Spanish poem
Presentimientos
by Pedro Antonio de Alarcón (1833–1891)
Reina la paz... el olvido sus negras alas extiende; la soledad aquí mora; la humanidad aquí duerme. Lentas horas de silencio a otras horas se suceden... la noche eterna aquí nace; la luz del mundo aquí muere. Las tinieblas de la nada de este lugar se desprenden, y la faz del almo cielo con su luto se entristece. El fulgor agonizante del sol que baja al poniente besa en trémulos soslayos la quietud de aqueste albergue y huye de aquí amedrentado; pues su resplandor perenne resbala, amarillo y turbio, por los campos de la muerte... Un impulso irresistible mis errantes pasos mueve y me guía a esta mansión donde mil pechos inertes marcan las eternas horas: ¡latidos que no se sienten, pero que escucha mi alma y bajo mis plantas hierven! ¡Ay! en busca del descanso aquí las pasiones vienen: cada silencioso nicho toda una historia comprende. Las horas del porvenir desalentadas perecen cuando llegan a este sitio, y aunque tenaces esperan mil y mil siglos sentadas en esos trises dinteles, nunca brillará una aurora del caos en el negro oriente. Esta necrópolis muda tiene un lenguaje solemne que penetra el corazón con inquietudes crueles. Tal vez mañana yo mismo, debajo de estos cipreses... ¿Y qué me importa? ¿Hay acaso un instante más alegre que el anterior a la vida y el posterior a la muerte? ¡Alegre! sí... no creáis que el asonante me impele a poner ese adjetivo, sino que le busco adrede. Y esta es una gran cuestión que en mi juicio se resuelve con tres palabras que omito y que las dijo un muy célebre pensador, conciudadano de la melómana Euterpe. ¿El no sufrir, es gozar? ¿qué es no querer? ¿algo quiere la negación? Yo no quise la existencia... Pero ¿tiene voluntad de no querer aquel que elegir no puede? No. Bien, pero sin embargo, resulta que vine a este lugar que llamamos mundo sin memorial precedente de mi parte... Yo agradezco al Criador estas mercedes que no le pedí; mas como según las humanas leyes los privilegios no obligan, si me dejáis que recuerde la teología sagrada que estudié en mis años verdes, os probaré... ¿Y qué interesa a la sosegada gente que duerme en torno de mí una digresión tan feble? Dejémosla por ahora, y el confesor le conteste al que sea tan insensato que a metafísico se eche, con perjuicio de sí mismo y a más de sus intereses, porque hoy no se compran ya las obras de cierta especie, y es disparate escribirlas cuando el mundo retrocede a las regiones tranquilas del orden, y no se siente ni el más ligero fragor de ese volcán que otras veces parió un progreso «maldito»... Sí, ¡maldito! ¿Viva el régimen retrógrado! ¡qué sosiego! ¡qué paz! ¡qué silencio!... ¡imbéciles! ¡también entre estos sepulcros reina la paz... de la muerte! .............................. ¡Cuánto genio! ¡cuánta vida! ¡cuánta esperanza ya estéril! ¡cuánta hermosura y candor! ¡qué de latidos ardientes, de ensueños y de ambiciones trae la humanidad en germen, a estas solitarias tumbas donde habrá de dormir siempre! Aquí, polvo, allí, la nada... ¡soplos de aire pestilente que las brisas arrebatan, y en la inmensidad se pierden!... ¡Ah!... no... mi alma se agita, sus alas inmensas tiende, mide el Océano azul, llena la región celeste, falta mundo, y sobra alma, alma inquieta, audaz, rebelde, investigadora y grande, reina en la materia débil. Alma que de frágil polvo pura y rauda se desprende y ansía goces misteriosos y busca el puro deleite, de una santa inspiración, ideal, sublime, leve, impalpable, misteriosa, como la luz, como el éter. ¡Existe Dios y otro mundo! Mi razón no los comprende; adivínalos mi alma, y mi corazón los bebe como recuerdos pasados, como aromas que presienten. Existe algo menos sandio que la vida y que la muerte; existe un vivir más digno que nuestro vivir imbécil; el «porqué» de nuestra vida no es hacerse y deshacerse; es muy bella nuestra alma para un existir tan breve; fuera injusto dar el ser de la dulce nada a trueque, tan sólo para unos días de desventuras crueles, y luego este ser robarnos diciendo a la vida... ¡muere! ¡Tan ridícula comedia la humanidad ser no puede! Entre nacer y morir hay un punto que no hiere nuestra vista, y es el móvil de la vida y de la muerte. Hay en nuestro corazón algo que espera y que teme, y hay, en fin, de esa otra vida una cosa que se siente, que se respira, se busca, se ambiciona, se prevee, ¿Qué importa que la razón, lámpara sola que mecen tantos rudos vendavales, nombre a esa cosa no encuentre? Existen Dios y otro mundo; existen y existir deben... y nuestra alma necesita ilusiones tan solemnes. ¡Mirad! La duda hace poco me amenguaba: caña endeble, mísero insecto creía ser yo al contemplarme en este recinto de tantas «nadas» que recuerdan tantos seres. Ahora la fe me sublima; ahora la fe me engrandece, y sobre la sepultura donde pronto he de caerme aquí, en el linde del mundo, alzo tranquila la frente; la esperanza me sonríe y me llama, y en mis sienes rueda el pensamiento, y brotan alas al alma, y el éxtasis me lleva en pos, y en sus brisas mi genio se desvanece y hacia ese Dios y ese mundo sus plácidas alas mueve: se explaya en su porvenir, en su esperanza se duerme, y empapado en su poesía, tiembla, llora, calla y cree.