Versos Spanish Miguel de Unamuno Las Gentes Pasan

Spanish poem

Las Gentes Pasan

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Las gentes pasan; ni las conozco ni me conocen. Los unos ríen, en los otros se ve que han llorado, y ni sé su alegría ni sé su pena. Ve aquí que me hallo solo dentro del mar humano, mar de misterio. Se me acerca un mendigo y con voz quejumbrosa algo me dice que apenas entiendo tendiéndome la mano, y sé muy bien qué pide. ¡Oh, mano humana; universal tu lengua! ¡Oh, mano de trabajos y de adioses, madre del arte, madre también del crimen; de los pobres mortales gloria e infamia! ¡Oh, mano humana, que ríes y que lloras si te abres o te cierras; ya los rientes dedos derramados, ya postradas sus yemas, abatidos los cuatro, que son mellizos, bajo el duro pulgar que los soyuga en crispación de ira! ¡Oh, mano humana! Riente me la tiende este mendigo, y en su risa solloza; con sus dedos suplica. Su mano pide mano. Si todos nos las diéramos como en rueda de danza, Dios cuajaría, chispas de Dios darían nuestros pechos... Se fue el mendigo buscando lástima... La calle se ilumina, sonríe el cielo y todos me parecen conocidos... Es que ellos vienen... Ellos son él y ella... Se miran a los ojos, ciegos al mundo, las miradas mirándose. Triunfa en ella la vida; el aire que respira vuelve humano desde sus labios rojos, y en el celeste azul de sus pupilas la luz se amansa; bate su pecho el compás de las cosas y los hombres. Y él a su lado no cabe en sí y a todos nos anima, diciéndonos su gloria: ¡he aquí el hombre! Al bordearlos se sienten cuantos pasan más humanos, más buenos; uno suspira envuelto en añoranzas del antaño... Y ellos dos siguen, batiendo el suelo con andar pausado, los ojos en el cielo, los ojos en los ojos... Se hinche la calle de pureza y dulzura; parece el mar sencillo cuando del alba en el regazo dulce canta el salmo sereno del eterno reposo... En brazos de su madre un niño viene sonriendo al mundo... Como yo él no entiende a los que pasan, ni los conoce. La manecita al cuello de su fuente de vida mira a Dios cara a cara y se sonríe. Y ella, la joven madre, sumergida en el aire en que su hijo y todos respiramos, mientras pasa serena, «he aqui la mujer», decir parece. Se hinche la calle del más viejo misterio. Más lentos son los pasos de los que pasan. Descubren sus cabezas. Por medio de la rúa, por donde lleva el hombre las cargas del trabajo, y sus despojos, le llevan al que un tiempo reía en las aceras... Como yo él no entiende a los que pasan, ni los conoce; en su caja tendido mira a Dios cara a cara y... ¿goza o duerme?

Pasa una flor humana de colores chillones que al aire flotan como banderas; el rojo de amapola, el gualda de retama, azul de clavelina, cabellera como una crisantema, ojos que arden en fiebre, carnes a todo sol y acres perfumes de bosque en sementera. Brinda a todos su cáliz, luego se aja, sin dar semilla. La humana flor carnívora, la flor de estercolero de las ciudades; la que chupa los tuétanos con la inconciencia torpe del pecado. Va encendiendo en los ojos de los que pasan la antorcha del deseo, sacudiendo la carne. Y prosiguen más tristes su camino, sin detenerse.

Ve, se detienen, sí, ¿por qué es que vuelven, todos sus ojos? ¿Qué así les llama cuando ni la miseria, que tiende temblorosa mano humana, ni el amor encarnado, ni el alba de la vida, ni su noche rodeada de misterio merecen su saludo? Un hombre de otro traje, de otro color, de traza peregrina, que pasa solitario recogiendo miradas ¡y soñando quizás en otras tierras! ¡El extranjero! ¿Dónde nació? ¿De dónde y a qué viene? ¿Quién es el hombre extraño que la costumbre rompe? ¿Qué habrá en su tierra? ¿Será su Dios el nuestro? ¿Nos admira o sonríe de nosotros? ¡Cuántas tierras, Señor, no conocemos! ¡Cuántos se mueren ignorantes del caso que aquí a todos embarga y hasta a los niños narran las nodrizas!

Voy a sentarme aquí, bajo este tilo, que me recuerda al tilo de mi pueblo, aquel que alza su copa donde rodó mi cuna y es él cuna de pájaros que cantaron los juegos de mi infancia. Memorias su perfume me trae de aquellas gentes que son las mías, que conmigo se hicieron; ¡la patria resucita! Se acerca un perro que acariciar se deja por mi mano y acepta sin repulgo azúcar que le brindo. Y él me recuerda la hermandad que nos ata a los humanos. Lo que nos une son las yerbas, los árboles, los frutos, y son las bestias que a nuestro recio arbitrio soyugamos; lo que nos une no son los corazones, son las obras. No nos brota de dentro esta hermandad que a todos nos envuelve y nos hace un linaje; es nuestra obra la que nos ciñe y a abrazarnos nos fuerza con su abrazo. Cada cual va dejando de su labor el fruto atento sólo a su menguado logro o a menguado renombre, y esos frutos nos ciñen, nos atan y nos fuerzan a darnos el abrazo de que brota la sociedad humana. Tú das tu fruto, yo doy el mío, los cambiamos y nace la hermandad que nos une. Las cosas, no los hombres, hicieron de nosotros un linaje; es la casa que habitas y que antes otro como tú habitara. Ven, perro amigo, obrero de hermandad entre los hombres, pues tú nos unes más que nosotros mismos nos unimos de propio impulso. Si algún día el amor desde el recóndito cáliz del corazón brota a los pechos, tiembla en la boca, irradia por los ojos, y el hombre en ansia de hombre busca a su hermano; si algún día se posa nuestra pobre hermandad en las entrañas de cada hombre, entonces esta fábrica de las vastas ciudades se ajará como flor que dio su fruto y acabará la tierra por ser el Paraíso.

...¡ajo!, oigo exclamar, vuelvo la cara al sentir que me rompe la soledad ese brutal acento; la patria me saluda con su voz más doméstica cuando en ella soñaba mecido en el aroma de los tilos... ...¡ajo! Es la patria la que encontramos hecha, la que vive, la histórica, es España... Bien, ¿y la otra? Adiós, tilo agorero, adiós, perro mi amigo, vuelvo a la muchedumbre que no conozco ni me conoce.