Spanish poem
La Flor Tronchada
Como a la tierra con el corvo arado así el seno a la humana compañía desgarrad sin flaqueza, abriendo surcos, aunque tronchadas las heridas flores caigan a la honda huesa y allí, podridas, sirvan para abono, o de alimento al roedor gusano que carcome raicillas, ignorante de que al dejar la cárcel del invierno vida de amor le espera y luz celeste. Revolved los terrones, soterrando los que gozan del sol en las tinieblas, y a recibir el beso de la brisa a su vez suban los que están sepultos de la tierra en los senos más ocultos. Cuando concluye el labrador cansado de remover la tierra, el grano siembra y lo confía al cielo, al sol benigno y a la rica lluvia. Así, cuando sus senos desgarrados muestre, y el flanco herido la compañía humana, sembrad semillas de la Idea en ella y brotarán lozanas. Las que echéis en el campo apelmazado de la ordenada sociedad tranquila se pudren infecundas, o prenden solitarias para morir a la ardorosa lumbre que da la muerte, como da la vida, o son pasto de pájaros glotones, los que viven del grano que sembró con afán ajena mano. La simiente en los surcos derramada será pronto regalo de la vista, lago ondulante de verdura fresca, salpicado de rojas amapolas en que la brisa, resbalando suave, templa del sol la agostadora huella. Dora la espiga cuando su hora viene, cuaja su jugo en apretado grano, siégalo la guadaña y triturado en el molar de piedra nos da la flor del pan. Polvo también de sustanciosa harina las granadas ideas han de darnos, cuando tras siega de cortante estudio desde el campo sereno en que nacieron las lleven al molino fragoroso de encendidas pasiones populares para heñidas más luego por el agrio fermento, en pan se yelden 1, con el fermento de la fe robusta en pan vivificante. La idea aprisionada dentro el vaso de cascabillo lógico no da al pueblo alimento que en la lucha le sirva de sustento. Cuando en el campo en que la mies ondea al descansar de la labor fecunda partáis el pan de vida, manjar que nos preparan de consuno naturaleza y arte, alzadlo hacia la bóveda serena de aire vital henchida, cual en liturgia de piadoso afecto, y rebosando el corazón confianza bendecid al Señor; al Padre que el sustento nos regala, al Padre que el espíritu nos riega con agua de piedad y de consuelo; bendecid al Señor que reparte la lluvia y el pedrisco, rocíos y tormentas, tibio fomento o pertinaz sequía; bendecid al Señor, de piedad misteriosa eterna Fuente que hartura y escasez nos distribuye, segador de los hombres para en sus trigos cosechar las almas cuando a sazón alcancen, y en luchas y trabajos bien cernida, sacar simiente de más honda vida. Allá en el alto cielo, donde cuajan, como nubes, los dones que al impío le llueven lo mismo que al piadoso, nuestra pobre piedad no tiene asiento ni llega la justicia de los hombres. Justicia y compasión allí son uno, alta justicia eterna, misterio santo de insondable fondo. Acatadlo con fe sincera y limpia, y cuando abráis los surcos con la reja revolviendo a los hombres, al quebrantar su apelmazado enlace, poneos en la mano omnipotente del Padre del Amor, Sol de las almas que destruyendo crea y creando destruye, Labrador Soberano de los mundos que lleva la mancera del Destino, de la Justicia eterna que tritura cual muela poderosa el orden que los hombres proclamamos sirviendo al misterioso ordenamiento que nos tiene celado su cimiento. Lucha es la vida y el arado es arma, arma la reja de la odiada idea. Para luchar, por tanto, con porfía, sin odio y sin blandura, compadeciendo el daño que causemos tronchando flores al abrir el surco, te pedimos nos des con mano pródiga Fe, Esperanza y Amor, ¡Oh Padre del Amor, Sol de las almas. Labrador Soberano de los mundos que llevas la mancera del Destino, que destruyendo creas y creando destruyes y trituras cual muela poderosa el orden que los hombres proclamamos. ¡Amor para luchar, Sol de las almas! ¡Acoje a los que al surco caen tronchados, muertos en flor, sin haber dado fruto, y danos para abrirlo valentía. ¡Labrador Soberano de los mundos! ¡Que amemos al vencido venciéndole en la lucha con amor! ¡Que al morir desgarrada por mi reja la pobre flor del campo, el perfume que espira y con que aroma el hierro que la hiere de piedad fraternal me llene el alma; que se asiente serena nuestra lucha, cual un deber de vida, sobre conciencia de rencor purgada, sobre lecho de paz! Tú, Señor, asentaste los giros y revueltas de los orbes sobre quietud robusta; diste la eternidad por fundamento al incesante curso de las horas, el silencio solemne a los sonoros ecos y fragores con que el aire resuena, e hiciste a las tinieblas dormido mar sin fondo y sin orillas sobre que ruedan de tu luz las olas. Tú, Señor Soberano, Padre eterno de Amor, Sol de las almas, con los choques discordes de la lucha tenaz por la existencia entretejes la trama de la armonía cósmica, calma sacando de agitado curso, silencio del fragor de la pelea, eternidad del fugitivo tiempo. ¡Arnor, eterno Amor! danos fecundo amor hacia el vencido, únenos en la lucha a los contrarios asentando en la paz nuestras batallas, batallas de la paz! Que rendidos en tierra, al morir bendigamos nuestra suerte; que del empeño mismo del combate brote la compasión al combatiente; que aceptemos cual ley de la conciencia tu altísimo mandato de pelear sin tregua ni reposo, elevando, viriles, el destino a íntima libertad de orden divino. Acoje nuestros ruegos, Padre de eterno Amor, Sol de las almas, origen primordial de la contienda que a los orbes sostiene y vivifica, de la empeñada lucha que en alta paz culmina, así como de paz también arranca, ¡Labrador Soberano de los mundos que llevas la mancera del Destino, Segador incansable de las almas, que en la criba de luchas y trabajos entresacas Señor, de una mies de sustancia corrompida rica simiente de más honda vida, vida de eterno Amor!