Versos Spanish Nicasio Álvarez de Cienfuegos Es Justo, Sí: La Humanidad, El Deudo

Spanish poem

Es Justo, Sí: La Humanidad, El Deudo

by (1764–1809)

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Es justo, sí: la humanidad, el deudo, tus entrañas de amor, todo te ordena sentir de veras y regar con llanto ese cadáver, para siempre inmóvil, que fue tu hermano. La implacable muerte abrió sin tiempo su sepulcro odioso y derribole en él. ¡Ay! ¡a su vida cuántos años robó! ¡cuánta esperanza! ¡cuánto amor fraternal! y ¡cuánto, cuánto miserable dolor y hondo recuerdo a su hermano adelanta y sus amigos! Vive el malvado atormentando, y vive, y un siglo entero de maldad completa; y el honrado mortal en cuyo pecho la bondadosa humanidad se abriga ¿nace, y deja de ser? ¡Ay! llora, llora, caro Fernández, el fatal destino de un hermano infeliz; también mis ojos saben llorar, y en tu aflicción presente más de una vez a tu amistad pagaron su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo benigno oyera los sinceros votos de la ardiente amistad! Al punto, al punto hacia el cadáver de tu amor volando segunda vida le inspirara, y ledo presentándole a ti, «Toma», dijera, «vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo». Mas ¡ay! el hombre en su impotencia triste no puede más que suspirar deseos. La losa cae sobre el voraz sepulcro y cae la eternidad; y en vano, en vano al que en su abismo se perdió le llaman de acá las voces del mortal doliente. Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos, ni el ay de la viudez, ni los suspiros de inocente orfandad, ni los sollozos de la amistad, ni el maternal lamento, ni amor, el tierno amor que el mundo rige, nada penetra los oídos sordos de la muerte insensible. Nuestros ayes a los umbrales de la tumba llegan, y escuchados no son; que los sentidos allí cesaron, la razón es muda, helose el corazón, y las pasiones y los deseos para siempre yacen. Yacen, sí, yacen; el dolor empero también con ellos para siempre yace, y la vida es dolor. Llama a tus años, caro Fernández; sin pasión pregunta qué has sido en ellos? y con tristes voces dirán: «Si un día te rio sereno, ciento y ciento tras él, tempestuosos tronando sobre ti, huellas profundas de mal y de temor sólo dejaron». Hórrido yermo de inflamada arena, do entre aridez universal y muerte solitario tal vez algún arbusto se esfuerza a verdear: tal es la imagen de esta vida cruel que tanto amamos. Enfermedad, desvalimiento, lloro, ignorancia, opresión: este cortejo nos espera al nacer, y apesadumbra la hermosa candidez de nuestra infancia que en nada es nuestra. Los demás ordenan a su placer de nuestro débil cuerpo; y nuestra mente a sus antojos sirve. Si nuestro llanto a su indolencia ofende, manda que pare su feroz dureza, o su bárbara mano enfurecida sobre nosotros cae. ¡Niño infelice! llora ya, llora cuando apenas naces de la injusticia la opresión sangrienta, y el desprecio, el baldón, y tantos males, ¡preludios, ay, de los que en pos te aguardan! Tus años correrán, y por tus años hombre te oirás decir; mas siempre niño entre niños serás. Injusto y justo, opresor y oprimido todo a un tiempo de tus pasiones en el mar furioso perdido nadarás. En lucha eterna de acciones y deseos, mal seguro no sabrás qué querer; y fastidiado con lo presente, volarás ansioso a otro tiempo y lugar buscando siempre allá tu dicha donde estar no puedas. ¿Y qué valdrá que en tu virtud contento goces contigo, si mirando en torno verás la humanidad acongojada largamente gemir? Despedazado tu tierno corazón verá los males, querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro, sólo un estéril lloro es el consuelo que puede dar su caridad fogosa. ¿Hay pena igual a la de oír al triste sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte! ¡Oh sepulcro feliz! ¡Afortunados mil y mil veces los que allí en reposo terminaron los males! ¡Ay! al menos sus ojos no verán la escena horrible de la santa virtud atada en triunfo de la maldad al victorioso carro. No escucharán la estrepitosa planta de la injusticia quebrantando el cuello de la inocencia desvalida y sola, ni olerán los sacrílegos inciensos que del poder en las sangrientas aras la adulación escandalosa quema. ¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué lloramos, Fernández mío, si la tumba rompe tanta infelicidad? Enjuga, enjuga tus dolorosas lágrimas; tu hermano empezó a ser feliz; sí, cese, cese tu pesadumbre ya. Mira que aflige a tus amigos tu doliente rostro, y a tu querida esposa y a tus hijos. El pequeñuelo Hipólito suspenso, el dedo puesto entre sus frescos labios, observa tu tristeza, y se entristece; y marchando hacia atrás, llega a su madre y la aprieta su mano, y en su pecho la delicada cabecita posa, siempre los ojos en su padre fijos. Lloras, y él llora; y en su amable llanto ¿qué piensas que dirá? «Padre», te dice, «¿será eterno el dolor? ¿no hay en la tierra otros cariños que el vacío llenen que tu hermano dejó? Mi tierna madre vive, y mi hermana, y para amarte viven, y yo con ellas te amaré. Algún día verás mis años juveniles llenos de ricos frutos, que oficioso ahora con mil afanes en mi pecho siembras. Honrado, ingenuo, laborioso, humano, esclavo del deber, amigo ardiente, esposo tierno, enamorado padre, yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias en mí te esperan! Lo verás: mil veces llorarás de placer, y yo contigo. Mas vive, vive, que si tú me faltas, ¡oh pobrecito Hipólito! sin sombra ¡ay! ¿qué será de ti huérfano y solo? No, mi dulce papá; tu vida es mía, no me la abrevies traspasando tu alma con las espinas de la cruel tristeza. Vive, sí, vive; que si el hado impío pudo romper tus fraternales lazos, hermanos mil encontrarás doquiera: que amor es hermandad, y todos te aman. De cien amigos que te ríen tiernos adopta a alguno, y si por mí te guías Nicasio en el amor será tu hermano».