Spanish poem
La garza del Alisar
by Miguel Moreno Ordóñez (1851–1910)
Tendido sobre una roca, orillas del Macará, suelta el ala del sombrero, melancólica la faz, macilento y pensativo joven simpático está,
que así le dice á un correo de Cuenca, lleno de afán: —Correo que vas y vuelves por caminos del Azuay, adonde, triste proscrito, ya no he de volver jamás; di, ¿qué viste de mi Cuenca en el último arrabal, en una casita blanca que á orillas del río está, coronada de un molino, perdida entre un alisar? —Diez días há que saliera de los valles del Azuay: yo vi del río á la margen la casa de que me habláis, coronada de un molino, perdida entre un alisar. —Está bien, ¿pero no viste en este sitio algo más?... —Os contaré, pobre joven, que vi una tarde, al pasar, una niña de ojos negros y belleza angelical, toda vestida de blanco, vagando en el alisar... —¡Ay!, no te vayas, correo, por Dios, suspende tu afán; tú, que dichoso visitas las calles de mi ciudad,
aunque estés de prisa, dime de esa joven algo más. —Caballero, cual los vuestros,
cual los vuestros eran, ¡ah!, los ojos encantadores de esa niña del Azuay:
tras de unas negras pestañas, como el sol que va á expirar, velado por densas nubes que enlutan el cielo ya, melancólicos, á veces, miraban con grande afán á todos los caminantes que entraban á la ciudad. Pobre niña, pensativa, cubierta la hermosa faz con sombras de honda tristeza y una palidez mortal, otras veces contemplaba las hojas del alisar que, arrastradas por el río, no volverían jamás. Pobre niña, no lo dudo, estaba enferma, quizá ese momento se hallaba pensando en la eternidad. —¡Ay!, mi correo, correo tan veloz en caminar, tú que dichoso transitas por donde mi amor está, dime, por Dios, si supiste de esa joven algo más. —Cuando una vez de mañana paseábame en la ciudad, vi esparcidos por el suelo rosas, ciprés y azahar,
que formaban un camino que, yendo desde el umbral de una iglesia, terminaba en la casa de que habláis. Luego escuché en su recinto el tañido funeral de una campanilla, y luego de la salmodia el compás, y olor de incienso espiraba el ambiente matinal... —Dime, amigo, ¿no supiste quién se iba á sacramentar? —Una niña á quien llamaban, por su nivea hermosa faz, porque de blanco vestía, ¡La Garza del Alisar! —¡Oh! ¡Basta, basta, no sigas! Es ella... ¡Suerte fatal!... ¿Y habrá muerto?...— Era de noche cuando dejé la ciudad. «olor á cera y á tumba» percibí en el Alisar... —¡Valor! No tiembles, termina... ¡Mi suplicio es sin igual!... —¡Infeliz! Yo vi las puertas de la casa...—¡Acaba ya!... — Con un negro cortinaje, abiertas do par en par... —¡Bendito seas. Dios mío, acato tu voluntad!
Ella muerta, yo entretanto proscrito, enfermo, jamás, jamás veré aquellos ojos que empezaban á alumbrar mi camino... nunca, nunca, sino allá en la eternidad...
Miguel MORENO.