Spanish poem
Siendo Yo Niño, Un Ángel Todavía
by Rafael Pombo
Siendo yo niño, un ángel todavía, Que de mi padre apenas Las dos rodillas abrazar podía, Recuerdo que una noche, entre mi cama, Cama hecha para mí, linda y suave Como el nido de un ave, De intensa fiebre al infectado aliento Que tan sólo mi madre no temía, Momento por momento, Ardiendo sin dolor, me consumía. Era alta noche, hora en que al auxilio Del sueño y la fatiga que han postrado Al centinela fiel del moribundo, Da un asalto callado La rondadora muerte; Hora en que el vario estrépito del mundo No apagará los congojosos gritos Del centinela fiel cuando despierte. Todo poder para salvarme estaba Ya en Dios tal vez; y el sabio y noble amigo Por cuya mano el mismo Dios quitaba A la muerte sus víctimas, Retirado adversario parecía De la victoria del rival testigo. Frente a mi lecho, en la pared, colgaba La imagen siempre dulce y hechicera De la Virgen María, Suavemente inclinada, cual queriendo Aspirar los perfumes De sus ramos de flores, O escuchar compasiva las plegarias, Perfume celestial de los dolores. Prosternada de hinojos. Angustiados los ojos, Al pie oraba mi madre... Mas todo era en silencio, solamente Oía de vez en cuando Secretearse unas voces En la inmediata pieza, y unos trajes Rozándose veloces, Y los paseos de mi triste padre Que la ancha puerta estremecer hacían... ...Y se alejaban... y otra vez pasando La misma puerta a estremecer volvían. Otras, nada escuchaba Sino el triste zumbar de los oídos, Música de la fiebre discordante, Cual gran jauría que entre sombras ladra Lanzando lamentables aullidos; Música que nos punza, nos taladra, Nos aturde furiosa y penetrante Con millones de agujas y silbidos. Caía luego en letargo, y cuando estaban Como en un mar de plomo Ahogadas mis potencias, de una en una, En torno a mi cabeza de palomo Revoloteaba estúpida, importuna La odiosa pesadilla; Ese feo moscardón de mal agüero Que burla, al par que al niño en su alba cuna, Al reo en su capilla, En su campo al soldado, Y en su triste prisión al prisionero, Y con el cual tal vez el niño ríe Y se intimida el alma del guerrero. Deliraba mi espíritu inocente, Que dando caza, oculto en mis cabellos, A un grillo impertinente, Saqué hilado en mis manos, de repente. Un caos hirviente, enjambre inmenso, de ellos. Era una inextricable telaraña, Vivido laberinto. Siempre igual y distinto, En el cual, a compás, con prisa extraña, Me iban desenvolviendo y envolviendo, Me iban desenredando y enredando Innúmeros ovillos. De innumerables grillos, De deslumbrantes brillos, De matices cambiantes, Y alas extravagantes, Y patas repugnantes, Crecientes y menguantes. Que en forma de tornillos Me araban penetrantes; Y tejiéndome anillos Del pelo a los tobilos, Y subiendo y bajando, Y bajando y subiendo, Haciendo y deshaciendo Nudillos y nudillos Me estaban dando inaguantable fiesta Al son de atroz, vertiginosa orquesta. Trémulo y aterrado Desperté rechazando de mi frente Una mano que inquieta me tocaba; Abrí a ver de repente... Era mi buena madre: le asustaba, Más que a mí, mi delirio, Que con ojo de madre adivinaba; Y yo vi en su mirada cariñosa La sonrisa del ángel del martirio: «¿Te asusto yo?» me dijo sonriendo, «Duerme, duerme tranquilo, Que mientra estés, mi dulce amor, durmiendo, Por ti ruego y vigilo. Y allí está nuestra Reina, que del Cielo Nos mira con cariño; Ella es quien a la madre da el consuelo Y la salud al niño. Por ella deja el nido el ave ufana Para cantarle amores; Por ella iremos al jardín mañana Para traerle flores. Duerme, y en tanto con amante empeño Yo le diré de hinojos Que te regale cariñosa un sueño Lindo como sus ojos». Enjugó con un beso un sudor frío Que manaba en mi frente gota a gota, Y amable, conjurando Con una bendición mi desvarío, Fuese a paso de sombra separando, Y volviéndome a ver de cuando en cuando Siguió orando devota.