Spanish poem
Ultra
by Federico Balart (1831–1905)
Despierta, corazón, esta es la hora: ya tu plegaria vespertina espera la pobre compañera que a sombras del ciprés dormida mora. Despierta, sí, despierta: ya incolora se angosta en las regiones del vacío la franja del crepúsculo sombrío, semejante a la franja de la aurora. Mas no: ¡cuán diferente! Ese sol esplendente, que los cielos recorre paso a paso, ¡Qué alegre se levanta en el oriente! y ¡qué triste se oculta en ocaso! Sonriendo, la aurora mece la cuna del naciente día; el crepúsculo llora sobre el lecho mortal de su agonía despierta, corazón: ¡esta es la hora!
¡Hora solemne y grave! su nido busca silenciosa el ave por el bosque vecino, y en la torre lejana la trémula campana lanza el triste lamento vespertino; desde el cielo profundo, desplegando sus negros pabellones en fúnebres crespones va la noche cayendo sobre el mundo; al hálito invernal de Guadarrama, la niebla, de los valles desprendida, por los desnudos arboles tendida cuelga su blanco tul de rama en rama; y, con rumor de lúgubre misterio, tan vago que las auras no lo advierten, sobre mi frente su tristeza vierten el sauce y el ciprés del cementerio Ellos, de mi dolor graves testigos, ya por suyo me cuentan y me miran: sus secretos me dicen como amigos; sus sentimientos de piedad me inspiran; y tienen uno y otro por tan cierto ser mi propia mansión la sepultura, que, cuando en medio de la noche oscura salgo, dejando mi lugar desierto, se admira el sauce, y el ciprés murmura: «¿Adónde vas, adónde, pobre muerto!»
Aquí el alma se eleva y se contrista pensando en esta vida transitoria. ¿Qué es el hombre? ¡Ay de mí! ¡Frágil arista! ¡Mentira su saber! ¡Humo su gloria! ¡Nada en él que a la muerte al fin resista! «¡Quitado de la vista, pronto se va también de la memoria!» Ni amor ni gratitud le prestan nido: bien lo dice este osario sobre cuyo recinto solitario tiende sus alas el traidor olvido. La yerba borra lo que fue sendero; y estas desiertas soledades cubre (¡miserable sudario postrimero!), ya con su nieve enero, ya, con sus hojas pálidas octubre. Abismo en cuyo fondo no medido ni penetra la luz ni el viento zumba, si es más honda que el báratro la tumba, más hondo que la tumba es el olvido. ¡Vanidad! ¡Vanidad! ¡Mísera suerte de todo humano bien! Gloria riqueza, poder, talento, juventud, belleza... ¿Qué hay seguro en la vida, qué? -¡La muerte!
¿Y más allá?-¡La sombra inexplorada! ¡La negra inmensidad desconocida! ¡El misterio! Con ola desmayada llega a la tumba el mar de nuestra vida. Mas, lo que al hombre espera detrás de aquel estrecho tenebroso ¿es puerto de reposo, o es nueva mar sin fondo y sin ribera? Citando un cadáver miro, mudo de horror, ni aliento ni respiro. ¡Ay! aquella tensión inmoble y fría ¿es inercia? ¿es dolor? ¿es sueño? ¿es calma?... ¡Problema que a la ciencia desafía! ¡Oh eternidad sombría! ¡Oh abismo de los vértigos del alma! «¡Morir! ¡Dormir! -¿Dormir?- ¡Soñar, acaso!» ¡Y esa es la duda que nos turba el pecho ante el último paso que lleva oh tumba, a tu recinto estrecho! ¡Duda espantosa que la mente enerva! ¿Es materia no más, materia inerte, lo que de nuestro ser al fin conserva en sus garras fatídicas la muerte? ¡Espíritu!... ¡Materia!... ¡Unión oscura que en vano el sabio deslindar procura! ¿A qué esa dualidad mal definida con que el hombre duplica su miseria? Para explicar la vida, el espíritu, basta, o la materia. ¿Pero cuál? -Cuando enfoca vuestro lente, oh sabios, el anverso y el reverso de la cuestión, ¿qué queda al fin patente? ¿Es mi mente porción del universo, o el universo engendro de mi mente? ¡Problema tremebundo, que a todo pensador arruga el ceño! Yo, cuando en duda tal el juicio empreño, aquí, de la conciencia en lo profundo, mejor concibo el mundo como un sueño, que el alma como un átomo del mundo!
Mas en rigor, ¿qué añade a mi ventura ser espíritu o ser materia impura? Esto que piensa, en mí (sea cual sea: almo soplo divino que ingrávido los orbes señorea, o átomo miserable que, sin tino, en ciego torbellino, del mundo, con los átomos guerrea), ello es que existe y siente; y, obra de Dios o aborto de sí mismo, siempre ha de hallar presente, oh eternidad, tu inevitable abismo. Triste verdad, pero verdad notoria. Dilema que no admite dilatoria: si existe Dios, existe la justicia; y la inicua malicia y la virtud constante y meritoria han de encontrar eterno el premio en las delicias de la gloria o el castigo en las penas del infierno. Si Dios no existe como fuerza externa, si Él no sacó los mundos de la nada, la materia es eterna: porque eterna ha de ser siendo increada. Mas, si en ella el espíritu no anida, si ella sola se rige y se gobierna, ella ha de ser quien sufre dolorida; ¡y, eterno el mundo y el dolor eterno, siempre hallará la mente confundida, a falta de las penas del infierno, el espantoso infierno de la vida!
¡Una vida tras otra!-¡Horrenda suerte! ¡Perdurable agonía!- ¡En pos de las tinieblas de la muerte, surge el lívido albor de un nuevo día! ¡Eterno, inexcusable cataclismo! ¡Tras un abismo, un monte!... ¡Tras un monte, un abismo!... ¡Y un horizonte en pos de otro horizonte!... ¡Y otro!... ¡y otro después!... -¡Siempre lo mismo! ¡Funesto aborto del sepulcro inerte, cada breve existencia consumida termina en las congojas de otra muerte, germen de los tormentos de otra vida! ¡Batalla eterna, misteriosa y muda! Sobre este helado suelo que ahora, insano, de su verdor el ábrego desnuda, poderoso y lozano su agreste pompa tenderá el verano. Con inconsciente amor, la madre tierra que los yertos despojos de cuanto ha sido, en su regazo encierra, fecundizada por los rayos rojos del sol primaveral, trocará en germen de vida y de vigor la podredumbre de esas reliquias que ateridas duermen. Por la voraz raíz arrebatados, en ciega muchedumbre, los átomos que hoy yacen disgregados veranse a influjo de la etérea lumbre en savia exuberante transformados. De ella tomando aromas y colores, la verde rama cubrirán las flores. Y la flor, convertida en dulce fruto, al hombre avaro rendirá tributo: tributo que a las fuentes de la vida dando nuevo caudal con nuevos dones, nuevas generaciones te traerá, ¡Humanidad nunca extinguida! ¡Oh fosa! en tus arcanos, que las tinieblas de la muerte enlutan, voraces los gusanos la podredumbre humana se disputan; y los hombres, inquieta muchedumbre que pulula espantosa, otros gusanos son, que en otra fosa devoran otra horrible podredumbre. ¡Festín abominable! Los seres a los seres devorando, con furor insaciable van el suplicio eterno renovando. Así, en lucha jamás interrumpida, la muerte se alimenta de la vida, la vida se alimenta de la muerte, y -¡oh pavoroso arcano!- el ser humano en polvo se convierte, y el polvo se convierte en ser humano!
Y si, por dura ley reconocida, es la vida función de la materia, y el dolor consecuencia de la vida, ¿qué esperanza de paz, segura y seria, nos das, oh eternidad nunca eludida? En vano, consternado, miro al cielo. El trémulo fulgor de las estrellas no me asegura el bien que, loco anhelo: ¡la ley universal columbro en ellas! Si tiendo la mirada con recelo por la estrellada bóveda serena, o la convierto a la región oscura donde el hombre, amarrado a su cadena, la frente inclina con dolor al suelo, desde el astro que vívido fulgura en la celeste altura, hasta la leve titilante gota que refringe su luz como un topacio, la vida universal llena el espacio, la vida universal el tiempo agota. Ante la inmensidad todo es la mismo: y, en ciego perdurable cataclismo, siempre de angustias y dolor fecundos, átomos son los mundos, y mundos son los átomos.-¡Abismo! La nebulosa apenas percibida, de millones de soles niebla densa, es menuda molécula perdida del negro espacio en la extensión inmensa; y la azucena que entreabrió a la aurora la copa tembladora de sus pétalos cándidos y tersos, lleva por gala, entre el follaje umbrío, millones de millones de universos en cada limpia gota de rocío! Y, con giro incesante, de la nítida gota en lo profundo, cada invisible mundo siglos de siglos vive en cada instante. La importancia del tiempo es a medida de cada ser al universo adscrito; en cada ser que puebla lo infinito es diferente el ritmo de la vida; interminable cielo es en el uno lo que, en el otro, indivisible instante: ¡para llenar un año de Neptuno, un siglo de la Tierra no es bastante! ¡Confusión! Nada es grande ni pequeño. A veces contemplado de hito en hito, se desvanece el mundo como un sueño; y a veces, cuando atónito medito, de un lado y otro, más fatal, más fosca, su inmensa curva enrosca la siniestra espiral de lo infinito. No me habléis de esas fúlgidas esferas que mansiones del bien finge la mente: su paz, su dicha, su tranquilo ambiente, quimeras son no más, ¡vanas quimeras! Porque deslumbre su esplendor mis ojos, ¿esas pobres lumbreras han de ser realidad de mis antojos? ¡Ilusión! Esta vil tierra mezquina donde reina la muerte, donde el dolor domina, donde el débil es víctima del fuerte, donde el hombre, juguete de la suerte, falso en su fe, mudable en sus consejos, vive propenso al mal, y al bien reacio, ¡esta tierra también, vista de lejos, es un astro en las sombras del espacio Una en esencia, en formas diferente, la gran Naturaleza, conmovida por su fuerza inmanente, con giro permanente y en cadena jamás interrumpida, todo lo crea y todo lo destruye, y, deshecho, otra vez lo reconstruye con apariencia nunca repetida. Y, en esta fuente que perenne fluye, morir es renacer a nueva vida, que a una pena otra pena sustituye.
Y, si vivo a tortura condenado, ¿qué alivio dan a mi tormento duro el ciego olvido del dolor pasado, ni la ciega ignorancia del futuro! De mi anterior y venidera historia nada el inquieto pensamiento alcanza: ¡por un lado se ofusca la memoria! ¡por otro se confunde la esperanza! Aun en esta fugaz vida presente, las huellas de pesares y venturas, del tiempo con la rápida corriente se borran de la mente cual labor en arenas inseguras: con más causa imprevistas u olvidadas, las dichas y amarguras de existencias pasadas y futuras en profundo misterio están veladas; y, entre densas tinieblas apiñadas, esta vida de angustias y de tedio es un instante conocido, en medio de dos eternidades ignoradas. Pero, aunque nada mi conciencia sabe de ese ayer, ya remoto, ya vecino, ¿es mi carga presente menos grave ni menos escabroso mi camino? Por contener un vino y otro vino ¿guarda de todos la fragancia el vaso? ¿O, de los vientos combatido, acaso recuerda el mastelero de la nave, cuando surca veloz las verdes ondas, el canto melancólico del ave que ayer el nido cobijó en sus frondas? Pálido, torvo, sin valor, sin tino, por los resquicios del eterno muro que oculta lo pasado y lo futuro, se asoma inquieto el hombre a su destino, como a un abismo oscuro. Entre las sombras avanzando el cuello, nada ve, nada alcanza. Mas, si escucha, lamentos oye de lejana lucha, ¡clamores que le erizan el cabello! ¡Vive en tinieblas, ánimo impaciente! mas lo que no consiente negaciones ni dudas, lo seguro es, el dolor presente, recuerdo y vaticinio permanente del pasado dolor y del futuro. Cada átomo del mundo es un cautivo, cada estrella del cielo una espelunca. Si a veces me pregunto pensativo, cuándo el tormento cesará en que vivo, cada astro es una voz que dice: «¡Nunca» ¡Oh armonía del mundo, del eterno dolor eterno grito! ¡Oh manantial del ser, negro y profundo! ¡Oh trabajo infecundo: «verter lo inagotable en lo infinito!»
¿Y es esta la ventura que a mi angustia mortal brinda el ateo? Cuando en el libro de la vida leo, siempre te encuentro, eternidad oscura; y, al descifrar la página futura, creo en el mal cuando en el bien no creo. ¡Triste materialismo, tu esperanza más clara y más segura es caer de un abismo en otro abismo! Si justiciero existe un Dios eterno, infierno puede haber, puede haber gloria; mas si es lo eterno la mundana escoria, y es su ley el dolor, ¡todo es infierno! ¿Dónde la nada está? ¿Dónde se encierra la perdurable paz que ansié demente? Eterna la materia, eternamente al ser mantiene con el ser en guerra. ¡Sin la imagen de Dios omnipotente, el infinito material aterra!
Mas, de improviso, en niebla tan sombría la luz de la esperanza reverbera; su faro enciende la conciencia austera; y al puro rayo que su llama envía, la impiedad vocinglera calla con estupor, como quien viera en la alta noche despuntar el día. En vano a la evidencia me resisto, cuando yo propio el argumento ofrezco contra el error en que tenaz insisto: aborreciendo el padecer, padezco; aborreciendo la existencia, existo: y ¿aún recuso el poder de otro más fuerte que, providente acaso, acaso ciego, insensible a la queja y sordo al ruego, dispone de mi suerte? Si de mí mi destino dependiera, si muerte fuera, para mí la muerte, ¿cuándo lo que padezco padeciera? Existe Dios; existe, y en Él creo. No es mentida ilusión de mi deseo: ¡cuánto más iracundo cierro los ojos a la luz del mundo, mejor su faz en mi conciencia veo! Los que juzgan inútil su existencia, por más que en la impiedad ciegos se gocen, para fundar su ciencia, sujeto a ley el mundo reconocen.- ¿ley sin legislador?-¡Sueño! ¡Demencia!
Pero ese Dios potente y soberano ¿es de venturas perennal venero? ¿Es de miserias manantial insano? Vengativo, clemente o justiciero, ¿qué es para el hombre, en fin?¿Padre o tirano? Cuando a veces sus obras considero, (mal que a mi fe y a mi esperanza cuadre), aunque a sus pies postrado le venero, por tirano le tengo, y no por padre. Si todo es obra de su fuerte diestra, si en todo brilla su saber profundo, ¿quién lanzó a las tinieblas de este mundo tanta cosa siniestra? ¿Quién puso al tiburón la triple fila de sus dientes voraces? ¿Quién en secreto afila las garras de las fieras montaraces? ¿Quién erizó la zarza punzadora que el pie desnudo del mendigo araña? ¿Quién la naciente espiga bienhechora en los brazos ahogó de la cizaña? ¿Quién a los ojos del insomne búho dio la atracción que al pájaro fascina? ¿Quién dirige de noche el triste dúo del lince y de la loba en la neblina? ¿Quién el veneno destiló en el plomo de su cóncavo diente a la culebra? ¿Quién la virtud, cual frágil vidrio quiebra? ¿Qué juez firmó, sellándolas con plomo, las sentencias que el báratro celebra, y su pluma infernal limpió en el lomo del tigre, del leopardo y de la cebra? Si es Dios creador, y bueno, y soberano, ¿de dónde nace el mal? -¡Horrible arcano!
¡Nadie examina sin pavor, Dios mío, misterio tan tremendo y tan profundo! Mas ¡no! cuando en tu luz el alma inundo, yo, a despecho del mal en Ti confío. El mal no es obra tuya: es el vacío que, donde faltas Tú, queda en el mundo! Si el mundo, como Tú, fuera perfecto, su esencia con tu esencia fundiría, y tus obras quedaran sin efecto: El mundo que tu mano formó un día, sólo puede existir siendo imperfecto. La imperfección, que es ley de su existencia, a todas horas, por doquier trasluce: sólo forzando su bastarda esencia, tu sabia providencia, de los senos del mal, el bien produce. Si tu ardiente mirada no ilumina la cúpula del cielo, la oscuridad sus ámbitos domina, y, entre los pliegues del nocturno velo, hacia la nada la creación camina; si de tu aliento bienhechor carece la selva enmarañada, de efluvios deletéreos impregnada la brisa nuestras fuerzas entumece, y la flor de la adelfa nos ofrece su purpurina copa envenenada; si tu mano las rocas no encadena, los altos montes desquiciados crujen; y si tu augusta voz no los refrena, el león y el volcán furiosos rugen.
Y es bien, Señor, es bien que así suceda: sin el terror que en la conciencia queda tras los azares de la humana vida, ¿quién habrá que atajar el vuelo puedo pueda de la soberbia, que en el alma anida como el ave nocturna en la arboleda? ¡Oh! cuando de mi juicio temerario me aparta la razón, a luz más clara tu rigor considero necesario: si tu mano severa, cuando yerro, mi error no castigara, ¿en qué tu omnipotencia conociera? Desde el primer sollozo de la cuna, sed de placer, ardiente, nos devora: cuanto el mundo en sus senos atesora pedimos por tributo a la fortuna; y cuanto bien gozamos bajo la esfera de la blanca luna obra de nuestro mérito juzgamos. Desvanecido por la dicha el hombre, aunque los ojos torne a lo infinito, no ve, Señor, tu sacrosanto nombre con viva luz en el zenit escrito: sus turbios ojos la soberbia empaña, cual polvo por el viento arrebatado; pero al fin te descubre, consternado, si ardiente el llanto sus pupilas baña. El dolor es la espina punzadora que nos hace bajar la vista al suelo; pero, en las sombras del humano duelo, él es también la mano redentora que nos indica el cielo. El dolor nos advierte que encima de esa bóveda estrellada hay un Dios justo y fuerte, árbitro de la vida y de la muerte, Señor del universo y de la nada. No son dos dioses, no, como allá un día Persia ciega creía; Persia, que cuando el cielo contemplaba, dos poderes contrarios descubría: uno que las estrellas inflamaba, otro que las estrellas extinguía. Sola una mano el universo mueve. El aire que la nieve cuaja en las altas cimas del Moncayo es el mismo en que mayo tibia la esencia de sus flores bebe: así también, sin ira ni desmayo, la diestra que los mundos equilibra es la misma que el rayo sobre la frente de los mundos vibra. Justo a un tiempo y clemente, Dios la piedad con el rigor hermana: su cólera, volcán incandescente, confunde a veces la soberbia humana con hórrido aluvión de lava hirviente; ¡pero, a su pie, la fuente del eterno perdón perenne mana!
Atribulado espíritu, ¡despierta! si a Dios acudes, la esplendente puerta, límite de los ámbitos del cielo, jamás cerrada encontrará tu anhelo: ¡abierta está de par en par abierta! La puerta del abismo... esa no la abre Dios: ¡la abres tú mismo! ¿Ni qué otro abismo que tu mente oscura? Como arrastra el forzado su cadena, sujeta al pie, colgada a la cintura, oh conciencia, en tu lóbrega clausura, cada crimen arrastra en pos su pena. No esperes, criminal, con ansia vana esquivar el fatídico escarmiento: si a veces duerme la justicia humana, tremenda la justicia soberana suscita el velador remordimiento. ¡En vano, en vano intentarás la huida! ¡Seguro, inevitable es el castigo; que, de ti propio acusador testigo, mientras dura tu vida, donde quiera que vayas, va contigo! En público y a solas, ¡oh miserable criminal perverso! ya cuando ruge el huracán adverso, ya cuando braman las revueltas olas, temes por enemigo al universo; y en el silencio de la noche, cuando vas por la oscura selva caminando si alzas la vista al estrellado cielo, hondo pavor a tu conciencia inspiran esos ojos sin rostro que te miran entre las sombras del nocturno velo. Como entra en lo profundo de la cloaca vil precipitado fuliginoso cieno nauseabundo por la lluvia del cielo arrebatado, así, en negro aluvión, de horror preñado, la nocturna tiniebla que a deshora con los rayos del sol barre la aurora se sume en la conciencia del malvado. Espantosa caverna donde, a manera de nocturnas aves, tristes anidan las congojas graves, su alma vive bañada en noche eterna.
Mas si se vuelve a Dios con fe segura, Dios en ella sus dones multiplica, y en luz la anega, y calma su amargura, y al fuego del dolor la purifica. El dolor-¡oh misterio!- el dolor no es el mal: ¡es el cauterio que a nuestra corrupción el Cielo aplica!
Corazón miserable, nunca dudes de la bondad divina en tu impaciencia. Con santa competencia brillan en Dios potentes dos virtudes: exentas de flaqueza y de sevicia, siempre ante la divina Omnipotencia resiste a la clemencia la justicia; mas vence a la justicia la clemencia. ¿Por quién tornas a Dios? ¿por quién? -Su Esencia de toda perfección norma segura, su bondad evidencia: inmenso es su poder; su inteligencia más que la luz fulgura: y marchita se agosta en su presencia toda humana hermosura. A sus altos decretos el tiempo y el espacio están sujetos. Todo a sus santas leyes obedece: desde el astro que inmóvil resplandece en la cúpula azul del firmamento. hasta el bólido raudo que parece gallardete de luz tendido al viento. Todo a su augusto imperio se sujeta: hasta el vago cometa que del cielo se pierde en lo profundo, o junto al sol tremola tendida al éter la candente cola augurando catástrofes al mundo, en su órbita encerrado le venera: y, si de ella se aparta vagabundo, Dios, con su marlo que en la sombra oculta, lo ataja en la mitad de su carrera, lo prende por la ardiente cabellera, y en los negros espacios lo sepulta. Para tu voluntad, todo es posible. Para su comprensión, todo es pequeño; que, del ser y el no ser, árbitro y dueño; Él torna en realidad lo inconcebible, y lo evidente, en sueño.- ¡Triste oprobio de humanas vanidades! De unas a otras edades, sombras ayer, mañana resplandores, las antiguas verdades son errores, los antiguos errores son verdades. Sólo es segura, oh Dios, tu inteligencia: ciega y muda ante Ti, borra la ciencia la página que ha escrito. En tu mente se anega lo infinito: La eternidad se encoge en tu presencia. Tu hermosura pregona el firmamento: ante tu dulce aliento, efluvio pestilente despiden los fragantes cinamomos; y los rayos del sol resplandeciente, ante los rayos de tu excelsa frente dicen temblando:-¡Oh Dios! ¡tinieblas somos!
Y a esa Esencia divina, que en sí la plenitud del bien encierra, ¿puede faltar, oh amor, tu peregrina lumbrera, que ilumina los ámbitos del cielo y de la tierra? ¡Oh dulce ley forzosa! ¿qué es el amor, qué es el amor, Dios mío, sino el lujo del ser en quien rebosa vida, fuerza, valor y poderío? ¡Fuerza! ¡amor! ¡dos palabras que un solo bien acordes significan! Tú, amor, con tu poder el mundo labras; tus alientos los orbes vivifican: por tu saeta herido, su trino el ruiseñor alza en la olmeda; por ti el águila enreda sobre el alto peñón su tosco nido; por ti el lirio campestre segrega el dulce aroma de su estambre; por ti zumba el enjambre que agota el zumo al romeral silvestre; a tu hálito fecundo, se inunda en lluvia de placer el mundo: despide la violeta su fragancia, rebosa la colmena, su tesoro la vid nudosa en el lagar escancia, y la granada espiga, en letras de oro, repite por los campos:-«¡Abundancia!» ¡Oh amor, oh amor, tu diestra omnipotente los astros a los astros eslabona! Tú ciñes con tus manos a la ¡rente de la noche su espléndida corona: sin tu tierno latido que conmueve los átomos, perdido el dulce efluvio que entre sí se envían, como el diamante en el crisol fundido los astros a la nada volverían.
Tú, más casto, más puro a más sublime condición nos llevas si el alma humana, misterioso, elevas mostrándole en el cielo el bien futuro: tú solitario habitas el oscuro rincón de las ermitas perdidas en los páramos desiertos; tú en el retiro y la oración marchitas las frentes de los santos cenobitas que ruegan por los vivos y los muertos. ¡Oh universo, hervidero de la vida, fuente perenne que a torrentes manas, tú, en unión por el cielo bendecida, fuerza y amor hermanas! Por más que el hombre su sentido tuerza, fuerza y amor en Dios corno en el hombre, un bien expresan con distinto nombre y fuerza es el amor, y amor la fuerza.
Y, siendo Dios la Fuerza Omnipotente que el mundo esparce, como esparce el prisma los colores del sol resplandeciente, ¿no ha de ser el Amor su Esencia misma? Señor, que en tu infinito poderío el universo riges con tu dedo, sólo de tu piedad duda el impío: ¡no cabe en Ti, Dios mío la cobarde crueldad hija del miedo! Mal tu poder comprende quien teme que piadoso lo desdores: ¡el hombre cuyo pecho el odio enciende, es quien tu gloria ofende consagrando en tus aras sus rencores!
¡Alienta corazón! La Omnipotencia no puede ser cruel: el Fuerte es Bueno, y no hay bondad cumplida sin clemencia. Señor, si al hombre que, de dudas lleno, doblando la rodilla bajo tu potestad la frente humilla, rechazarás airado de tu seno; si con juicio sereno condenaras su flaca inteligencia por no alcanzar misterios de tu esencia; si, de piedad y compasión ajeno, descargaras en él tu airada mano, y en su error te ensañarás vengativo, yo mísero mortal, yo vil gusano, yo, que más generoso te concibo, fuera mejor que Tú, ¡Dios soberano! ¡No! mi mente turbada podrá errar si tu Esencia considera; mi inteligencia dudará ofuscada, pero mi corazón seguro espera. Y es tan viva esta fe, que si del cielo viera hundirse la bóveda estrellada y los mundos volver en corvo vuelo a los lóbregos senos de la nada, - del negro espacio en la región vacía, transido de pavor, mudo de espanto, ¡Dios clemente, Dios santo, yo en tu inmensa bondad esperaría! ¡Oh! cuando el alma hiere la luz que en tu mirada centellea, no hay un átomo en mí que en Ti no crea, no hay un átomo en mí que en Ti no espere; y, ciego con los vívidos destellos, que ofuscan mí turbada fantasía, a expresarte mi amor no alcanzaría si lenguas se tornaran mis cabellos.
Este férvido amor que a Dios se lanza buscando lo perfecto en lo absoluto, esta firme esperanza que robustecen el dolor y el luto, esta fe poderosa que ilumina las sombras del misterio, hablan al corazón en cada fosa de tu recinto, ¡oh mudo cementerio! Por eso, con la mente oscurecida, pero con la conciencia despejada: cansado de la vida, pero a vivir el alma resignada; fiel a Dios y a la esposa que en ti cayó desde mis brazos yerta y en tu seno esperándome reposa, ¡oh muda tumba solitaria y fría donde ni un eco mi clamor despierta, yo, al espirar la luz de cada día, sin miedo y con amor llamo a tu puerta!