Versos Spanish Rafael Pombo Una Hora

Spanish poem

Una Hora

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Era de noche, pero noche no era, Era felicidad en mediodía; Furtiva hora del cielo pasajera Por la tierra sombría. Vino esa hora por el rumbo estrecho, Como tras largo asedio almo festín, Como tras de quebrado agrio repecho Mi sabana sin fin. ¿Y quién vio más glorioso el firmamento Ni después de más negra tempestad? ¿Cuándo mejor dispuso el cielo el drama De la felicidad? A espaldas del salón estrepitoso. Do la danzante muchedumbre hervía. Como aéreo jardín colgaba al fresco La opaca galería. Rosa y jazmín el aire embalsamaban De media sombra entre el sutil cendal Cual tras la blonda de velada virgen Su corona nupcial. Cinta de luz cortaba suavemente El profundo horizonte arrobador; Allí empezaba a levantarse el velo Del eterno esplendor; Y calando el tejido misterioso Parpadeaba fúlgida al través La que llamamos luz de las estrellas. Que de inmortales es. Dejábamos atrás el polvo humano; Delante estaba lo inmutable, Dios; El imán de su amor en nuestras almas; Juntos al fin los dos. Roto el secreto abrasador de tanta Noche sin sueño, y tanto sol sin luz; Fundida en un abrazo silencioso La muda horrenda cruz. Con indecibles penas lo compramos, Sí, pero él vale más, mil veces más, Y pasaron las penas; y ese abrazo No pasará jamás. Cada flor, cada rama de esos árboles Se estremeció de júbilo con él; El ruiseñor lo percibió envidioso Alarmando el vergel. Su canto, cual la voz del centinela, De árbol en árbol resonando fue; Y ¡ah! ni él probó, ni flores acendraron La miel que yo libé. La sonrisa de Dios, con luz no vista, En las estrellas diáfanas vibró, Y allí, como en cristal que nada empaña, Ese instante quedó. Vi reflejada en tu sonrisa angélica La del Padre amoroso; y fuimos tres Con Dios que nos miraba; y de ese fúlgido Firmamento al través Fue a registrarse al Libro de la Vida Un juramento, consagrado ya, Y que, temprano o tarde, nuestras almas Han de cobrarse allá. Allá, do no hay ni lágrimas que abrasen Ni duda infiel, ni maliciosa voz; Donde es eternidad la hora bendita Que aquí pasa veloz. Tú ¡oh generosa! atropellaste el muro Que ajena infamia entre los dos forjó... ¡Nuevo y solemne en mí, como un conjuro Mi nombre resonó! Me sorprendí, callé; lava de llanto En tus ojos, ya secos, advertí, Y, pronto a maldecirte, de rodillas A tus plantas caí. Imperiosa me alzaste; nuestros pechos Sellaron automáticos su fe. Giré azorado en rededor la vista... Sólo a Dios encontré.