Spanish poem
El Proscrito
by Andrés Bello
El día en los tejados centellea, y ya la Isabelita al campo baja; el aura que los árboles orea húmedos de rocío la agasaja; y el velo de sutil cendal ondea, que del sombrero rústico de paja cuelga; débil defensa al aire crudo, al sol, al polvo, al punzador zancudo. Un vestido de blanca muselina lleva, con franjas negras en la falda, un cinto negro y negra mantellina, que le cobija la nevada espalda; y en la diestra, una bolsa de extrafina sarga, do al catecismo de Ripalda acompaña el salterio en castellano, y un pañuelo bordado de su mano. Lleva también allí plata menuda, que suele repartir de choza en choza; donde el huérfano vive o la vïuda, o el infeliz que de la luz no goza, o la indigente madre, a quien, desnuda, tierna familia en derredor retoza, o el que, fingiendo mano o pierna gafa, a la sencilla caridad estafa. Iba por los senderos caminando de la chacra, a sus ojos un imperio de que ella es reina ahora; suspirando recuerda alguna vez el cautiverio que la amenaza; lee de cuando en cuando una página o dos en el salterio; pero hay un pensamiento, hay una idea que a las demás apaga y señorea. «¡Aquel proscrito! ¿Quién será? Pariente sin duda del señor don Agapito. ¿Quién otro pudo entrar tan libremente? ¿Quién alojarse aquí? Mas ¿qué delito el suyo puede ser, que de la gente se oculta así? ¡Tan joven! ¿Y proscrito? ¿Y si le viera alguno o le prendiera, y yo ocasión a su desgracia diera? »Una madre, una esposa lloraría por mi causa... ¡Gran Dios! ¡Qué triste idea! Pero ha escapado. Le amanece el día lejos, muy lejos. Y que en una aldea favor le falte, ayuda y simpatía no seré yo tan simple que lo crea. ¿Quién le tuvo el caballo tan a mano? Forzoso es que haya en esto algún arcano». Silogizando así la niña hermosa anda, sin sospechar que silogiza (como monsieur Jourdain hablaba prosa), cuando de un rancho o seto que tapiza florida enredadera, entre frondosa estancia de frutales y hortaliza, apresurado sale un inquilino, que viene a detenerla en el camino. Everaldo se llama; justamente aquel que al perro extraño, como dije, echó mano la noche precedente; y estas dolientes voces le dirige con aire misterioso: «Un accidente fatal, una desgracia que me aflige sobre manera..» «¡Acaba! ¿qué hay de nuevo?» «¡Ah, señorita! casi no me atrevo »A referirlo a su merced... ¡Qué nueva para el pobre patrón!» «¿Qué ha sucedido?» ¡Cómo lo va a sentir! Es una prueba terrible... Desangrado, mal herido...» «¿Quién?» «Y no me permite que me mueva a dar noticia a nadie... Y sin sentido está ya». «¿Pero ¿quién?» «El señorito, sobrino del señor don Agapito». Como estatua quedó de inmóvil hielo Isabel con el susto, y sólo exclama: «Virgen sagrada, a tu socorro apelo»; mas recobrada luego: «Corre, llama Pero no llames... Voy a verle... El cielo me dé valor». Entrando, va a la cama, y en ella ve un objeto que la llena de inexplicable turbación y pena. El mancebo yacía sobre un lecho de pellones. Dormido se diría, si aquel semblante pálido, deshecho, y los lánguidos párpados que abría, como para buscar la luz, y el pecho que alza y baja en difícil agonía, y una cárdena sien que sangre vierte no anunciara el desmayo de la muerte. ¡Y qué inmatura! Errar no pienso un año si dos o tres le añado a la veintena. Cuerpo gentil, de regular tamaño; cándido el pecho, si la faz morena; cabello crespo y de color castaño; facciones lindas, expresión serena en el dolor; como el cincel exprime alado genio que en la tumba gime. Herido está de dos o tres sablazos (a más de aquella herida de la frente) en el desnudo pecho y en los brazos; y de la sangre obstruye la corriente la banda y la camisa hechas pedazos; vendajes puestos ruda y toscamente por Everaldo, en que se estanca apenas el rojo humor de las abiertas venas. Sírvele de almohada una armadura de silla de montar que le lastima, aunque se la hace un poco menos dura el lanudo vellón que tiene encima. Cerca la daga está; la empuñadura ensangrentada toda, que da grima. Lleva sobre el calzón bota de campo, y echado está a los pies su fiel Melampo. Lo que pasa en el alma de Isabela no sé decir: enajenada, absorta parece en el semblante, y como lela. Pero esta suspensión ha sido corta. Al pañizuelo de la bolsa apela; saca las tijerillas y lo corta en pedazos, y en parte lo deshila, para atajar la sangre que destila. Descubre cada herida con su fino y delicado tiento; en ellas fija una porción del deshilado lino; luego con los pedazos las cobija del pañizuelo; luego el purpurino rastro de sangre con la más prolija atención limpia, lava; y a Everaldo preparar manda prontamente un caldo. Un caldo es mal sonante en poesía; pero la exactitud es lo primero. Suena mejor sin duda la ambrosía; mas no se encuentra con ningún dinero. Ría la sombra de Hermosilla, ría; llámeme chabacano y chapucero; veraz historia escribo; soy heraldo de la verdad. Volvamos, pues, al caldo. El caldo estaba pronto. Una escudilla en que servirlo se echa sólo menos, cosa que se hallará por maravilla en ranchos perüanos o chilenos, mas a falta de ajuar y de vajilla fraternalmente acude a los ajenos el que los necesita; caso extraño que no ocurre dos veces en el año. A buscar, pues, un plato y una taza y una cuchara sale el inquilino, y al mismo tiempo es fuerza se dé traza de que no sepa amigo ni vecino para qué son. A su salida enlaza la puerta, que es el modo campesino de echarle llave; y mientras tanto vela al herido la joven Isabela. No estaba el rancho enteramente oscuro: la luz del sol por cien troneras brilla del techo humilde y del informe muro, de secas ramas fábrica sencilla. No hay más asiento allí que el suelo puro. Isabel, fatigada, se arrodilla junto a la pobre cama, y de hito en hito mira el pálido rostro del proscrito. Inocente y piadosa, no le ocurre que la modestia femenil condene su tierna compasión; antes discurre que ella la culpa en cierto modo tiene de la desgracia, y que en pecado incurre, y a la naturaleza contraviene, no socorriendo a un pobre moribundo, que no tiene otro amparo en este mundo. Sabe ya que es un hombre a quien persigue inexorable la venganza humana; que no hay hogar paterno a que se abrigue; ni que a la misma caridad cristiana puede invocar, temiendo la castigue como delito una opresión tirana; ¿y en trance tal desapiadada, impía a un infeliz desamparar podría? Mientras esto pensaba, atenta mira aquella helada cara, helada y bella; y cada vez que el mísero suspira, compasiva también suspira ella. Ni es sólo compasión lo que le inspira; un afecto más tierno con aquella piedad se mezcla ya; por él implora con ruego ardiente al cielo; Isabel llora. Y semeja a la súplica devota el cielo dar oído el ángel santo de la piedad enjuga aquella gota de compasivo y amoroso llanto. Ya en el mancebo una expresión se nota de alivio y calma; no suspira tanto; cesa el sudor de aquella yerta frente; parece adormecerse dulcemente. Estaba en una incómoda postura; el vellón que le sirve de almohada ha rodado; y lastima la montura aquella hermosa frente desmayada. Isabel vaciló; mas ¿qué aventura con uno que no ve ni siente nada? «Es fuerza, dice, ¡tarda tanto el guazo!» Y reclinada sobre el lecho, un brazo Cuan suavemente puede pone bajo la cerviz del mancebo; la cabeza le solevanta con algún trabajo, y la dura almohada le adereza; mas, o la conmoción o el agasajo, o ya del velo de Isabel, que empieza por el pecho a pasarle y por la cara, la extraña sensación, le despertara; abrió los ojos él, y sorprendido, en mirar aquel ángel se embelesa; ella se tiñe de un color subido cuando ve su embeleso y su sorpresa; y más cuando a encontrarse en medio han ido la mirada del joven que le expresa la admiración, la gratitud más viva, y su tierna mirada compasiva. Pero reclina al joven blandamente y aparta dél los ojos; la acobarda un movimiento que en el alma siente, y le manda el pudor ponerse en guarda. Confusa, temerosa y ya impaciente, «Válgame Dios, lo que Everaldo tarda» dice en sí misma. Pareció el mancebo desfallecer, y se adurmió de nuevo. Ya es un profundo y apacible sueño al que rendido yace; lo que libra a Isabelita de terrible empeño; porque su corazón, en cada fibra, en tanto que él de sus sentidos dueño la está mirando, estremecido vibra. Pero la agitación ya se sosiega, y más ahora que Everaldo llega. Llegó Everaldo; y ella como advierte que al parecer mejor está el herido (que si se ha visto próximo a la muerte ha sido por la sangre que ha perdido), encarga se le dé, cuando despierte, sustento; se le ponga en más mullido lecho; y que el inquilino cuanto pase la haga saber; y aquesto dicho, vase. Miró al soslayo al joven Isabela, y huyó cobarde; y si huye así cobarde, ella sabe por qué; y aun la cautela me parece que llega un poco tarde. Mas el lector saber la historia anhela de tal proscrito, y no es razón que aguarde. Suene la lira en alto contrapunto, que lo merece bien el nuevo asunto.
caldo
More by Andrés Bello
- Despierta, Chile, Del Letal Reposo
- Diálogo Entre La Amable Isidora Y Un Poeta Del Siglo Pasado
- El Diez Y Ocho De Setiembre
- El Hombre, El Caballo Y El Toro
- En El Álbum De La Señora Doña Josefa Reyes De Garmendia
- En El Álbum De La Señora Enriqueta Pinto De Bulnes
- Epigrama Me Titulo
- Es El Juzgar Con Tino Cosa Rara