muy mal, y yo aseguro que bien puede ponerse el de Toledo ya en camino, si no quiere ser causa de que ruede don Diego con su gente al Argentino, y con su rueda dé tal estampida que el Perú venga todo de caída.