Spanish poem
24 (Quisiera que el estilo de mi…)
by Martín del Barco Centenera (1535–1602)
Quisiera que el estilo de mi rima subiera de repente de su punto, al Cielo levantando bien la prima en solo este brevísimo trasunto, por poder escribir lo que vi en Lima al tiempo que el Concilio estaba junto, de siete obispos graves de consejo y el arzobispo Alfonso Mogrovejo.
Como por nuestro Rey se desease el bien de la República Cristiana, porque el negocio bien se reformase en este nuevo orbe y tierra indiana, ordenó que Concilio se juntase, premisa autoridad, santa, romana, de tierras muy longincuas los prelados en breve tiempo fueron congregados.
El muy docto Lartaun ha venido del Cuzco, y de Quito el sabio Peña; de Santiago de Chile, uno nacido en Medellín, lugar, tierra extremeña. El grave San Miguel, muy entendido, de la rica imperial ciudad chilena; de Tucumán, Victoria, lusitano, a quien fortuna dio en breve su mano.
Don Alonso Granero, muy prudente, que de antiguos Toledos descendía, también se halla en Lima, aunque doliente, que listado de gota se sentía. Del Paraguay electo de presente Obispo está, que Guerra se decía. En este consistorio congregado preside el Arzobispo ya nombrado.
Edictos se publican que viniesen a pedir su justicia todas gentes, y que en Concilio luego pareciesen cualesquiera que fuesen delincuentes, de estado eclesiástico, si fuesen, y tuviesen también inconvenientes, de religión dejada, o dimisoria, a todos se despacha compulsoria.
Parecen en Concilio demandando del Cuzco, con algunas ocasiones, contra el Obispo algunos, informando de su justicia, causas y razones. Íbase este negocio encadenando por muchos que los guían sus pasiones. De aquí nace discordia entre prelados y falsas opiniones de letrados.
Un Lucio, en los derechos graduado, amigo más del tuerto que el derecho, al Arzobispo trajo alborotado con su mala intención y duro pecho. Del Cabildo del Cuzco es abogado, y piensa mejor hacer así su hecho: el Concilio rescinda, le decía al Arzobispo, que así le convenía.
Con este parecer muy conmovido, procura el Arzobispo que cesase el Concilio, diciendo que ha perdido al Virrey, que esperaba le ayudase. Don Martín en aquesto fenecido había, que Dios quiso que llegase su fin, digno de lágrimas y lloro, porque perdió el Perú grande tesoro.
Tenía en el Virrey gran confianza la gente, que al del Cuzco perseguía; temiendo del de Cuzco la pujanza, al Arzobispo el Lucio le traía muy ciego, por tener de él confianza, y así cuanto le dice lo creía. Por su mal parecer y mal consejo, al Concilio no viene Mogrovejo.
Los obispos aquí le requirieron que al Concilio presida, como suele; a la iglesia los cuatro se vinieron. Al Lucio le conviene ahora que vele; entre él y el Arzobispo respondieron. El alma y corazón a todos duele por ver tal disensión así trabada entre obispos, por Lucio encadenada.
En contra a San Miguel bien se mostraba del parecer de todos los prelados, al Arzobispo él solo se juntaba. Mas a aquellos que fueron congregados, el Arzobispo presto excomulgaba, y en tablillas los pone declarados. En aquesto el de Quito muerto había, y Granero de gota padecía.
Quien vido la ciudad alborotada, metida en pareceres diferentes, al Audiencia la causa fue llevada para cortar el hilo a inconvenientes. El Audiencia Real, bien informada, y letrados famosos y sapientes, rescindieron los autos actuados, y así presto ya han sido congregados.
Tornáronse a juntar como solían, haciéndose Concilio cada día. En tanto que negocios fenecían, la ciudad del comer se encarecía, porque de todos partes acudían, según a cada cual le convenía. Los unos sin llamarles son venidos, los otros a mal grado son traídos.
Las damas vi que estaban muy quejosas, diciendo que con ellas se ha mostrado el Concilio con leyes rigurosas, que el uso de rebozos ha quitado. En Lima veréis damas muy costosas de sedas, tramasirgos y brocados en las fiestas y juegos arreadas, mas los rostros y caras muy tapadas.
Por las calles y plaza a las ventanas se ponen, que es contento de mirarlas, con ricos aderezos, muy galanas, y pueden los que quieren bien hablarlas, no se muestran esquivas, ni tiranas, que escuchan a quien quiere requebrarlas, y dicen so el rebozo chistecillos con que engañan a veces a bobillos.
De aquesta libertad y gran soltura el limense Concilio fue informado. Queriendo reformar esta locura y abuso tan pestífero y malvado, publica con rigor una censura so pena de la cual les fue mandado a las damas sus rostros descubriesen, o al menos a las fiestas no saliesen.
No fue poca la pena que sintieron las damas de se ver así privadas del rebozo, por donde se estuvieron en sus casas algunas encerradas. Al fin de aquesta suerte obedecieron las unas, mas las otras destapadas salieron a las fiestas muy costosas, pulidas y galanas y hermosas.
Tan bien aderezadas y vestidas, y con tanto primor y bizarría en Lima andan las damas, y pulidas, que en corte de Castilla se tenía en estima, basquiñas guarnecidas de mucho oro y de fina pedrería. Doña Bernarda Niño una bordada sacó que en tres mil pesos fue apreciada.
Aquésta sobre todas se señala en costoso aderezo de vestido. De Aliaga, Beatriz, lleva la gala en discreción, aviso y buen sentido. También la que no tiene cosa mala, ni menos bueno que ella, su marido, da lustre con su lustre en toda Lima doña María Cepeda, de alta estima.
Estaba con la lírica Diana, doña Mariana bella, muy gozosa la corte de los Reyes, y aun ufana, mas la muerte con ella fue envidiosa. Dejonos otra ninfa, tan galana, discreta, buena, rica, y tan hermosa, que puede allá en el cielo ser lucero, doña Juliana es Puerto Carrero.
Doña Beatriz la Coya en esto ha ido a Lima, do se halla gran señora por haber el bautismo recibido, bien muestra ser del Inca sucesora. Al muy sabio Loyola por marido le cupo, de quien es merecedora. Doña Luisa estaba cerca de ella, de Ulloa compañera, clara estrella.
Dejemos de contarlas una a una, porque era menester un largo canto, y más que en todas ellas no hay alguna que no tenga mil gracias; y esto tanto, que para a media noche allí la luna, y el sol a medio día, tanto cuanto por cobrar nueva luz y resplandores de las damas de Lima y sus primores.
Pues oigan los galanes amorosos, y templen su contento. En Chuquiago sucedió en estos tiempos tan gozosos un extraño prodigio y gran estrago. Por cima de unos cerros barrancosos, arrancando del todo un grande lago, un terremoto súbito lo avienta y en otro lugar nuevo lo aposenta.
La tierra por tres partes diferentes se abrió con espantable fortaleza, y por las aberturas y vertientes salía con furor gran espeseza de polvo y de pedrisco, que a las gentes mataba sin piedad esta maleza. Un indio se salvó de este pedrisco, quedando sin lesión encima un risco.
Por una parte y otra el terremoto con gran furia pasó, quedando aislado el indio de rodillas, muy devoto, sin ser del terremoto maculado. Cual suele temeroso por el soto la huida buscar ciervo o venado cuando oye el arcabuz, así buscaba el indio por donde ir, mas no lo hallaba.
Librole al fin el risco y el barranco, o por mejor hablar el Poderoso, de la muerte a la vida dio un gran tranco, contándose después por muy dichoso. Mas un pueblo que llaman Anco Anco aquí hizo su fin muy lastimoso, que un cerro encima dél vino cayendo, y debajo la gente de él cogiendo.
Murieron cuatrocientos naturales en solo aqueste pueblo; en despoblado murieron otros muchos, y animales silvestres y doméstico ganado. Con estos terremotos y señales al pueblo y Perú vi desconsolado, y muchos dicen ya quiere acabarse el mundo, y el juicio apresurarse.
Y no se quedó Lima sin su suerte de pena en este tiempo semejante, que un terremoto grande, crudo y fuerte sucede una mañana en un instante. No hay hombre que a salir de casa acierte, y aquel que corre más sale delante; no espera la mujer a su marido, la madre deja al hijo muy querido.
De casa había salido muy temprano, porque en diciendo misa me ocupaba en concilio, por ser Arcediano. Mi mula de repente apresuraba corriendo, y en pararla me era en vano, que el miedo del temblor la desquitaba. Corrió con las orejas aguzadas, y aínas me quebrara las quijadas.
Un ruido el temblor causó tamaño, que los cabellos todos se erizaban. Negocio de contarse por extraño, que las paredes vi se meneaban, y sin que recibiese algún daño, temblando de tal suerte, al fin quedaban en su ser, aunque algunas se cayeron, y a sus dueños debajo los cogieron.
Un caso contaré yo verdadero, que casi me reí, que aqueste día corriendo por la calle vi un barbero que al punto del temblor sangrado había a un hombre, que tras él salió ligero, aunque la sangre roja le salía. El barbero perdió aquí su lanceta, y al enfermo el temblor la vena aprieta.
De ver era mirar cómo salían con mil disfraces hombres y las damas, que aquel punto los indios se vestían, los otros aún se estaban en sus camas, algunas sus afeites se ponían, sirviendo estaban mozas a sus amas, y dejarlas huyéndose a la calle a do salen tras ellas de mal talle.
Las unas en camisa, desgreñadas, las otras dando gritos, mal cubiertas; las otras medias caras afeitadas, caídas, desmayadas a las puertas; las otras con sus hijos abrazadas, vencidas del temor y miedo muertas. Al fin pasó el temblor, aunque turbada quedó la gente toda y espantada.
En este tiempo, día señalado de la Asumpción sagrada de María, el Sínodo limense, que ha durado un año, que se cumple en este día, con gran solemnidad ha publicado una sesión, que en suma contenía que el Sínodo pasado se tuviese por rato, y como tal se obedeciese.
Y que los indios todos, doctrinados con gran solicitud y diligencia de aquí adelante fuesen, y enseñados aquello que conviene a su conciencia. Los sacramentos sean ministrados según capacidad e inteligencia, al indio procurando dar comida que pueda conformar con su medida.
También otra sesión fue publicada en el mes de setiembre, octavo día, en que fue la desorden reformada de tratos y contratos que ante había. Aquesta sesión toda fue apelada, que aquesto y otras cosas contenía, que no daban buen gusto a los granjeros que escuecen los negocios verdaderos.
A veintidós del mismo publicaron otra sesión de cosas provechosas. También de todas ellas apelaron, diciendo ser sus penas rigurosas. Mil dares y tomares se pasaron en este tiempo, y cosas trabajosas, que el pueblo deseaba se acabase el Concilio, y más tiempo no durase.
En el siguiente mes fue rescindido el Concilio, que gran tiempo ha durado. Apelado por todos luego ha sido, que contra sí lo juzgan agravado. Y pues que a nuestra España fue venido, no quiero más decir que estoy enfadado, dejando sus sesiones y conceptos al juicio de buenos intelectos.
Gran consuelo recibe Lima toda en ver que ya el Concilio se acabase, que do quiera la gente se acomoda mejor, si menos es, y que faltase temían cada rato, como en boda do mucha gente hay, y se gastase el pan y vino y carne, que mil gentes acuden al Concilio diferentes.
Y no holgué yo menos de esta feria salir, que me cabía mucha parte, y así en el Concilio mi miseria gasté con mi pequeña industria y arte, por do me vi en pobreza y gran laceria. Mas nunca jamás pude yo olvidarte, España, dulce amiga, cuyo hipo me trajo sin sosiego, y el Filipo.
Y viendo mi pretenso se alejaba por no tener con qué volver a verte, de mi poca ventura me quejaba y a veces deseaba ver la muerte. Cuando más descuidado y triste estaba de ver algún remedio de mi suerte, la Inquisición me hizo comisario y el Obispo de Charcas su Vicario.
Con esto subo arriba, do veremos lo que en el Argentino ha sucedido, y a nuestra musa ruda lo diremos, no diga le entregamos ya al olvido. Del buen Sotomayor recontaremos cómo con don Diego Flores ha venido, del sin ventura pobre de Sarmiento y de su vano y loco pensamiento.