Spanish poem
19 (Pobreza, dice el vulgo, no es…)
by Martín del Barco Centenera (1535–1602)
Pobreza, dice el vulgo, no es vileza, ni menos hambre o de otros bienes falta, mas hace venga el hombre en tal bajeza, y más cuando la gracia de Dios falta, que no basta el valor y la nobleza, que sobre el bajo cobre mal se esmalta. El pobre jamás halla en cosa abrigo, y así dice el refrán, no tiene amigo.
¿Quién vido bizarría y gentileza, crianza, policía y buen donaire de galanes, y damas tal belleza, postrada por el suelo con desaire? Al fin todo este mundo, y su braveza, su vana presumpción, es humo y aire, y todo es burlería prestamente, sino servir a Dios Omnipotente.
La gente sin ventura zaratina, que dijimos estaba rancheada, la muerte cada paso por vecina tenía con la vida muy tasada. Seis onzas dan escasas de harina hedionda, sin virtud y mal pesada. Así se va la gente consumiendo, hoy diez, mañana veinte se muriendo.
Sin esto Juan Ortiz daba baldones a todos, con denuestos en la cara, al tiempo del partir de las raciones, por do era la ración doblada cara. «Malditos, endiablados comilones, tragones, apocados, gente avara, que os traje yo de España a sustentaros, ¿qué os debo? Estoy a punto por dejaros».
¡Oh!, cuántas veces, dijo un tesorero (Hernando de Montalvo se decía), si Dios llevase aqueste vocinglero, el miserable pueblo quedaría alegre, muy contento y placentero, y luego nuestro mal se acabaría. Mas suelen durar mucho aquestos tales, para enmienda y castigo de mortales.
Con esta falta estando de comida, llegó del Paraguay socorro y gente, que, habiendo allá llegado de corrida, Garay la despachó muy prestamente. Celebrose con gozo tal venida, porque era necesaria de presente, que a tal punto llegó nuestra miseria que vide a un religioso en tal laceria.
Al bosque yendo un día desganado, muy falto de consuelo y de alegría, encontré con un fraile muy honrado, fray Alonso La-Torre se decía. De letras y virtud era dotado, a su padre seráfico servía. Preguntándole yo ¿qué estáis haciendo?, al punto éste me dice respondiendo.
«Entiendo que en muy breve he de acabarme y he salido a cortar, y no aprovecho, madera. Si os pluguiese de ayudarme, haré para morir un candelecho, que no espero jamás de levantarme, según estoy sin fuerzas y deshecho». Aquesto me diciendo, hacia el cielo los ojos levantando, dio en el suelo.
Yo, viendo su fatiga, muy lloroso y triste, que le amaba en sumo grado, de presto de aquel prado, verde, umbroso, corté para su lecho buen recado. Del suelo se levanta algo gozoso por verme a mí de varas bien cargado; llevéselas a cuestas, que el tal iba que ya no figuraba cosa viva.
Algunos otros vide en este estado, soldados, sacerdotes, religiosos, que no tiene respeto al esforzado la vil hambre, ni teme poderosos; ni mira al que es filósofo o letrado, ni menos a los nobles generosos; que al Papa, Rey, y bajo zapatero, a todos los iguala por rasero.
El socorro que digo, pues, venido alegre nuestro ejército hambriento, y en gozo y en placer es convertido el pasado dolor y gran lamento. Mas nuestro Yamandú ya arrepentido de estarse con nosotros tan de asiento, en una tenebrosa noche y prieta, sin nadie lo sentir, huyendo aprieta.
No se tiene esperanza que parezca, ni que vuelva a nosotros de su grado, si no es para causar alguna gresca conforme a las demás que él ha forjado. Roguemos, pues, a Dios que no se ofrezca en que él haga su oficio tan usado, porque él en hacer mal está tan diestro que puede en el infierno ser maestro.
Gran priesa Juan Ortiz para partirse en este tiempo tiene el río arriba; mas no podrá aquí Trejo escabullirse, pues materia nos da que de él se escriba. Por cierto que el que no sabe medirse en su lengua, no siente en qué se estriba. Hablar, muy muchas veces ha pasado a muchos; mas callar nunca ha dañado.
En el Perú sabemos que acontece perder por el hablar muchos la vida, y el que a hablar se atreve, mal padece; y escapa quien obró, y merecida la muerte bien tenía, que se ofrece a veces tropezón en la corrida. Gran cosa es el secreto y de gran precio, pues vemos no le tiene el hombre necio.
A Trejo, Juan Ortiz bien respetaba, y por vicario puesto le tenía, en tanto que de arriba se enviaba el recado que en esto convenía. Es cierto (que yo lo vi) le regalaba, con ser la falta grande en demasía, al Trejo no faltó jamás comida, mas él suelta su lengua desmedida.
En público está un día entre soldados hablando de las cosas que hacía el Juan Ortiz; trató descompasados negocios este Trejo en demasía, de suerte que ya tuvo amotinados a muchos con las cosas que decía. Entre ellas, dice: «Aquéste es mal cristiano, conviene muy en breve echarle mano.
»Hacer información que roba a todos, que nunca hace cosa en buenos puntos, habiéndonos robado por mil modos a cada uno por sí, y a todos juntos; que trata a todos mal, y por los lados a todos echa. Y de esto los trasuntos a nuestro Rey envíen en proceso, y a vueltas en cadenas él, y preso».
El Juan Ortiz, que supo esta maraña, comienza de hacer informaciones; conviértese el amor en pura saña, y dice del vicario mil baldones. Al fin se da en la cosa tanta maña, que sube Trejo arriba con prisiones, dejando en este puerto mal parada la gente que ha quedado de la armada.
Partido Juan Ortiz, y comenzando a caminar por brazos, por esteros que el río por allí lleva, formando mil islas de onzas, tigres, osos fieros pobladas; mas no salen rescatando los indios, como suelen, con sus cueros ni carnes, ni pescado, que es indicio que quieren intentar otro ejercicio.
Sospéchase de cierto, pues no vienen los indios al rescate acostumbrado, que guerra concertada alguna tienen, y el falso Yamandú la habrá forjado. Pues ya seguro estoy, por cierto, suenen muy pocos arcabuces, que el soldado desnudo, desarmado y deshambrido, cansado de remar, está dormido.
Al fin la Santa Fe, tiempo gastando, se llega, do poco antes los vecinos salieron a nosotros navegando en balsas y canoas los Calchinos, Mepenes, Chiloazas voceando; también salen por tierra a los caminos, celebrando con gozo la venida a quien quitar quisieran alma y vida.
Estaba esta ciudad edificada encima la barranca, sobre el río, de tapias, no muy altas, rodeada, segura de la fuerza del gentío. De mancebos está fortificada; procura el indio de ellos el desvío, que son diestros y bravos en la guerra los mancebos nacidos en la tierra.
Subiendo, pues, el Río de la Plata, al Paraguay se llega muy ameno, el cual con menos furia se desata, y en su corriente viene más sereno. Por sus riberas caza bien se mata, que el campo de venados está lleno, y en él muchos dorados y patíes, corbinas, palometas y mandíes.
Con esto a la Asumpción llega la gente con gran placer, contento y alegría, y con mucho socorro, que el Teniente al camino enviado nos había. La gente paragüense alegremente a nuestro Adelantado recibía, el cual de a poco tiempo que ha llegado abajo bastimentos ha enviado.
Holgó la gente en ver que el bastimento llegase a tan buen tiempo, que tenían gran falta de comida y de sustento, y mucha hambre todos padecían. Dejémoslos ahora en su contento, pues ha tan poco tiempo que plañían, que no durará más el alegría, que suele, al que es tahúr, en su porfía.
La nao vizcaína, que plantada dejamos en la tierra a su aventura, habiendo sido de indios visitada, con fuego la consumen su hechura. Mirad si fue la cosa bien pensada en no dejar en ella criatura, que allí fuera del fuego consumida sin poder escapar libre la vida.
El Juan Ortiz arriba con presteza, su oficio de justicia gobernaba con gran solicitud, y sin pereza quimeras nunca oídas inventaba. Aquel haberse visto en gran riqueza, y verse de ella ajeno, le cegaba su razón, de manera que tropieza por esto, e hiere siempre de cabeza.
No quiere sujetarse a otro consejo, el suyo dice que es el más seguro. Un día le hallé con sobrecejo, pregúntole ¿qué hace? Dice: «Juro por Dios, que si me viese en aparejo, y a punto de perderme, y un maduro me diese algún consejo, más querría perderme, que hacer lo que él decía».
Los reyes yo le dije que tomaban consejo y parecer de sus letrados, las ciudades también se gobernaban por hombres en las cosas más versados; y que solos aquéllos acertaban, que de consejo bueno son guiados. «Antes», dice, «querré se pierda todo, que no tomar consejo de un beodo».
Vivió en el Paraguay algunos meses, poniendo a muchos malos duro freno; mas tuvo mil dislates y reveses, que fue de caridad quito y ajeno. De ver por cierto es, tucumaneses nunca gobernador hallaron bueno; los nuestros paragüenses cosa mala jamás confesarán que hizo Irala.
Y no lo tengo cierto a maravilla, que aquesto del gobierno está en ventura, y más cuando no acierta la cuadrilla a ser de buena masa y compostura, que no basta razón para regilla, pues que carece della y de cordura. Bien claro está que mal será regida la cosa que no tiene en sí medida.
Los soberbios y vanos, los altivos, muy mal vemos que dejan gobernarse; los hombres zahareños, los esquivos, que no quieren a yugo sujetarse; aquéstos son muy malos y nocivos, y no puede con ellos bien tratarse. ¿Pues qué hará quien manda con tal gente que de toda razón es careciente?
Habrá de armarse el tal con un escudo de gran paciencia y grande sufrimiento; pedir a Dios favor muy a menudo; mostrar con un sagaz contentamiento amor a cada cual, por torpe y rudo que sea, procurando que su intento con el divino sea regulado, con que en el gobernar será acertado.
En la Escritura vemos claramente constar esta verdad muy a la larga, cuando para regir Moisés su gente ayuda pide a Dios, y le descarga de la carga pesada; en consiguiente, a aquellos buenos viejos se la encarga, de Moisés y su espíritu quitando aquello que a los viejos Dios fue dando.
Aunque el Adelantado procuraba guardar cuanto podía la justicia, y al malo con presteza castigaba, se veía que pecaba de malicia. Con todo en gran manera le cegaba al tiempo el menester, más su codicia, por donde vimos todos claramente que estaba muy malquisto entre la gente.
El vulgo, en general, mal le quería, y su vivir les daba grande pena; y viendo que en la cama adolecía, lo tuvieron los más a dicha buena. El Santo Sacramento recibía en un día, y estando casi ajena el alma de su cuerpo, por gran ruego testó, y apenas firma, y muere luego.
Murió con mucho ánimo y con brío, diciendo: «¡Si podremos con la muerte!». Yo mismo se lo oí. «¿Y desafío hacéis», entonces dije, «con el fuerte?». Mas ella dio con él al través frío, tomando contrayerba de esta suerte en el caldo deshecha, por huilla, y hállala más presto en la escudilla.
Había Pedernera, un hombre viejo, rogádole la tome, que sería remedio saludable y aparejo para sanar del mal que padecía. Pues quiere aprovecharse del consejo al punto que su vida fenecía, quien de consejo en vida no curaba, según él poco antes blasonaba.
Dejó en su testamento declarado que sea su legítimo heredero la hija que en los Charcas ha dejado, y aquel que fuere esposo y compañero suceda en el gobierno y el estado, según como lo tuvo él de primero. Y mande y rija, en tanto que ella viene, su sobrino Mendieta que allí tiene.
El cabildo y ciudad le han recibido, comienzan a llamarle Señoría; es mozo que veinte años no ha cumplido y en seso mayor falta padecía. Desque se ve en su trono ya subido, a todos hace agravio y demasía; al tío yo le oí pronosticarlo, y harto duro estuvo de nombrarlo.
Nombrole coadjutor que le ayudase, que fue Martín Duré; mas el Mendieta dice a Martín Duré no le pasase por pensamiento tal, ni se entrometa en cosa que hiciese él o mandase; que en el punto que tal cosa acometa, sin duda le hará tan crudo juego, que tenga menester ajeno ruego.
Quedando con poder solo absoluto, comienza de enfrascarse en desatinos, en obras y palabras disoluto, haciendo mucho agravio a los vecinos. Por verle en sus costumbres tan corrupto, buscaban todos ya nuevos caminos, y yo quiero buscarle en canto nuevo, que ya en este decir más no me atrevo.