Spanish poem
Las Tres Marias
by Bartolomé Mitre (1821–1906)
CONSOLANDO Á UN AMIGO QUE HABIA PERDIDO TRES HIJAS, LAS TRES CON EL NOMBRE DE MARÍA
Por qué llorais, esposos, la prematura muerte De las criaturas bellas, frutos de vuestro amor, Cuando al morir cambiaron perecedera suerte Por la que goza el ángel en torno del Señor.
Llorais porque sus rubias cabezas inclinaron Sobre la fria almohada del lecho sepulcral, Y cual mortales tristes al sueño se entregaron, Y ángeles despertaron del coro celestial?
¡Oh! no sabeis sin duda que la alta Providencia Para su dicha eterna tal vez lo quiso así, Para salvar del mundo su cándida inocencia Que atropellar pudiera del vicio el frenesí.
Fueron tres flores bellas en un rosal brotadas Que al ostentar ufanas su grato rosicler, Cruzaron por el cielo nubes encapotadas Y el viento tempestuoso las arrancó al nacer.
Fueron tres gotas de agua lloradas por la noche En el virgíneo cáliz de la fragante flor, Y que al brillar el dia, cuando entreabrió su broche, Se evaporaron todas al matinal calor.
Fueron tres mariposas de alas tornasoladas, Que al encontrar amargas las flores del jardin, Al cielo se elevaron, buscando atribuladas Las flores con que ciñe su frente el serafin.
Fueron tres chispas ténues de la divina hoguera Que vuestros corazones de casto amor llenó, Chispas que remontaron á la celeste esfera, Y que en estrellas fijas el cielo convirtió.
Por qué llorais entonces, cuando en las noches bellas Podeis hasta los cielos vuestra mirada alzar, Y contemplar brillando las tres blancas estrellas En que á las tres Marías Dios quiso transformar.
Esas estrellas puras son vuestras tres Marías: Flores de una mañana que no tuvo su ayer, Mariposas que huyeron de las regiones frias, Gotas de agua perdidas del cielo al descender.
Felices esos seres, que nunca conocieron La punzadora espina que labra el corazon, Y el inocente labio jamas humedecieron En la dorada copa que mana corrupcion.
Felices esos seres, que nunca calentaron Las engañosas manos de la amistad infiel, Que nunca las miserias del mundo presenciaron Ni el dictamo sagrado vieron trocarse en hiel.
Oh, no lloreis, esposos: mejor es su destino; Su vida es mas tranquila y exenta de dolor; Sentadas en las gradas del trono diamantino En torno de sí vierten mas suave resplandor.
Tú, padre, que navegas en borrascosa vida, Eleva á Dios tus manos porque á su lado esten, Como al audaz marino que en nave combatida Recuerda que sus hijos espuestos no se ven.
Tú, madre, que has sentido las santas alegrías De ver brotar la vida del seno maternal, Espera: aun no ha pasado la aurora de tus dias Y ha de brillar un dia de gozo sin igual.
En las calladas noches alzad la vista al cielo, Mirad á vuestras hijas resplandecer allí, Y sentireis el alma bañada de un consuelo Que para el alma enferma nunca se encuentra aquí.