Spanish poem
Entré Llevando Lacerado El Pecho
Entré llevando lacerado el pecho, convertido en un lago de tormenta, entré como quien anda y no camina, como un sonámbulo;
entré fuera de mí y en tus rincones brotó mi alma de entonces y a cantarme tus piedras se pusieron mis recuerdos de anhelos íntimos.
Bajaron compasivas de tus bóvedas las oraciones de mi infancia lenta que allí anidaran y en silencio a mi alma toda ciñéronla.
Aquí soñé de niño, aquí su imagen debajo de la imagen de la Virgen me alumbró el corazón cuando se abría del mundo al tráfago.
Aquí soñé mis sueños de la infancia, de santidad y de ambición tejidos, el trono y el altar, el yermo austero, la plaza pública.
Soñé sueños de gloria, ya terrena, ya celestial, en tanto que sus ojos mi ambición amansaban y encendían amonestándome.
Aquí lloré las lágrimas más dulces, más limpias y fecundas, las que brotan del corazón, que cuando en sí no coge revienta en lágrimas.
Aquí anhelé el anhelo que se ignora, aquí el hambre de Dios sentí primero, aquí bajo tus piedras confidentes alas brotáronme.
Aquí el misterio me envolvió del mundo cuando a la lumbre eterna abrí mis ojos, y aquí es donde primero me he sentido solo en el páramo.
Aquí en el Ángel de tu viejo claustro me hacían meditar a la lectura de un Kempis que leía en voz gangosa un pobre clérigo.
Nadie le oía y al austero hechizo del zumbar monótono del armonio que nos mecía el alma, cada uno le daba pábulo.
Y brizado en el canto como el niño Moisés del Nilo en las serenas aguas a ser padre del pueblo iba en su cuna durmiendo plácido,
dormido en las armónicas corrientes cruzaba los desiertos de la Esfinge en su cuna y en pos de su destino mi pobre espíritu.
Aquí, bajo tus piedras que adurmieron los pesares de cien generaciones de hijos de este Bilbao de mis entrañas, gusté al Paráclito.
Aquí lloraron ellos, en sus luchas revueltas, suplicaron en los días en que a tus puertas derramaban sangre de rabia lívidos.
Este su asilo fuera en las candentes peleas de los bandos y el empuje de sus oleadas de pasión rompía contra tu pórtico.
Madre de la Piedad, dulce patrona, llorando aquí vinieron a pedirte pidieras al Señor dura venganza viudas y huérfanos.
Y venganza clamaban contemplando sobre el altar, en su corcel brioso, al Apóstol blandir, del Trueno Hijo, su espada fúlgida.
Aquí en torno de ti, en las machinadas, rugió la aldeanería sus rencores, mientras, isla, te alzabas por encima del mar de cóleras.
Aquí bajo el silencio de tus piedras mientras la nieve se fundía en sangre, siguió a la noche triste de Luchana Tedéum de júbilo.
Y aquí, más tarde, cuando ya mi mente se abría al mundo, resonó de nuevo al verte libre en alborear de Mayo, la gloria cívica 2.
Aquí mientras cruzaba el mar el buque del mercader, trayendo la fortuna, venía él a pedir propicios vientos para su tráfico.
Y aquí han llorado muchos su ruina, y aquí han venido, ¡oh Madre dolorosa!, a preguntarte el pan para sus hijos dónde buscárselo.
Aquí, bajo tus piedras confidentes, mientras el cielo en lluvia se vertía, vertieron en secreto sus pesares tus hijos míseros.
Tú sabes los dolores que murieron, tú las tragedias que tragó la tumba, en ti de mi Bilbao duerme la historia sueño enigmático.
Y hoy al entrar en ti siento en mi pecho luchas de bandos y civiles guerras, y con rabia de hermanos se desgarran en mí mis ímpetus.
Y la congoja el corazón me oprime al ver cómo al bajel de mi tesoro lo envuelve la galerna mientras cruza de Dios el piélago.
¡Oh, mi Bilbao! Tu vida tormentosa la he recogido yo; tus banderizos junto a tus mercaderes en mi alma viven sus vértigos.
Dentro en mi corazón luchan los bandos, y dentro de él me roe la congoja de no saber dónde hallará mañana su pan mi espíritu.
Vives en mí, Bilbao de mis ensueños; sufres en mí, mi villa tormentosa; tú me hiciste en tu fragua de dolores y de ansias ávidas.
Como tu cielo es el de mi alma triste y en él llueve tristeza a fino orvallo, y como tú entre férreas montañas, sueño agitándome.
Y no encuentro salida a mis anhelos sino hacia el mar que azotan las galernas, donde el pobre bajel de mi tesoro zozobra náufrago.
Por eso vengo a ti, santa basílica, que al corazón gigante de mi pueblo diste para aplacarle de tus naves la calma gótica.
Yo soy mi pueblo, templo venerando; aplaca mis congojas, adormece este sufrir, para que así consiga seguir sufriéndolo.
Hazlo y te juro yo con mis dolores levantar a mi pueblo por los siglos donde sus almas tormentosas canten otra basílica.
Y tal vez cuando tú rendida entregues tus piedras seculares a mi tierra, la altiva flecha de mi templo entone tus glorias últimas.