Spanish poem
17 (Con su saber astuto y cauteloso)
by Martín del Barco Centenera (1535–1602)
Con su saber astuto y cauteloso, sintiendo la pujanza que Adán lleva, y viéndose no ser tan poderoso que pueda entrar con él en lucha y prueba, en el jardín de vida deleitoso Satán tomó por medio nuestra Eva, que vencerle sabía no pudiera si solo la batalla acometiera.
Contra el hombre quedó Satán tan diestro que si vencerle quiere con pujanza, como viejo, sagaz y gran maestro, en una mujer pone confianza; y el caso que no puede muy siniestro, por medio de mujer puede y alcanza, de modo que de diez partes de males los nueve con mujer causa cabales.
Cuán claro aquesto vemos en el cuento del pobre de don Diego y de Zurita, pues sólo por poner mujer asiento en el iglesia, y que otro se lo quita, se comenzó tan gran levantamiento que al reino del Perú plata infinita le cuesta, y aun buen triunfo le costara si el de Toledo no lo remediara.
Las mujeres de aquestos dos trabadas comienzan de sembrar tan gran cizaña que, yendo ya las cosas mal guiadas, se fragua en poco tiempo gran maraña. El Zurita tenía desganadas las gentes, y a don Diego el diablo engaña. Al Zurita que manda allí prendía, y al Audiencia Real preso le envía.
Un Diego Gómez, hombre marinero, con su pretensión mala le traía al pobre de don Diego al retortero; el Cabildo en aquesto le elegía en el lugar que estaba de primero Zurita, que a los Charcas ido había. Pues veis Gobernador don Diego alzado, y el propio del gobierno despojado.
Don Diego a los alcaldes prende luego con otros que condenan su designo, y viendo alborotado andar el juego, los Salazares salen de camino. La nueva al Perú vuela como fuego, y el don Diego con grande desatino mató a los Salazares, procurando quedarse para siempre gobernando.
Don Francisco, virrey de tanta fama, y en servicio del Rey muy estimado, sabido este negocio, echa derrama, y en breve grande ejército ha juntado. A gente de valor y suerte llama, y el hecho con presteza concertado; la cordillera se entra muy pujante echando un caballero de delante.
Aquéste es don Gabriel, que de su tierra y sangre hereda esfuerzo placentino. A Santa Cruz le envía de la Sierra con gente de la suerte que convino, a que rompa por paces o por guerra del triste de don Diego su destino. Después, dando la vuelta, que pretenda en Ibitupuá ganar hacienda.
Don Francisco se va por otra parte, por Presidente queda el de quiñones. Aqueste caballero con gran arte el Audiencia regía y escuadrones, temiendo de su industria el fiero Marte, de su sagacidad y discreciones, que tanto era el ardid que allí mostraba que en la guerra las letras encumbraba.
A don Diego la nueva llega en esto que de parte del Rey se hace gente, de Santa Cruz se sale muy de presto a las horcas de Chaves diligente. En llegando despacha muy de presto en casa Ibitupuá, indio valiente, diciéndoles se junten mano armada y no den al Virrey paso ni entrada.
Que si el Virrey se le entra por la tierra, que vivirá en eterna servidumbre; que habrá de conquistar toda la sierra sin dejar lo más alto de la cumbre; que ahora podrá bien darle la guerra para librarse de esta pesadumbre; que perfecta prudencia es y cordura gozar en la ocasión la coyuntura.
El indio le responde que guardase su tierra, y que jamás no pretendiese que en cosa con los suyos le ayudase, que allá don Diego solo se lo hubiese. Que no tiene temor que nadie entrase en su tierra, por fuerza que trajese, que de ánimos constantes tiene un muro, y fuerza, con que vive muy seguro.
Ibitupuá, o viento levantado, aqueste indio se llama; es de gran brío, magnánimo, valiente y esforzado, de muy grande valor y señorío. En grande rectitud tiene su estado sujeto por su esfuerzo y poderío. En toda la comarca es muy temido, y muchos favorecen su partido.
Entre los suyos hizo llamamiento, y desque a todos juntos los tenía, les hizo un concertado parlamento, diciéndoles el fin que pretendía. «Aquesta tierra», dice, «es nuestro asiento, a nadie de derecho otro venía. Por tanto el nuestro propio defendamos y la vida por él todos pongamos.
»Yo he puesto diligencia en mis agüeros, y hallo buen presagio en cuanto veo, y espero que saldrán bien verdaderos, cortados a medida del deseo. Y veros tan valientes y guerreros cual sé lo sois, y siempre yo lo veo, me pone nuevas fuerzas y me anima a conquistar los Charcas, Cuzco y Lima.
»Noticia tengo ya de cómo viene el soberbio cristiano, mano armada. En las horcas de Chaves se detiene don Diego con su gente levantada. De todos el resguardo nos conviene y guardar nuestra tierra libertada, que si cualquiera de ellos nos venciere, de nosotros hará lo que quisiere».
Bebiendo de la chicha y del brebaje, que había para ello el aparejo, celebrado con grita y con coraje de todos fue el acuerdo y el consejo. En medio de la junta, de buen traje un indio se levanta, cano, viejo, con manta que parece fina grana, y en el brazo de plata una chipana.
Aquéste con muy grande reverencia al gran Cacique dijo convenía despachase con mucha diligencia a Condurillo. Izoca: «Más valdría», responde muy soberbio, «sin paciencia matar toda la sangre vieja y fría, pues quita a los osados corazones la causa de venganza y ocasiones».
El viejo Tabobá con pecho fiero a Izoca respondió: «Mal has hablado, contino la tuviste ser parlero, sin seso, sin vergüenza, deslenguado. A ti junto con otro compañero haré entender quién soy en estacado». Izoca acude al arco que traía, de presto Ibitupuá los despartía.
Las tazas andan tales y los mates, que el acuerdo se vuelve en vocería; allí se disputaban mil debates, y cada cual su caso difería. Con borradas razones y dislates el uno al otro dice vencería, aunque traiga consigo por ayuda la isla Jamaica y la Bermuda.
Una india que las tazas ministraba, muy vieja lagañosa y colmilluda, a todos los mancebos animaba con su lengua mordaz y tartamuda. Entre otras muchas cosas que hablaba, aquesta razón dice la barbuda: «En medio el Paraguay y Perú estamos, aquéstos y los otros resistamos».
Gran grita y alarido levantaron los indios en le oír estas razones. El dicho con aplauso celebraron, cesaron diferentes opiniones. El consejo con gozo consumaron conformes en el alma y corazones, sujetándose al dicho de la vieja y así cada cual dellos se apareja.
El nuestro Paniagua placentino con gente muy lustrosa y muy lucida, con ánimo de fuerte paladino, comenzó, como dije, su partida. Y tan pujante fue, que de camino la tierra a su dicción quedó rendida. Don Diego de esperarle ya cansado, a Santa Cruz enfermo se ha tornado.
De manos y de pies Dios le ha tullido que es lástima de ver al caballero, que aun obras naturales no ha podido sin ayuda hacer de otro tercero. A Santa Cruz de vuelta ya venido, de don Gabriel le viene un mensajero con cartas del Virrey, y prometidas del propio y Gómez y Ávila las vidas.
Llegando don Gabriel a aqueste puesto que las horcas de Chaves es llamado, halló cómo don Diego con el resto de su gente ya había caminado. Las cartas despachando muy de presto, con los suyos se queda allí alojado, que adelante pasar no se podía, que la tierra de aguas se cubría.
A Santa Cruz las cartas llegan breve; el Ávila ha ayudado en esta parte, causando que se haga lo que debe hacerse, aunque siguiera el estandarte contrario; mas agora no se atreve, por ver del de Toledo la grande arte, y que el don Diego está sin pies y manos, y aquellos que le siguen son tiranos.
El orden que se dio, que desistiese del mando y del gobierno que tenía, y el Cabildo y Consejo se lo diese, que aquéstos dicen todos convenía. El Gómez, que fue causa que hiciese don Diego la cantada demasía, y fuera al parecer su grande amigo, en viéndole sin mando, fue enemigo.
Desiste, pues, don Diego de su manda, y deja que el Cabildo gobernase, por aquesta manera procurando que el Virrey su delito perdonase. Algunos de su parte y de su bando le dicen al Virrey se presentase, que en ver su poca culpa y su inocencia sin duda que usaría de clemencia.
El Cabildo enviar procura luego a don Gabriel la nueva de este hecho. Salgado sale ya sin grande ruego, mas no sin gran doblez de inicuo pecho. De Santa Cruz, saliendo como fuego, a las horcas de Chaves va derecho; veinte mancebos lleva arcabuceros, y más cincuenta infantes muy guerreros.
Don Diego del negocio ya arrepiso, pensando de volver el juego en maña, a Salgado le ha dado por aviso que mate a don Gabriel con su compaña. El indio Chiriguana nunca quiso venir en el concierto y la maraña, que si el indio en el concierto consintiera, don Gabriel con su gente pereciera.
El hecho de esta suerte se guiaba, que llegado Salgado con su gente a donde don Gabriel y el campo estaba, sería recibido alegremente por el socorro y nuevas que llevaba. Y que después, un día de repente marchando con los suyos el Salgado, revuelva sobre el campo descuidado.
Con sus arcabuceros de delante había de ir Salgado y sus flecheros, Paniagua tras él con el restante en dos tercios, y que él con los primeros resolviose a traición, con tal semblante que pensasen ser indios los postreros. Hicieran desta suerte todos alto, y así Salgado diera un crudo asalto.
Llegando, pues, Salgado donde estaban Paniagua y los suyos alojados, de todos con la nueva se holgaban por ver ir los negocios bien guiados, y con esto de presto se aprestaban para dar en los indios no domados de Ibitupuá, digo, el valeroso, valiente, astuto, sabio y belicoso.
Salgado se ofreció que con su gente irá en la delantera de contino; recíbese su oferta alegremente, que don Gabriel no sabe su destino. Mas el malvado piensa prestamente en efecto poner su desatino, y así para efectuar el crudo hecho descubre con los suyos su mal pecho.
Al tiempo, pues, que ya lo concertaba de dar en don Gabriel que va marchando, el indio guaraní lo revelaba, que con Salgado iba caminando. Y aunque el Salgado bien se lo rogaba, no quiere el guaraní seguir su bando, que dice que de andar está cansado tras don Diego, que siempre le ha burlado.
A don Gabriel el caso refiriendo el guaraní con pecho y osadía, y toda la maraña descubriendo que trabada Salgado ya tenía, al tiempo que la iba mal tejiendo, el hilo conocido descubría el triste de Salgado, de tal suerte que vino a fenecerse con la muerte.
Colgole don Gabriel y prestamente despacha a Santa Cruz de aquel paraje los indios Guaraníes y la gente que dije que vinieron, y un mensaje a don Diego le envía diligente, la palabra le dando y homenaje que venga, que al Virrey hará servicio, y que él le será en todo muy propicio.
Don Diego en esto y Ávila pensando, que en su negocio hacen mucho hecho, a los Charcas caminan, procurando llevar siempre camino muy derecho. A don Diego el temor le va acusando, aunque Ávila le pone alegre pecho; las aguas con gran fuerza le apuntaban y volverse por esto procuraban.
Sabiendo en Santa Cruz cómo querían volverse, porque el Gómez lo ha tratado, diciendo que las aguas ya venían y no estaba el camino aparejado, a Diego Gómez presto le prendían y al Audiencia le envían a recado. Don Diego no desiste del camino, que tullido y enfermo a Mizque vino.
Ibitupuá, que estaba muy pujante, espera a don Gabriel con pecho fiero. No viene el Placentino muy triunfante, que le quita la fuerza el mal tempero. Las aguas también mira de delante, y el importuno tiempo venidero, y viendo cómo todo le adversaba, batalla solamente presentaba.
Y aunque nunca romper ha procurado, con todo, el enemigo se mostrando tan fuerte que a los nuestros ha apretado, y del todo a romper les obligando, algunos rompimientos ha formado en que lo más seguro se llevando el español, el bárbaro moría cantando la victoria que perdía.
Al fin, porque convino así hacerlo, retíranse los nuestros, que imposible al bárbaro será en breve vencerlo, que habita en una tierra muy terrible. Lo que es más principal para cogerlo, y es cosa hacedera y muy posible, prenderles las mujeres, que prendidas darán en trueco dellas dos mil vidas.
Es cosa de notar de aquesta gente en cómo a su mujer ama el marido, que ni hijos, ni padres, ni pariente en tanto tiene; y sé que ha sucedido venir tras su mujer muy diligente, y dar en trueco un hijo muy querido el indio con tristeza lastimera por verse sin su dulce compañera.
Celoso suele ser y recatado el indio con la india que es su amada, y do quiera que va la lleva al lado en tanto que no ve que está preñada. Después suele decir: ya está ocupado el vientre, y ocupada la posada, si mi mujer no hubiere de guardarse, mi obra ya no puede despintarse.
Salió pues don Gabriel de entre esta gente sin hacer el efecto pretendido, que el invierno le estaba ya presente, por do dejar la guerra ha convenido. De Chuquisaca en esto el presidente Quiñones con socorro se ha partido, en busca del Virrey va caminando, que a Condurillo viene atravesando.
Al tiempo que el Virrey entró en la sierra con cuatrocientos hombres bien armados, con otra mucha gente de la tierra de todos adherentes pertrechados, con fin de reducir por paz o guerra al indio guaraní con sus estados. La tierra considera y la demarca desde un pueblo que llaman Chalamarca.
De aquí por su mandado a priesa fueron tres hombres con despachos y recados a Tucumán, do en breve se pusieron, que en el camino estaban bien cursados. Con esto en Tucumán presto tuvieron noticia de don Diego y de sus hados. Al Paraguay también la nueva viene al tiempo que velarse le conviene.
En tal término y punto está la cosa que, si don Diego acaso allá bajara, hallara nuestra gente deseosa de cualquiera revuelta y se holgara. Mas quiso con su mano poderosa el Alto remediar, que si la alzara el Argentino todo se perdiera y en aprieto al Perú todo pusiera.
Alguna vez oí a mis oídos que don Diego venía levantado, y vi que se holgaban los nacidos en la tierra del caso relatado. Los pechos de éstos fueron conocidos cuando después se hubieron rebelado en Santa Fe, en aquel levantamiento de que yo en su lugar la verdad cuento.
De allí de Chalamarca pues envía despachos el Virrey, como contamos, al Río de la Plata, que temía el mal que en esta historia ya apuntamos. A Zárate despacha recta vía en busca de unos indios Comogamos; en Condurillo habita aquesta gente, y así es dicho el Cacique, muy valiente.
También salió el Virrey a la otra mano por sierras cordilleras de boscaje. En partes pocas hay camino llano, que todo es cordillera este paraje. El asiento de Manso está cercano, seguro estoy si fuera allá el bagaje y pueblo, el buen Virrey allí poblara, que mucho a su pretenso le importara.
Con gran pujanza va el Virrey siguiendo su derrota y camino comenzado. El indio guaraní se está riendo por ver que el aparato es excusado; y en viendo al español, tira huyendo de lejos, el motín haciendo usado. Don Francisco y su campo van marchando la vuelta del Perú ya deseando.
Aquí quedan cansados los carneros, allí desmaya ya y muere el caballo, desean muchos hombres verse en cueros, el hato dejan ya por no llevallo. A los Charcas salieron mensajeros, Quiñones se da priesa, que encontrallo al Virrey con socorro determina en el asiento y pueblo de Tomina.
Marucare en aquesto muy furioso, huyendo de su asiento y de su casa, porque en quemarla nadie esté gozoso, él propio la ha dejado hecha una brasa. Con Tabobá el valiente y ardidoso, sus mujeres y chusma presto pasa de allí, y tan adentro se ha metido que no podrá jamás ser ofendido.
El buen capitán Zárate bajando en busca del asiento Condurillo, con tan grande trabajo atravesando la tierra, que temor me da escribillo, los días y las noches caminando, al fin el indio hubo de sentillo. Y aunque de sobresalto los cogieron, las mujeres e hijos escondieron.
Tres casas y buhíos muy crecidos aquí Zárate halla, do su gente aloja, que los indios escondidos vacíos los dejaron prestamente. De a poco con cautela son venidos con cruces en las manos de repente, diciendo que huyeron temerosos y de la cruda muerte recelosos.
Al Capitán decían y culpaban porque nunca avisó de su venida, que días ha que todos deseaban a los cristianos ver, que conocida su bondad y valor, determinaban la tierra esté al cristiano sometida; y porque ellos esto conocían, las cruces en señal de ello traían.
Al Capitán con esto procuraban entretener los indios, pretendiendo hacer así mejor lo que ordenaban, y andaban con gran priesa y maña urdiendo. En tanto que la junta concertaban, el Capitán su farsa conociendo, un fuerte ha fabricado muy aína de brava palizada y de fajina.
Apenas está el fuerte fabricado, y las paredes dél no medio hechas estaban, cuando el campo se ha cuajado de los indios, que vienen por sus trechas, gran grita y alarido han levantado, el aire y tierra cubren con las flechas. La guerra fue sangrienta y bien reñida, mas huye, al fin, el indio de vencida.
Los muertos y heridos muchos fueron de parte de los indios, porque había ochenta arcabuceros que hicieron como gente española de valía. De tres o cuatro vivos que cogieron, traídos acá al fuerte, se sabía que los indios llevaban en los brazos a sus casas los hechos ya pedazos.
De los nuestros quedaron mal heridos algunos, pero pocos de esta guerra. Los indios a gran priesa son metidos por la espesura grande de la sierra. De a pocos días fueron descendidos, bajando el Capitán a ver la tierra; y a quince que en el fuerte se quedaron, las cabras, como dice, acorralaron.
La tierra toda junta se ha juntado haciendo para el caso llamamiento, a los quince del fuerte han apretado y puesto en confusión y gran tormento; muy grandes baterías les han dado, la cosa andaba en mucho rompimiento, cuando dando la vuelta los cristianos del fuerte se retiran los paganos.
El Capitán estuvo allí tres días rehaciendo su gente; y como viese que el estar más allí, por todas vías, dañoso era, ordenose que se fuese en busca del Virrey y compañías, que no se sabe de él a dó estuviese. Mas él, tan gran camino va haciendo, que sin poder errar le van siguiendo.
De presto todos juntos se juntaron, y dando ya la vuelta presurosos con el buen Presidente se encontraron, de que todos se hallan muy gozosos. A sus casas alegres se tornaron, aunque todos venían perdidosos. Don Diego de Mendoza también viene, y oíd en otro canto el fin que tiene.