Versos Spanish Mauricio Bacarisse La infanta velazqueña

Spanish poem

La infanta velazqueña

by (1895–1931)

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Era la Primavera cadenciosa. La noche prodigaba sus zafiros; arrullaba la fuente rumorosa y el viento se llevaba entre suspiros una lluvia de pétalos de rosa.

Cruzaste los jardines de mi ensueño como una grácil y amorosa infanta; me destoqué del negro castoreño, pero al ir a besar tu egregia planta tus ojos se apiadaron de mi empeño.

Llevaba el corazón atravesado por todas las infamias de la vida bajo el amplio manteo ensangrentado, y al verte tan propicia y tan rendida me eché a tus pies romántico y cansado.

Comprendí que no habías de saciarme de la sed de ideal que en mí brotó; pero tu amor quería recordarme que don Diego Velázquez te pintó y que el lienzo dejabas para amarme.

Yo, fuerte en el baluarte de mí mismo, -golondrina anidada en su metopa-, desconocí rencor y escepticismo, pues desbordaba el vino de mi copa en una espuma de romanticismo.

Contemplé al hombre desde mi alta cumbre; vi su tragedia triste y aburrida, y ardiendo el alma en la sagrada lumbre la fe envolvía de la eterna vida entre las flores de la certidumbre.

Era la Primavera cadenciosa que perfumaba nuestra vida estulta. La Noche suspiraba melodiosa y Citerea nos llamaba oculta tras unos setos de laureles rosa.

Mi verso tuvo luz en la esperanza que vale más que imperios y fortuna, y mirando la Dicha en lontananza con tus besos al claro de la luna vio los paisajes de la bienandanza.

En tus manos de infanta velazqueña posé de mi cabeza los ardores y fuiste mi alegría al ser mi dueña. ¡Qué importaba que hubiese sinsabores si contigo la vida era risueña!

Y era en aquella noche dulce y bella un concierto de ósculos y orquestas, un rumor de suspiro y de querella que deshojó el rosal de las florestas bajo el mirar de una amorosa estrella.

Hizo estragos de amor galante riña en la noche de seda de tus rizos, y con mirada y con candor de niña despertaste los mágicos hechizos dormidos al calor de tu basquiña.

Te quise como quise al mundo entero; como quise a los viejos y a los niños; como quise a los lirios del sendero, con fe de ascetas y pudor de armiños, con un amor viril, fuerte y sincero.

Murió la Primavera cadenciosa en una estival noche lujuriante y agonizaba de dolor la rosa al ver que abandonabas a tu amante y te alejabas bella y donairosa.

Apuñalaste el corazón sincero de quien fuiste la estrella y la fortuna, y sin pesar ni llanto lastimero, del Olvido me echaste en la laguna sin grito y sin sollozo verdadero.

¿Y eres tú, infanta de la infame mueca, la que ofrendaba besos voluptuosos e hilaba hechizos en amable rueca? ¿Dónde están ya los días venturosos, mujer vacía como estatua hueca?

Se han muerto ya, princesa de princesas de todos los pictóricos estilos, las flores del jardín de las promesas crecidas bajo el palio de los tilos y el otoño ha aventado sus pavesas.

Fue tu amor una sarta de falacias de tu alma hecha de afeite y badulaque. Escondiste taimada con audacias tras la pompa del amplio miriñaque las liviandades de las lises lacias.

Te alejaste una noche, donairosa, con ritmo y con sonrisa singulares; en tu seno se abría una gran rosa, y en tu falda los locos farfalares bailaban una danza tumultuosa.

La infamia era la rosa de tu pecho que exhalaba un aroma de mentira; la deshojé con rabia y con despecho, y así engarcé en las cuerdas de mi lira una flor mustia y un amor maltrecho.

Y Citerea besos triunfales daba a la Noche que su manto abría como la flor del loto en los canales, y la luna en blancor de eucaristía nevaba apoteosis de rosales.