Versos Spanish Miguel Riofrío Nina

Spanish poem

Nina

by (1822–1879)

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Descendiente de los Shyris, Chaloya, padre de Nina, huyendo de Rumiñahui subió a lo alto del Pichincha.

Al mirar columnas de humo y entender que Quito ardía, alzó sus ojos al cielo y postrose de rodillas.

Chaloya, aunque de alta estirpe, no fue tenido en valía, porque a la corte enojaba su ardiente sed de justicia.

Alejado de los grandes, sin odio, pena ni envidia, en lo invisible ocupaba su mente contemplativa.

Presagiaba suspirando que la patria acabaría entregándose a extranjeros, devorada por sí misma.

Por mitigar sus congojas oraba de cima en cima, y, en la suprema desgracia, prefirió la del Pichincha.

El pensamiento y las huellas de su padre siguió la hija, y en esta vez asustados otros a ella la seguían.

Era todo movimiento, confusión, llanto, fatiga; por oír entonces al justo suben varios al Pichincha.

Resbalando entre la nieve, ante todos llega Nina; ve a su padre, mira al cielo, llora, y como él se arrodilla.

Iban los demás llegando en confusa vocería; uno maldice al tirano, maldice otro la conquista;

quien amenaza, quien jura, quien blasfema, quien suspira. Chaloya se alza, oye a todos y dirigiéndose a la hija:

«Llora, dice, el llanto es justo, pues la patria está en cenizas; mas, no maldigas a nadie, sólo la culpa es maldita.

»¿Y quién de culpa está libre ante el sol de la justicia? El valor se torna en culpa, si con culpas se ejercita.

»Es culpa la mansedumbre que ante las culpas se humilla; ejerciéndola en exceso es culpa la virtud misma.

»Tras las culpas hay desgracias, si todo no se equilibra. sin nada más, nada menos de lo que el sol determina.

»Rumiñahui valeroso quiso defender al Inca; mas nuestro monarca, manso se entregó, cual tortolilla.

»Le devoraron milanos que nuestra raza asesinan; librarnos de tal peligro ha intentado el héroe quichua.

»Pero la nación estaba en cien bandos dividida; cada bando era una culpa que engendraba cien desdichas.

»En despecho, Rumiñahui llegó a la culpa infinita de la matanza y el fuego que contemplas pavorida.

»Por las culpas de sus hijos gime la patria cautiva, pues ya miro consumada la más sangrienta conquista.

»Infelice, cual ninguna, será la raza vencida; pero nunca la triunfante podrá excitar nuestra envidia.

»Nuestra prole a la indigencia estará siempre sumisa; será la bestia de carga de la crueldad y avaricia.

»Pero ¡oh sol! tú no perdonas crueldades ni alevosías; a ti que a todos alumbras, todos te deben justicia.

»Y tus leyes quebrantadas se llaman guerra, conquista, odio, rabia, furia, celos y frenética codicia.

»El sol con la servidumbre, a nuestra patria castiga y deja a la raza intrusa castigarse por sí misma».

Dispersose el auditorio por las orientales vías; cual perplejo, cual bramando, cual con el alma afligida.

Hacia occidente, do arroja el volcán lava y ceniza, las montañas solitarias eran del hombre temidas.

Allí tramontano asilo buscó Chaloya con su hija; bajaron, besando el suelo, como postrer despedida.

Era fama que Atahualpa, viendo bella y pura a Nina, quiso al templo consagrarla y que ella respondió al Inca:

«Perdí a mi madre en la cuna, mas no la doy por perdida, porque, cuando pienso en ella, junto su alma con la mía.

»Ella era esposa, era madre, y así era la virtud misma; fue para el sol virgen pura, pues tuvo alma sin mancilla.

»Con arrullo de paloma mi padre, desde muy niña, me enseñó a ver en el cielo a mi madre y la justicia.

»Para que en el sol pensara más que en mí, me llamó Nina. Yo soy, pues, del sol la virgen, mas mi templo es la campiña.

»En los prados y en los bosques, en oteros y colinas, en tantos cerros nevados que por doquier se divisan,

»difunde el padre sus rayos, con ellos todo ilumina, y todo se muestra en orden y variedad infinita.

»Con ellos, todo despierta, se colora, se matiza, se fecunda, se embellece y a adorarte ¡oh Sol! convida.

»Millares de aves te cantan entre las selvas floridas. ¿Por qué esconder entre muros tu alta gloria y nuestra dicha?

»Yo seré del sol la virgen sin verme nunca oprimida, cual si la Bondad Suprema fuera celosa y mezquina.

»Quiero libre, no entre muros, consagrar el alma mía al que mostrando grandezas quiso hacer grande la vida».

Admirado y temeroso de tan extraña doctrina, el rey mandó que en su corte nunca penetrara Nina.

Y ella vagaba en los bosques libre como la neblina, admirando en cielo y tierra la eterna sabiduría.

El tirano Rumiñahui, aún las teas encendidas, completada la obra horrenda de desolación y ruina,

oyó, sarcástico riendo, esta importante noticia: «El hipócrita Chaloya queda en lo alto del Pichincha;

»su hija ante el sol y la luna postrándose de rodillas dice que ellos le inspiraron cierta egregia negativa.

»Pues recordarás que ingrata, rebelde, osada y sacrílega, no quiso entrar en el templo, por vagar en la campiña.

»Al ver que son tus esposas, las que en el templo existían, y que tú, justo y severo, con la muerte las castigas,

»dice que el sol la ha librado con su inspiración divina de sufrir, como las otras, tu espantosa tiranía.

»Su padre, cual Duchicela, quizá ofrezca mano amiga...». Rumiñahui, interrumpiendo, dio estas órdenes de prisa:

«Cien chasquis y cien soldados y cien diestros en la pista, con alas en calcañares vuelen en torno al Pichincha;

»y, ya veis que aún no anochece, mañana al rayar el día estarán en mi presencia atados Chaloya y su hija».

Con imperiosa guiñada un jefe da la consigna, y oficiales y soldados alzan su arma y su mochila.

Por grupos de cinco en cinco van los diestros en la pista, y los chasquis se colocan a razón de uno por milla.

De diez en diez los soldados van con honda, aljaba y pica; los capitanes, oculta, llevan bélica bocina.

Con astucia y ligereza que al zorro y la corza imitan, llevan, ávidos del premio, ágil planta y ágil vista.

Pasada horrenda la noche entre humo, llama y cenizas, con siniestro regocijo Rumiñahui la luz mira.

Espera chasquis que anuncien la llegada de las víctimas, y entre tanto un plan nefario revuelve en su fantasía.

Un sentimiento piadoso le acomete y se retira, cual si dos almas tuviera una de héroe, otra ferina.

Con extraño movimiento las entrañas le palpitan, al pensar en la inocencia de un padre amante y una hija.

Pero luego recobrando su volcánica energía, se goza en el cuadro horrible que su crueldad imagina.

Pronto verá de Chaloya la cabeza encanecida inclinarse demandando perdón, piedad para su hija;

y ya ensaya la respuesta que dará con gallardía, haciendo regia y solemne su venganza y su lascivia.

Con señales de impaciencia, al sol, al suelo, al Pichincha, a sus tropas y a sus teas, lleva alternando su vista.

Mas iba el sol señalando horas lentas y tardías; unas tras otras pasaban, y ningún chasqui volvía.

El tirano enfurecido el exterminio maquina de los trescientos enviados; y a enviar mil se disponía.

Pero luego se le anuncia con la fúnebre bocina, que los trescientos se acercan, mas sin Chaloya ni su hija.

El tirano va al encuentro con su lanza enrojecida; los trescientos al mirarle todos a una se arrodillan.

Temblando el capitán dice: «Puedes quitarnos la vida, mas no por desobediencia, ni flojedad, ni mentira.

»Todos lo hemos presenciado: el asombro nos abisma... te juramos que no existen ni Chaloya, ni su hija».

«¿Los matasteis o murieron? Decid, pues, ¿qué es de su vida?», les preguntó Rumiñahui con la voz ya enronquecida.

En respuesta le refieren insólita maravilla: dicen que frescas las huellas les fue fácil el seguirlas;

que siguiéndolas miraron, a manera de neblina, blanca luz en alta noche por la lluvia ennegrecida;

que en el rincón escondido de donde la luz salía, descubrieron una fuente que manaba como hervida;

que sólo hasta allí llegaban las breves plantas de Nina; y solas las de su padre hasta otra fuente seguían;

y que de allí en adelante, ni hacia abajo, ni hacia arriba, hallaron vestigio alguno los más diestros en la pista.

Por el sur ya Benalcázar avanzaba a toda brida, aliado con Duchicela de la estirpe de los Incas.

Por el norte ya Otavalo con ingeniosa perfidia, había dejado indefensa y airada la raza quichua.

Por occidente un prodigio deja en fuentes cristalinas la fecundante memoria de la virtud perseguida.

Mas en tanto, sin rendirse del tirano la osadía, dijo: «si unos dan su nombre a las aguas movedizas,

»yo a mi nombre y mis hazañas, que ya la fama publica, dejaré por monumento lo que cuadra al alma mía,

»un agrio cerro negruzco que deje por siempre fija con su dureza y sus cortes la imagen de la conquista».

Y andando por ruta opuesta a la de Chaloya y Nina, llegó a punto do un estruendo dejó un picacho a la vista.

Desde entonces Nina-yacu con puras y ardentes linfas, sirven de brazo al Chaloya y agrandándose camina.

El Rumiñahui se ostenta inmoble, estéril, sin vida, con sus ásperos peñascos, negro y rudo hasta la cima.

Y así aún en torno suyo esa majestad domina, difundiendo las influencias del tiempo que simboliza.

Mas, en tiempos venideros, según viejas profecías, iluminará la patria el espíritu de Nina.