Versos Spanish Miguel de Unamuno La Retama

Spanish poem

La Retama

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Aquí, en la árida falda del formidable monte, desolador Vesubio, a quien ni árbol ni flor alguna alegran tu césped solitario en torno esparces olorosa retama contenta en los desiertos. Te vi antes adormar con tus matas la campiña que circunda la villa que del mundo señora fue en un tiempo, y del perdido imperio parecen con su aspecto grave y triste ofrecer fe y recuerdo al pasajero. Vuelvo hoy a verte en este suelo, amante de desiertos lugares de tristeza, de afligida fortuna siempre amiga. Estos campos sembrados de ceniza infecunda y recubiertos de empedernida lava que resuena so el paso al peregrino, en que anida y tomando el sol se enrosca la sierpre, y donde vuelve el conejo a su oscura madriguera, fueron cultas y alegres ciudades y mies rubia; fueron eco de mugir de rebaños, palacios y jardines pasa ocio de los ricos grato refugio, y ciudades famosas a las que fulminando por su boca torrentes ígneos el altivo monte con su pueblo oprimió. Todo hoy en torno una rüina envuelve donde tú, flor hermosa, hallas tu asiento, y cual compadeciendo ajeno daño mandas al cielo perfumado aroma que al desierto consuela. A estas playas venga aquel que acostumbra con elogio ensalzar nuestro estado, verá cómo natura en nuestra vida amorosa se cuida. El poderío en su justa medida podrá estimar de la familia humana, a la que sin piedad, en un momento, su nodriza, con leve movimiento, cuando menos lo espera, en parte anula y con poco más puede en un instante del todo deshacerla. Ved de la gente humana pintada en esta playa la suerte progresiva y soberana. Mírate en este espejo, siglo soberbio y loco, que el camino marcado de antiguo el pensamiento abandonaste, y tus pasos volviendo, tu retorno procura. Tu inútil charla los ingenios todos, de cuya suerte el padre te hizo reina, adulan, mientras tanto que tal vez en su pecho hacen de ti ludibrio. Con tal baldón no bajaré so tierra, y bien fácil me fuera imitarlos y adrede desbarrando serte grato cantándote al oído! Mas antes el desprecio, que en mi pecho para contigo guardo, mostraré lo más claro que se pueda; aunque sé que el olvido cae sobre quien increpa a su edad propia. De este mal que contigo participo, me río yo hasta ahora. Soñando libertad, al par esclavo queréis al pensamiento, el solo que nos saca de la barbarie en parte; y por quien sólo se crece en la cultura; él sólo guía a lo mejor los públicos negocios. La verdad te disgusta, del ínfimo lugar y áspera suerte que natura te dio. Por eso tornas, cobarde, las espaldas a la lumbre que nos la muestra y, fugitivo, llamas a quien la sigue, vil, y tan sólo magnánimo al que con propio escarnio, o de los otros o ya loco o astuto redomado, exalta hasta la luna el mortal grado. El hombre pobre y de su cuerpo enfermo que tenga el alma generosa y grande, ni se cree ni se llama rico de oro o gallardo, ni de espléndida vida y de excelente salud entre la gente hace risible muestra; mas de riqueza y de vigor mendigo sin vergüenza aparece; así se llama cuando habla francamente y a sus cosas las estima en lo justo. Nunca creí magnánimo animal, sino necio el que a morir viniendo a nuestro mundo, y entre penas criado, aún exclama: «¡para el goce estoy hecho!» y de fétido orgullo páginas llena, gloria grande y nueva felicidad que el pueblo mismo ignora, no ya el orbe, en el mundo prometiendo a pueblos que una onda del mar turbado, un soplo de aura maligna, un soterraño empuje, de tal modo destruye, que memoria de ellos apenas queda. Índole noble aquella que a alzar se atreve frente al común hado ojos mortales, y con franca lengua sin amenguar lo cierto, confiesa el mal que nos fue dado en suerte; ¡estado bajo y triste! la que arrogante y fuerte se muestra en el sufrir, y ni odio ni ira de hermanos los más graves de los daños, agrega a sus miserias, inculpando al hombre de su dolor, sino que culpa a aquella culpable de verdad, de los mortales madre en el parto, en el querer madrastra. A ésta llama enemiga, y comprendiendo que ha sido unida a ella y ordenada con ella en un principio la humana compañía, los hombres todos cree confederados entre sí, los abraza con amor verdadero, les ofrece y espera de ellos valerosa ayuda en las angustias y el peligro alterno de la guerra común. Y a las ofensas del hombre armar la diestra, poner lazo y tropiezo al vecino, tan torpe juzga cual sería en campo que el enemigo asedia, en el más rudo empuje del asalto, olvidando al contrario, acerba lucha emprender los amigos sembrar la fuga y fulminar la espada entre sí los guerreros. Cuando tales doctrinas vuelven a ser patentes para el vulgo, y aquel horror prístino que ató a los hombres en social cadena sabiduría vuelva a renovarlo, el sencillo y honesto comercio de las gentes, la piedad, la justicia, raíz distinta tendrán entonces, y no vanas fábulas en que se funda la honradez del vulgo cual en pie se sustenta quien su remedio en el error asienta. Con frecuencia en la playa desierta, que de luto de lava el flujo endurecido viste, paso la noche viendo sobre la triste landa en el nítido azul del puro cielo llamear de lo alto las estrellas que a lo lejos refleja el océano, y a chispazos brillar en torno todo por la serena bóveda de] mundo. Cuando fijo mi vista en esas luces que un punto nos parecen, cuando son tan inmensas que la tierra y el mar son a su lado un punto, y a las cuales no sólo el hombre, sino el globo mismo donde nada es el hombre ignotos son del todo, y cuando veo sin fin, aún más remotos los tejidos de estrellas que niebla se nos muestran, y no el hombre no ya la tierra, sino todo en uno el número de soles infinito, nuestro áureo sol, mientras estrellas todas desconocen, o bien les aparecen como ellas a la tierra, luz nebulosa; ante mi mente entonces ¿cómo te ostentas, prole del hombre? Y recordando tu estado terrenal, de que da muestra este suelo que piso, y de otra parte que tú fin y señora te crees de todo, y que tantas veces te agrada fantasear en este oscuro grano de arena que llamamos Tierra que los autores de las cosas todas a conversar bajaron con los tuyos por tu causa, y ensueños ridículos y viejos renovando insulta al sabio hasta la edad presente que en saber y cultura sobresalir parece; mortal prole, ¡prole infeliz! ¿qué sentimiento entonces me asalta el corazón para contigo? No sé si risa o si piedad abrigo. Como manzana que al caer del árbol cuando en el tardo otoño la madurez tan sólo la derriba, los dulces aposentos de hormiguero cavado en mollar tierra con gran labor, las obras, las riquezas que había recogido la asidua tropa con fatiga grande próvidamente, en el estivo tiempo, magulla, rompe y cubre; desplomándose así desde lo alto del útero tenante, lanzada al hondo cielo, de cenizas, de pómez y de rocas noche y ruina, llena de hirvientes arroyuelos; o bien ya por la falda, furioso entre la yerba, de liquidadas masas y de encendida arena y de metales bajando inmenso golpe, las ciudades que el mar allá en la extrema costa bañaba, sume rotas y recubiertas al momento; donde hoy sobre ellas pace la cabra, o pueblos nuevos surgen allí, cual de escabel teniendo los sepulcros; y los muros postrados a su pie pisotea el monte duro. No estima la natura ni cuida más al hombre que hace a la hormiga, y si en aquél más raro el estrago es que en ésta tan sólo esto se funda en que no es una especie tan fecunda. Mil ochocientos años ha ya desaparecieron oprimidos por el ígneo poder aquellos pueblos, y el campesino atento al viñedo que en estos mismos campos nutre el muerto terruño de ceniza levanta aún la mirada suspicaz a la cumbre que inflexible y fatal, hoy como siempre, tremenda se alza aún, aún amenaza con la ruina a su hacienda y a sus hijos, los pobres! ¡Cuántas veces el infeliz yaciendo de su pobre casucha sobre el techo toda una noche, insomne, al aura errante o a las veces brincando, explora e! curso del temido hervidero que se vierte del inexhausto seno a la arenosa loma, el cual alumbra de Capri la marina, de Nápoles el puerto y Mergelina. Si ve que se da prisa, si en el fondo del doméstico pozo oye del agua borbotar el hervor, a sus hijitos, a su mujer despierta, y al instante con cuanto puede de lo suyo huyendo desde lejos contempla su nido y el terruño que del hambre les fue el único abrigo presa de la onda ardiente que crepitando se le viene encima y sobre él para siempre se despliega! Torna al celeste rayo después de largo olvido la extinguida Pompeya, cual sepulto cadáver que de tierra vuelve a luz la piedad o la avaricia, y a través de las filas de truncadas columnas el peregrino desde el yermo foro lejos contempla las gemelas cumbres y la cresta humeante que aún amenaza a la esparcida ruina. Y en el horror de la secreta noche por los deformes templos, por los circos vacíos, por las casas en que esconde el murciélago sus crías, como rostro siniestro que en desiertos palacios se revuelve, corre el fulgor de la fumérea lava que enrojece las sombras a lo lejos y tiñe los lugares del contorno. Así, ignara del hombre y de los siglos que él llama antiguos, de la serie toda de abuelos y de nietos, Naturaleza, verde siempre, marcha por tan largo camino que inmóvil nos parece. El tiempo imperios en su sueño ahoga, gentes e idiomas pasan; no lo ve ella y en tanto el hombre eternidad se arroga. Y tú, lenta retama, que de olorosos bosques adornas estos campos desolados, también tú pronto a la cruel potencia sucumbirás del soterraño fuego que al lugar conocido retornando sobre tus tiernas matas su avaro borde extenderá. Rendida al mortal peso, inclinarás entonces tu inocente cabeza. Mas en vano hasta tanto no la doblas con cobardía suplicando en frente del futuro opresor; ni tampoco la yergues a las estrellas con absurdo orgullo en el desierto, donde nacimiento y vivienda, no por querer, por suerte has alcanzado. Eres más sabia y sana que el hombre, en cuanto nunca tú has pensado que inmortales tus tallos se hayan hecho por ti o por el hado.