Spanish poem
Un Amante Al Partir Su Amada
by Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764–1809)
¡Ay! ¡ay que parte! ¡que la pierdo!, abierta del coche triste la funesta puerta, la llama a su prisión. Laura adorada. Laura, mi Laura ¿que de mí olvidada entras donde esos bárbaros crüeles lejos te llevan de mi lado amante? ¡Ay! que el zagal el látigo estallante chasquea, y los ruidosos cascabeles y las esquilas suenan, y al estruendo los rápidos caballos van corriendo. ¿Y corren, corren, y de mí la alejan? ¿La alejan más y más sin que mi llanto mueva a piedad su bárbara dureza? Parad, parad, o suspended un tanto vuestra marcha; que Laura su cabeza una vez y otra asoma entristecida y me clava los ojos; ¡que no sea la vez postrera que su rostro vea! ¿Y corréis, y corréis? dejad al menos que otra vez nuestros ojos se despidan otra vez sola, y trasponeos luego. ¡Corazones de mármol! ¿a mi ruego todos ensordecéis? En vano, en vano cual relámpago el coche se adelanta; en pos, en pos mi infatigable planta cual relámpago irá, que amor la guía. Laura, te seguiré de noche y día sin que hondos ríos ni fragosos montes me puedan aterrar: tú vas delante. Asoma, Laura; que tu vista amante caiga otra vez sobre mis tristes ojos. ¿Tardas, ingrata, y en aquella loma te me vas a ocultar? Asoma, asoma, que se acaba el mirar. Sólo una rueda a lo lejos descubro; todavía la diviso; allí va; tened que es mía, es mía Laura; detened, que os veda robármela el amor: él a mi pecho para siempre la unió con lazo estrecho... ¡Ay! entretanto que infeliz me quejo ellos ya para siempre se apartaron; mis ojos para siempre la han perdido; y sólo en mis dolores me dejaron el funesto carril por donde han ido. ¿Por qué no es dado a mi cansada planta alcanzar su carrera? ¿Por qué el cielo sólo a las aves el dichoso vuelo benigno concedió? Jamás doliente llora el jilguero de su amor la ausencia; yo entretanto de mi Laura ausente en soledad desesperada lloro y lloraré sin fin. Si yo la adoro, si ella sensible mis cariños paga, ¿por qué nos separáis? En dondequiera es mía, lo será; su pecho amante, yo le conozco, me amará constante, seré su solo amor... ¡Triste! ¿qué digo? que se aparta de mí, y a un enemigo se va acercando a quien amó algún día. Huye, Laura, no creas, desconfía de mi rival, y de los hombres todos. Todos son falsos, pérfidos, traidores, que dan pesares recibiendo amores. ¡Almas de corrupción!, jamás quisieron con la ingenua verdad, con la ternura, con la pureza y la fogosa llama con que mi pecho enamorado te ama. Te ama, te ama sin fin; y tú entretanto ¿qué harás de mí? ¿te acordarás? ¿en llanto regarás mi memoria y tu camino? ¿probarás mi dolor, mi desconsuelo, mi horrible soledad? Astro del cielo, oh sol, hermoso para mí algún día, tú la ves, y me ves: ¿dónde está ahora? ¿qué hace? ¿vuelve a mirar? ¿se aflige? ¿llora? ¿o ríe con la imagen lisonjera de mi odioso rival que allá la espera? ¿Y ésta es la paga de mi amor sincero? ¿Y para esto infeliz, desesperado, sufro por ella, y entre angustias muero? ¡Ah! ninguna mujer ha merecido un suspiro amoroso, ni un cuidado. Tan prontas al querer como al olvido, fáciles, caprichosas, inconstantes, su amor es vanidad. A cien amantes quieren atar en su cadena a un tiempo, y ríen de sus triunfos, y se aclaman, y a nadie amaron porque a todos aman. ¿Y mi Laura también?... No, no lo creo. Yo vi en sus ojos que me hablaba ansioso su veraz corazón: todo era mío; yo su labio escuché, y su labio hermoso mío le declaró; cuantos oyeron sus palabras, sus ayes, sus gemidos, «es tuyo, y todo tuyo», me dijeron. Es mío, yo lo sé; que en tiernos lazos mil y mil veces la estreché en mis brazos, y al suyo uní mi corazón ardiente, y juntos palpitaron blandamente, jurando amarse hasta la tumba fría. ¡Oh memoria crüel! ¿Adónde han ido tantos, tantos placeres? Laura mía, ¿dónde estás? ¿dónde estás? ¿Que ya mi oído no escuchará tu voz armonïosa, mucho más dulce que la miel hiblea? ¿que sin cesar mi vista lagrimosa te buscará sin encontrarte? Al Prado, que tantas veces a tu tierno lado me vio, soberbio en mi feliz ventura, iré, por ti preguntaré, y el Prado, «No está aquí», me dirá; y en la amargura de mi acerbo dolor, cuantos lugares allí tocó tu delicada planta todos los regaré con largo llanto, en cada cual hallando mil pesares con mil recuerdos. Bajaré perdido a las Delicias, y con triste acento «Laura, mi Laura», clamaré, y el viento mi voz se llevará, y allí tendido sobre la dura solitaria arena, pondrase el sol, y seguirá mi pena. A tu morada iré; con planta incierta toda la correré desesperado, y toda, toda la hallaré desierta. Furioso bajaré, y a mis amigos, de mi ardiente pasión fieles testigos, preguntaré en silencio por mi amante, y ellos, la compasión en el semblante, nada responderán. ¡Desventurado! ¿a quién me volveré? Si sólo un día durase mi dolor, yo me diría feliz, y muy feliz; pero mis ojos un sol, y otro verán, y cien tras ellos, y a Laura no verán. Sus labios bellos no se abrirán, y entre cordial ternura «te amo» repetirán mil y mil veces; ni con la suya estrechará mi mano, ni gozaré mirando la hermosura de su expresivo rostro soberano. ¡Ay, que nunca a mis ojos tan hermosa brilló cual hoy cuando de mí partía! Jamás, jamás la olvidaré; una diosa, la diosa del amor me parecía. Sí, mi diosa serás, Laura adorada, la única diosa a quien mi pecho amante cultos tributará. Ya en adelante en todo el orbe para mí no existe más belleza que tú, ni más deseo: adorarte será mi eterno empleo. ¡Oh Guadiana, Guadiana hermoso! ¡oh río entre los ríos venturoso! ¡oh mil veces feliz! Tú a Manzanares su tesoro robaste. Placenteras mirarán a mi Laura tus riberas contemplando cual pasan tus olitas y unas en otras sin cesar se pierden. Pensativa al mirarlo, en mí la mente ocultará en tu rápida corriente con mil lágrimas tristes mil amores. ¡Oh si después hacia Madrid corrieras! a las suyas mis lágrimas unieras. ¡Ay! dila, dila, cuando allí la vieres, que eternamente vivirá en mi pecho su inextinguible amor; que acongojado la lloro sin cesar; que lo he jurado; cuando la sien de abril ciñan las flores iré a exhalar entre sus dulces brazos todo mi corazón, y mil amores en cambio a recibir; que ella constante pague mi fe, porque en el mundo entero no encontrará un amor más verdadero.