Spanish poem
La Muerte De Hizán
by Vicente Antonio García de la Huerta (1734–1787)
* El africano alarido y el ronco son de las armas en los valles de Gumiel eran saludos del alba, que a ser testigo salía de las victorias que alcanzan contra las infieles lunas las cuchillas castellanas. Cuando el valeroso Hizán sobre una fogosa alfana, regalo de Hacén, alcaide de Font-Hacén y la Adrada; desnudo el nervioso brazo y el albornoz a la espalda, esgrime la muerte en una tunecina cimitarra. Crece la sangrienta lid, y el suelo de sangre empapan las azagayas moriscas y las españolas lanzas. Bórdase el campo a colores, que antes fue todo escarlata, de turbantes y almaizares, de aljaiduces y almalafas. Los golpes de las cuchillas, cuando hieren o reparan, el vecino monte atruenan y el turbado ambiente inflaman. Anima Hizán a los suyos con su ejemplo y sus palabras, y el valiente don Gutierre, cuanto Hizán anima, mata. Y cada español presume que él solo por sí bastara a derribar de Gumiel las enemigas murallas; y a coronar por sí solo, según fía de su espada, de cabezas berberiscas las almenas de su patria. Ni el número superior sus alientos acobarda, que a contrarrestar a muchos pocos con justicia bastan. llena de horror a este tiempo la bellísima Daraja con sus pensamientos tristes también dudosa batalla. Deja el ya enfadoso lecho, y a una torre de su casa más que el tierno amor la guía, el duro temor la arrastra. Descubre el sangriento campo, y las haces mahometanas, más que vencidas, deshechas, dan a la fuga las plantas. Descubre al gallardo Hizán, que él solo la lid restaura, y cuanto con ignominia sus soldados desamparan. Y en lágrimas y suspiros abre salida a sus ansias; unos, cual su amor, ardientes, otras, cual su pena, amargas. El corazón en el pecho con tanta zozobra salta, que parece pronostica las desdichas que le aguardan. Al tiempo que don Gutierre entre todos se señala y por largo trecho siembra de víctimas la campaña. Viendo ya que la victoria orlar sus sienes prepara, y que sólo Hizán sustenta la ya perdida batalla; por entre los enemigos cual rayo ardiente se lanza, y todo cuanto resiste lo atropella y desbarata. Huye el rigor de su brazo la berberisca canalla, y el que no huye de su vista es que el temor le embaraza. Entonces, el bravo Hizán, con furia desesperada, al ver cómo don Gutierre tan reciamente le carga, feroz le sale al encuentro, mas con suerte tan escasa, que, antes de sentir el golpe, grabó en el suelo la estampa. En el animoso pecho abrió el hierro puerta franca, y tan capaz como acaso la abrió la envidia en el alma. Las rotas calientes venas purpúreos raudales manan, que segunda vez tiñeron las rojas flores de grana. Al espectáculo triste un mortal desmayo embarga de la amante mora bella las más envidiables gracias. Y tanto el dolor creció que, no cabiendo su extraña pasión en todo su pecho, la ahogaron sus mismas ansias. Murió pues, dejando ejemplo que de amor la fuerza blanda en el pecho más esquivo más profundamente labra. Y los fuertes castellanos, gloriosos de su jornada y ricos de gozo, vuelven a ver los muros de Aranda.