Spanish poem
22 (Mi ronca voz desmaya desque siento)
by Martín del Barco Centenera (1535–1602)
Mi ronca voz desmaya desque siento el bravo laberinto en que me meto, habiendo de escribir el alzamiento de la gente soberbia; que prometo que si durara aquel levantamiento un mes, todo el Perú fuera sujeto a la dicción y mando de tiranos son sólo la ocasión de estos livianos.
Habiendo de la guerra descendido, poblar a Buenos Aires fue acordado. De la Asumpción Garay hubo salido, de todos adherentes aprestado; con él muchos soldados han venido, y habiendo en Santa Fe desembarcado, allí estuvieron días esperando los caballos, que vienen caminando.
Rehecha en Santa Fe aquesta armada, camina a Buenos Aires por el río, también por tierra va gran cabalgada de gente, que no teme sol ni frío. Y siendo ya la cosa bien guiada, a pesar de la tierra y su gentío, los unos y los otros allegaron al puerto Buenos Aires, y poblaron.
El Guaraní penoso está mirando la cosa cómo pasa, y determina en él, pasado tiempo, imaginando el pueblo deshacer con cruda ruina; la guerra por la tierra pregonando, la gente se juntó circunvecina, y dieron a los nuestros grande guerra, los unos por la mar, otros por tierra.
En el puerto el navío surto estaba, con balsas y canoas a los lados; la parte por aquí bien se guardaba, que todos bien estaban aprestados. La gente que por tierra caminaba, a media noche llega; los soldados, que estaban sobre aviso en centinela, salieron, y escuchad la escarapela.
Al punto que los indios grita dieron, soltaron mucha fuerza de flechazos con fuego, y las flechas encendieron las tiendas de algodón y cañamazo. Con presteza los mozos acudieron, tirando tan terribles cañonazos que cierto figuraba por el llano andar furioso y listo el dios Vulcano.
Tabobá, el valiente y animoso, por General venía de esta gente; andaba por el campo muy furioso. A caballo salió muy de repente Inciso, que en amores venturoso ha sido, y en la guerra muy valiente. A su suegro imitando, en breve pieza a Tabobá ha cortado la cabeza.
Los indios, como vieron que faltaba el Capitán que fuerzas les ponía, y que el cristiano mucho más ganaba y su partido de ellos fallecía, al son de una bocina que sonaba en orden cada cual se retraía. Mas viendo que los nuestros les seguían, sin orden y con priesa ya huían.
Habiéndose los indios, pues, huido, los nuestros han quedado sosegados; las tierras entre sí han repartido, contentos de se ver que están poblados. A Castilla el navío se ha partido, llevando de estas cosas los recados; de muchos sus maldades y sus tratos allá fueron metidos en zapatos.
La nave se partió muy presurosa, de cueros y de azúcar bien cargada; la gente que va en ella, va gozosa con fin de dar la vuelta apresurada. No va de inglés corsario temerosa, que en el aire parece que es llevada con viento sur en popa navegando, por cima de las aguas va volando.
La gente, con su pueblo, que ha poblado, está contenta, alegre y placentera; el fuerte tienen hecho torreado, muy cerca de la playa y la ribera. Alegre está este sitio, acomodado de vista y parecer en gran manera; las cosas se dan todas de Castilla, que el temple se semeja al de Sevilla.
Estando la ciudad así poblada, la Trinidad por nombre le pusieron, y la gente en cabildo congregada, alcaldes ordinarios eligieron. En esto en Santa Fe gran melonada se junta de mestizos, y escribieron a Tucumán, al Abrego, diciendo lo que entre ellos andaban mal urdiendo.
Noticia los mancebos han tenido de aquellas provisiones con que vino Valero a Cotagayta, cuando ha sido despalmada su mula en el camino. Pues esto, y otras cosas que han sabido, les mueven a emprender un desatino tan fuera de razón y tan tirano, urdido de un juicio muy liviano.
Venialvo, Gallego, Ruiz Romero y el gallardo de Leiva, muy valiente, Villalta con Mosquera compañero, a su opinión trajeron mucha gente. «El camino», decían, «carretero es atajar el mal e inconveniente, que estamos de Garay muy oprimidos, conviene abrir los ojos y sentidos».
«Servicio al gran Virrey», dicen, «haremos en prender a Garay malo y travieso, y libres deste caso quedaremos, si al Virrey le enviamos presto preso. Del caso a Tucumán avisaremos, que no puede venirnos mal suceso». A Villalta y Ruiz por mensajeros al Abrego despachan muy ligeros.
Por dos veces o tres se han carteado, y en breve se ha forjado la maraña. Lo que Abrego con ellos ha tratado no sé decir, que usó siempre de maña. Una noche con cartas han llegado, y al punto con tirana y cruda saña perdieron al Teniente, y a Olivera, Alcalde, y a un sobrino del buen Vera.
En casa de Venialvo se juntaron con cotas, arcabuces, morriones; a la gente plebeya convocaron con sus fingidas causas y razones. Su maldito designo confirmaron, vencidos de livianas pretensiones; su mujer al de Leiva le decía que su pescuezo a esparto ya le olía.
Él dice: «Como Reina, espera bella, muy rica, muy contenta y gran señora». «Al menos no seré», dice la bella, «contra nuestro Filipo yo traidora, mujer de traidor, sí; maldita estrella la vuestra, y desdichada y triste hora en que fuisteis conmigo desposado, pues contra nuestro Rey sois levantado».
Estando de esta suerte rebelados, eligen Capitán que gobernase, y mandan que saliesen desterrados los españoles luego, sin que osase quedar alguno, términos pasados. Y el que tiene mujer se la llevase, que solos poseer quieren la tierra, pues solos la ganaron en la guerra.
Arévalo por todos fue elegido por General, caudillo desta hecha; y aunque lo recusaba, no ha podido dejar de lo aceptar. Si fue desecha, no sé; mas vi que, el cargo recibido, un bando general y pregón echa en que manda que todos se juntasen y munición con armas registrasen.
Acude Venialvo, que lo oyera, y con soberbia grande y arrogancia al General hablando, así dijera: «En eso pongo yo gran vigilancia, por ser cosa que a mi perteneciera, pues soy Maese de campo, y la ganancia o pérdida del campo se me fía, como a quien bien sabéis pertenecía».
El General responde: «Aquel que tiene tal cargo, hacer todo lo posible en su tanto y manera le conviene». «Harase lo que fuere convenible», le dice Venialvo, «y no le pene. Y pues que es cortesano y apacible el vulgo popular, en paz me tenga, que contra el Taborlán bastó que venga».
En su falso contento mal habido estaban estos tristes, procurando sustentar el titánico partido contra quien lo impidiese, batallando. El inmenso Señor ha socorrido con su favor, en muchos inspirando a conocer el yerro y el engaño de su gran perdición y triste daño.
El General con otros de secreto conciertan, y cualquiera bien le ayuda, que el remedio se busque más perfeto con que al real servicio bien se acuda. Santa Cruz, un hombre muy discreto, Ramírez, Aguilera, gran ayuda, con Juan Martín, y otros compañeros, en este caso fueron muy ligeros.
De dos en dos, a un punto concertaron que acudan a herir a cada uno de aquellos más valientes que forjaron aqueste rebelión tan importuno; y todos juramento se tomaron sobre un libro misal, muy de consuno, de morir o matar con propias manos al bravo Venialvo y los tiranos.
Allega el General a la posada de Venialvo, que estaba descuidado, y sale sonriendo a la parada; acude Santa Cruz muy denodado y en el cuello le da una puñalada. Palabra Venialvo no ha hablado, que volviendo los ojos hacia el cielo al punto se tendió muerto en el suelo.
La voz del Rey sonó muy prestamente; Gallego con temor dice a Aguilera: «Ayúdame, compadre, diligente». Responde: «Ayudaré de esta manera». La cabeza le hiende por la frente, los sesos salen fuera la mollera, y dice: «No, no hay compadre en tiranía, que el Rey es mi compadre en demasía».
Ramírez acudió y la parentela al bravo Leiva; el joven, que dormía en camisa, salió, que a estar en vela mostrara su valor y valentía. El hilo le cortaron de la tela que el triste sin ventura mal tejía. Su esposa con dolor está llorando y sus rubios cabellos arrancando.
Diego Ruiz, que estaba descuidado, oyendo la gran grita y el mormollo, a la plaza salió, y despedazado en un punto le ponen en el rollo. Era, cierto, valiente y esforzado, y bello sin ventura este criollo. Dañole al fin la mala compañía, que natural muy bueno le tenía.
A Romero en aquesto mal herido al pie del rollo estaban confesando, y en breve fue del rollo suspendido, y a priesa a todos juntos cuarteando. Por el campo y caminos repartido los cuartos sean, la causa publicando las letras que en los palos se ponían, que bien los que pasaban las leían.
El General soltó luego los presos, y al Teniente le entrega la bandera, y hácele que forme los procesos, de como sucedió de esta manera. Mosquera, como vio tales sucesos, a Córdoba camina a la ligera. Rubira a la sazón allí mandaba y préndele, y muy presto le soltaba.
Villalta vide yo que se ha escapado, el que hizo oficio de cartero; acógese a los pies, y en emboscado dejó pasar el tiempo carnicero. Después en San Francisco se ha encerrado tomando al guardián por su tercero; su causa entre compadres fenecida, escapa por entonces con la vida.
Algunos más mancebos presos fueron que en aqueste motín fueron culpados; procesos contra todos se hicieron, mas fueron sobre peine fulminados. Mosquera y el Villalta, que huyeron a Santiago, en mal punto ya llegados, de su triste desastre dieron nueva, y a Lerma de su intento dieron prueba.
El licenciado Lerma en este punto entraba a gobernar en Santiago. Su venida no saben, y está junto con su gente haciendo grande estrago. De amigos y favor está disjunto el Abrego en aqueste fuerte trago, y el Lerma pretendía así cogerle, porque intención traía de prenderle.
En el Perú la fama había volado, con falsa presumpción, o verdadera, que aqueste Abrego estaba medio alzado, por tanto viene Lerma a la ligera. Tomole de improviso y descuidado, que no sé de otra suerte lo que fuera; envía seis soldados con su hermano Antonio Mirabal, el sevillano.
De parte de su hermano le decía que viene a le servir ya proveído por mandado del Rey, que acá le envía por su Gobernador. Mal lo ha sentido el Abrego, que a Lerma conocía; en cólera los dos se han encendido, y mientras algún tiempo se gastaba, el Lerma con su gente ya llegaba.
Sintió, como llegó, que andaba estruendo, sonido de arcabuces y gran grita, al Abrego prenderle pretendiendo, el Mirabal veréis tanto se incita; el Abrego la fuerza resistiendo, que se mete ya en cólera infinita; estaba el sin ventura ya tan ciego, que poco aprovechaba con el ruego.
El Lerma le prendió y puso prisiones, y a aquellos que al presente le ayudaron, que poco aprovecharon las razones que en su defensa al Lerma presentaron. De aqueste trance, bregas y pasiones, algunas pesadumbres se inventaron; Hernán Mesia y Sotelo aprisionados aquí fueron, que dicen ser culpados.
A tal punto, sazón y coyuntura (que cierto es de notar) llegando nueva del motín paragüeño y su locura, tomó Lerma el principio de su prueba. Movioles a venir su desventura a Villalta y Mosquera. Cuanto deba huir de la ocasión quien ha pecado, a todos la experiencia ya ha mostrado.
Para huir la pena del delito que da Dios al que peca en la otra vida, conviene al pecador esté contrito, su culpa en confesión sacra plañida. Mas suele otro castigo ser inflito por temporal justicia; la huida y salto de la mata es el remedio mejor, que no meter buenos en medio.
Mosquera se escapó bien de la ira y furioso tropel de sus parientes; y el triste de Villalta de la dira y brava confusión e inconvenientes. Mas ninguno de aquestos ambos mira, que huye el perejil, y que en las frentes de entrambos nacerá con tal cogollo, y presto se verá puesto en el rollo.
De Lerma no huyeron la presencia, pensando recibir merced cumplida; él pone en los guardar gran diligencia, y su causa y su culpa conocida, contra los dos pronuncia tal sentencia: que luego les privasen de la vida en el rollo fijando sus cabezas, y los cuerpos en palos hechos piezas.
Por indicios y causas que no cuento, que de éstos los procesos están llenos, al Abrego da Lerma gran tormento con otros que no estaban muy ajenos de saber sus secretos; mas no siento los secretos si malos son o buenos, de Santa Fe el motín bien impidiera el Abrego, se dice, si quisiera.
Murió a cabo de días, y no había el Lerma su negocio fenecido; después que muerto fue, se fenecía, y el negocio a los Charcas ha salido, el Audiencia lo hecho rescindía. Hernán Mesia y Rubira han recibido contento con Sotelo, y se holgaban por ver cómo por libres ya les daban.
Yo, cierto, que entendí de esta reyerta de Santa Fe algún tanto, y de aquel hecho por cosa averiguada tengo y cierta que hizo Lerma en ir grande provecho, que en ver allá que estaba allí a la puerta quien guardar procuraba el fil derecho, la canalla argentina reposaba, y el nombre de Filipo celebraba.
Verdad es que hay también otros quejosos que dicen, por se ver muy afligidos, negocios de este Lerma escandalosos. Mas eran enemigos conocidos, y a veces suele haber casos forzosos que obligan a los hombres entendidos a dar en Scyla de ojos, procurando a Caribdis huir, que está esperando.
Victoria en esto viene, por prelado envía a su Deán que administrase (en tanto que él entraba) el obispado, y a Lerma le encargó le regalase. Él hácelo. ¡Cuán poco que ha durado! Que no quiso el Deán mucho durase, que cierto el Lerma bien le regalaba en su casa, y con honra le trataba.
En breve comenzaron de trabarse con chismes, y otras muchas niñerías; el Deán deseaba señalarse con grande presumpción y boberías. Mas no le deja Lerma aventajarse: «No es justo que suframos demasías», le dice, «Padre, tenga sufrimiento, no haga salga el hombre de su tiento».
Y luego dice: «Muestre los recados que tiene por do firma Licenciado, y de Deán también, pues prebendados nombrar sólo a sí el Rey se lo ha dejado». Estando sobre aquéstos muy trabados, la cosa a tal extremo hubo llegado que por fuerza el Deán se determina partir para el Perú, y ya camina.
A Esteco se partió con gran enojo, que a su partir la fuerza le obligaba; el bachiller García diera un ojo en trueco por no ver lo que pasaba. La barba, como dicen, en remojo echó, por ver la de otro se quemaba; con el Deán se va, porque temía que lo propio será de él otro día.
Dejémoslos hacer, que yo bien fío que presto pagarán cierto el escote, que es gente aparejada a desvarío, y andan, como vemos, muy de trote. Y tratemos ahora del gran brío del capitán Francisco, crudo azote, que viniendo siguiendo su camino, del estrecho ha tomado el Argentino.
Y pues se han de contar maravillosas hazañas del cosario más grandioso que escriben las historias más famosas, y más determinado y venturoso, conviene que pongamos tales cosas en un canto por sí maravilloso, pues puso en maravilla a nuestra España el capitán Francisco y su hazaña.