Spanish poem
¿Será, Será Que, Osada
by Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764–1809)
¿Será, será que, osada, ¡oh Filis inconstante!, quieras aún señorear, cual diosa, mi mente avasallada? Y yo, cual tierno infante que, desvalido en su nutriz, reposa, y ella es su amor primero, toda su dicha, su universo entero, ¿cifraré mi ventura en pender de tu pérfida hermosura? En el silencio frío de la noche callada, al rayo incierto de la opaca luna yo vi, yo vi a ese impío; te vi, te vi abrazada con ese amante de mejor fortuna; tu acento fementido, lleno de agravios, resonó en mi oído cuando infiel prometías la fe que me juraste en otros días. Tú, que en su amor ahora gozas, oh mi enemigo, ¡ay!, breve, breve llegará el momento que en esa engañadora llores. También testigo fue ese jardín de mi feliz contento, y murió en tus abrazos. Húyela, que te miente, huye sus brazos, de otra veraz te fía; no te ama Filis, no, que toda es mía. Es mía, yo la amaba, yo la amo aún inconstante... No la amo; la aborrezco... ¡La alevosa! ¡La pérfida! ¿Engañaba al más sincero amante? Tanta promesa y esperanza hermosa, Filis, ¿dó están? ¿Qué has hecho de tanta fe como juró tu pecho cuando amarme ofrecía, ¡cruel, cruel!, hasta el postrero día? ¿Por qué entonces callabas los agudos pesares que me guardaba tu querer tirano? ¿Sacrílega esperabas profanar los altares cubriendo tu deshonra con mi mano? Jamás la augusta pompa rio en mi fantasía. Rompa, rompa la funeral cadena que a tus bárbaras leyes me condena. Caiga, caiga deshecho el ídolo engañoso que ante sus plantas me miró abatido. Arroje ya mi pecho error tan ponzoñoso, y que odio sea cuanto amor ha sido. ¡Oh, si feliz tornara el tiempo que voló! Jamás manchara ese monstruo sangriento ni aun mis oídos con su torpe aliento. ¡Bárbara! ¿Mereciste verte jamás señora del corazón que te entregué rendido? Tú misma lo dijiste; que, en cuanto Febo dora, nadie supo querer cual yo he querido. Y ¿cuál paga me has dado? ¡Ay, si me hubieras a la par amado de mi pasión fogosa! ¡Si me amaras aún, ingrata hermosa! Huye, esperanza vana; huid, muertos amores; Filis, eterno adiós. Cuando mirares esa beldad tirana, burlada de traidores; cuando pruebes los bárbaros pesares que a mí llorar me has hecho; cuando, herido de amor tu infame pecho, sólo piedad implore, y eternamente ingratitudes llore; llegó, llegó el instante de mi fatal venganza. De soledad y desamores llena, siempre verás delante esta aciaga mudanza; escucharás mi voz que te condena; y, en cruel remordimiento, al despedir el postrimer aliento, ya tarde arrepentida, temblarás de mi imagen ofendida.