Versos Spanish Vicente Barrantes Santa Isabel y Murillo

Spanish poem

Santa Isabel y Murillo

by (1829–1898)

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I

Ya sonaron las campanas de uno y otro monasterio en las torres sevillanas: ya murmuran las galanas brisas de amor y misterio.

Ya se duermen los dolores a la luz de las estrellas, como la oruga en las flores; y ya salen las doncellas a sus pláticas de amores.

Es un bálsamo el ambiente: el vivir dulce solaz: blanda música la fuente: delirios toda la mente: consuelos el alma y paz.

¡Hora de divino encanto, del edén de Andalucía! cobijada por tu manto hínchese de fuego santo la ardorosa fantasía.

El artista en su paleta ve fantasmas a millares, que su mano traza inquieta; y vuela raudo el poeta al mundo de los cantares.

II

¡El artista! su amargura ¿quién ha comprendido, quién, cuando en sueños se figura a Dios igual en hechura, y hombre se mira también?

¿Cuando sueña en soberano ímpetu llegar al cielo, y tiene y para su mano el soplo vil de gusano que le arrastra por el suelo?

III

¡Murillo! el sol que se va roba a tu mente la luz... ¡Ay! ¿Si por siempre será? ¿Cómo no te inspira ya aquel que murió en la cruz?

Duerme, duerme, ángel caído del cielo de los pintores, a tu flaqueza rendido: tus plantas han destruido pincel, paleta y colores.

¡Ay! ¿para qué te servían si el labio a Santa Isabel torpes e impuros hacían; sí -«¡Dios!»- tus labios decían, y sólo dice -«¡amor!»- él?

No con suave murmullo, parece, apenas abierto, cándida rosa en capullo, que mantiene en el desierto, brisa de celeste arrullo.

No parece que del alma exhale el perfume blando, que todas las penas calma, ni el dulce son de la palma junto al cielo suspirando.

Ni fuente de eterno bien, ni vaso de alba pureza, ni trasunto del edén; ni sol que a rayar empieza en los montes de Belén.

Sí, pobre artista dormido en brazos del desaliento; pintar a Dios has querido, y Dios es sordo al acento de las pasiones salido.

Esa boca de clavel, que con orgullo trazó tu vigoroso pincel, no es la de la santa, no; no es la de Santa Isabel.

Esa boca espera un beso envuelto en quejas y en lloro para abrirse de embeleso, para murmurar; -«te adoro...» -¡Esteban! ¿sonabas eso?

¡Ay! la santa inspiración ha profanado, Murillo, tu amoroso corazón: labio en que brilla tal brillo arde en liviana pasión.

Aunque el pecho te arrancaras do esa imagen atesoras, cayeras cuando volaras; si a Dios ves tan a las claras es porque en el mundo adoras.

IV

Pero ¿qué perfume orea el ambiente silencioso, como dulce miel hiblea, como néctar oloroso en que el alma se recrea?

¿Tiende algún ángel los vuelos batiendo su flébil ala? ¿rásganse los sacros velos? ¡qué vago murmurio exhala! ¿es música de los cielos?

Huye ante su resplandor la tiniebla vespertina; llama parece de amor, que blandamente ilumina pinceles, cuadro y pintor.

La fimbria de su ropaje son nubes arreboladas, flor entre rico follaje; macilentas sus miradas como sol entre celaje.

Al pobre artista caído del sol de la inspiración, mira con rostro afligido: -¡Esteban! sigue dormido: no ahuyentes a la visión.

Ya se acerca... ya se fue... piérdese a la vista incierta... se para del lienzo al pie... -¡Despierta, Bartolomé! ¡despierta por Dios! ¡despierta!

El lienzo su labio toca y la pintura abrillanta el resplandor de su boca; la mente confunde loca a la visión y la santa.

Como a la rosa la abeja se separa o se avecina, al lienzo corre y se aleja, y de su boca divina el fiel traslado le deja.

Despierta ya, ángel caído del sol de la fantasía; fuego a tu cuadro ha traído sola en el cielo encendido la misma reina de Hungría.