Spanish poem
El Año De La Guerra Y Del Nublado
Antes apareció rojo cometa y sobre España levantó su vuelo, y una noche sombría por el cielo le salió a contemplar la gente inquieta; y entonces anunció el vulgo-profeta, en confusión y vago desconsuelo, calamidades tristes que vendrían... y los sabios entonces se reían. ¡Ay, pero yo jamás! Alcé la frente y la terrible aparición mirando, en una piedra me senté llorando, sin apartar los ojos del Oriente; y no olvidé la claridad hiriente de aquel fantasma, aunque con rostro blando para borrar su imagen importuna, tras el cometa apareció la luna. Al año del augurio temeroso que tan triste os canté cuando nacía, ¿le visteis ya? ¿no os dije que traía el disco de su frente nebuloso? ¿no os dije que una noche, sin reposo, gimiendo por el año que moría sentí en mi corazón pavor extraño al asomar la luz del nuevo año? ¿No os dije que el espíritu invisible, que vuela con la sombra en el vacío, vaga en la noche siempre en torno mío y habla a mi corazón en voz sensible? ¿No os dije que en su canto, incomprensible para el alma sin fe del hombre impío, escuché el porvenir infortunado del año de la guerra y del nublado? Yo conozco al dolor. Constante lazo formado con el hilo de mi vida tiene conmigo, y siento su venida al recibirle con estrecho abrazo; yo le he dado pedazo por pedazo el alma, y en sus marchas entendida, si un paso hacia nosotros adelanta primero que el feliz, siento su planta. ¡Ay, por eso lloré cuando de enero el sol primero lastimó mis ojos! Otros alegres sus matices rojos tomaron por señal de buen agüero. ¡Ay de mi corazón, que fue el primero para sentir del año los enojos, sufriendo ya el dolor anticipado del año de la guerra y del nublado! Triste nube cubrió la primavera... ¿las flores dónde están? ¡Flores perdidas!, ¡antes para mis ojos tan queridas, tan olvidadas hoy en la pradera! Ved si será mi pena verdadera que las huellas mis plantas homicidas, y con amarlas tanto y ser tan bellas, morir las dejo sin dolerme de ellas. Así también murieron mis venturas, y no me duelo ya. ¿Qué de las flores? Por las plantas, Emilio, nunca llores, llora por el dolor de las criaturas; a las aves que mueren, sepulturas abres con simulacros de dolores; ¡ah! ¡que del mundo el padecer no sabes, cuando también te dueles por las aves! ¿No ves las nubes del oscuro ciclo crecer y resonar? Alza los ojos. ¡No ves la luna entre vapores rojos que nueva tempestad anuncia al suelo! Llora, llora con grande desconsuelo del irritado Arcángel los enojos, que a los pueblos, Emilio, ha condenado al año de la guerra y del nublado. Por tu inocente boca habla a las gentes, ora habiten los campos, las ciudades, y diles que a las nuevas tempestades preparen ya los ánimos pacientes; diles que en las alturas eminentes de las más escondidas soledades huyan a conjurar el genio airado del año de la guerra y del nublado. Vuela, y al labrador de valle en valle grítale y al pastor: «¡Huid la tormenta; que ni en la mies ni en la cabaña os halle del huracán la ráfaga violenta! Que no aguardéis a que en el aire estalle ese ardiente vapor que se acrecienta; porque es mortal el fuego concentrado del año de la guerra y del nublado». Y torna hacia el altar donde recemos la más larga oración que tu memoria conserve, Emilio, de la santa historia que de la propia madre ambos sabemos; y ojalá que estos ruegos que elevemos los escuche el Señor desde la gloria; y salve a nuestro pueblo desgraciado del año de la guerra y del nublado.