Spanish poem
Su Memoria. A Rosa
by Antonio Plaza (1830–1882)
Blanca Rosa inmaculada, que con blanca luz bañó inocente una alborada; blanca Rosa perfumada con el aliento de Dios: tú, la tímida azucena, tú, la del carmen encanto que meció el aura serena, y nunca empañó la pena con una gota de llanto: tú, el éter que en un momento dejó el brillante cristal; pluma que en alas del viento subió al azul firmamento para no volver jamás: tú, que la tierra temida apenas, Virgen, rozaste, y por genios suspendida de cándida luz vestida a otra región te elevaste: tú, que en vaporosas salas gozas de un mundo mejor, ángel de brillantes galas cuyas blanquísimas alas nunca este mundo enlodó; tú, a quien del velo de esposa formó la muerte el sudario que cubre tu faz preciosa, y del tálamo de rosa un túmulo funerario: tú, que volviste la espalda a los placeres de aquí; tú, que la nupcial guirnalda, la dejaste por la gualda del Edén, digno de ti: tú, que en esfera infinita, hija de la luz y el cielo, tienes tu historia bendita por mano de Dios escrita sobre el estrellado velo: tú, que sintiendo emociones, que yo de pintar prescindo, habitas altas regiones, y entre nubes de crespones eres el ángel más lindo: tú, que en beatitud tranquila a Dios contemplando estás, y de Dios en la pupila, como en mar de luz, vacila dibujada, ángel, tu faz; tu faz donde se atesora, el brillo de las estrellas: plega tus alas ahora que mi razón se evapora queriendo seguir tus huellas; Y si puedes el acento que parte del corazón escuchar desde ese asiento que tiene por pavimento el rostro regio del sol; deja la órbita estrellada, baja, y verás de Gabriel la faz de llanto surcada, que si en la tumba eres nada, eres todo para él. Míralo aquí: sollozando y transido de aflicción está tu fosa mirando, mientras tú estás admirando la linda imagen de Dios. Que tú eras, Rosa, su egida su ilusión, su porvenir; y hoy que te llora perdida, porque dejaste la vida, no quiere, Rosa, vivir. Tú le eres indispensable como a la ancha tierra el sol, como el agua al mar variable, como el llanto al miserable y el latido al corazón. Hoy que ve su Edén trocado en túmulo funeral, nada, Rosa, le ha quedado, y sin fe, desconsolado, en la tumba se hundirá.
¿Por qué si del paraíso Dios te mandó, ángel-mujer, te arrebató de improviso? y si Dios tan linda te hizo, ¿por qué te llevó? Porque quien le da lumbre al sol, blancura al hielo, por mostraros un ángel esplendente, te hizo venir al infecundo suelo coronada de luz indeficiente; y al verte pura como azul de cielo, y al ver el cielo en tu inspirada frente, vuelve —te dijo, con amor profundo— que no está bien un ángel en el mundo.