Versos Spanish Vital Aza Cuestión de correo

Spanish poem

Cuestión de correo

by (1851–1912)

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Un joven amigo mío, que es un poeta llorón, sufrió de Inés el desvío yo no sé por qué razón.

Y al ver su negra fortuna, llorando de amor los daños, fuese a contar a la luna sus acerbos desengaños.

–«¡Escucha! ¡Oh, luna adorada!, el pobre chico decía:– ¡dile por Dios, a mi amada, lo que siente el alma mía!

¡Dile cuánto es mi sufrir! ¡Dile cuánto es mi dolor! Y que me voy a morir si no responde a mi amor.»

Creyó el pobre ¡qué tontuna! que a Inés se lo contaría, y hasta la fecha, la luna no dijo esta boca es mía.

Viendo, con honda aflicción, que la dama de sus sueños no daba contestación a sus amantes empeños,

el triste vate ¡oh, locura! fuese a contar sus amores al céfiro, que murmura entre las pintadas flores.

–«Vuela ¡oh, céfiro!, exclamó, a besar sus blondos rizos, y dile a mi Inés, que yo me muero por sus hechizos.

¡Dile que el desdén me mata, que sufro horrible tortura, y pide a esa bella ingrata que calme mi desventura!»

Pero ¡ay! Inés ignoró de su amante el padecer, pues el céfiro le oyó como quien oye llover.

Sin atender a razones, tercera vez desatina contando sus aflicciones a una veloz golondrina.

Y hubo aquello de: –«¡Sus galas muéstrale a Inés, por favor, y llévale entre tus alas el suspiro de mi amor!

¡Vuela a fabricar tu nido encima de su ventana, y dile cuánto he sufrido por ser con mi amor tirana!»

Pero ¡ay, desgraciado amante! la golondrina ligera, huyó del pueblo al instante sin despedirse siquiera.

Triste el poeta quedó, y en su afán siempre intranquilo, cien mensajeros buscó todos por el mismo estilo.

Por fin, un día le hablé queriendo saber su mal. –¿Qué tal de amor? –¡No lo sé! –¿Oyó tus quejas? –¡No tal!

–¿Y aun la quieres? –¡Ya lo ves! –¡Eres terco y me encocoras! Si tú deseas que Inés llegue a saber que la adoras,

escucha bien mis razones, porque te conviene oírlas, no des esas comisiones a quien no sabe cumplirlas.

Cesa en tu necia rutina; no hagas petición ninguna a la veloz golondrina, ni al céfiro, ni a la luna.

Pues yo, francamente, creo que fuera mucho mejor, dar ese encargo al correo, y, si acaso, al aguador.

Mi amigo el consejo oyó, y poco tiempo después, a una carta que escribió grata repuesta dio Inés.

¡Ya pueden cantar albricias! ¡Ya satisfechos están! Y según ciertas noticias muy pronto se casarán.

Si él no sigue mi consejo y no le escribe a su amada, ¡se hubiera muerto de viejo sin que ella supiese nada!