Spanish poem
La Desgracia De Ser Hijos De España
Esta serenidad de la campiña, la virginal vegetación del suelo que a nuestros ojos representa niña la vieja tierra; el canto, el manso vuelo del bando de aves que hacia aquí se apiña: la vaca dando leche al tierno hijuelo en medio el monte solo y sosegado ¿habéis en este mayo contemplado? Y de ese monte en la tranquila falda, sentado sobre el tronco de la encina, admirando el azul, la rica gualda del cielo, el orden con que el sol camina: de aquella sociedad que a nuestra espalda dejamos tan ruin y tan mezquina, ¿no os parece el recuerdo en este instante más cruel, más agudo, más punzante? El filósofo, amigos, nos engaña cuando nos da del campo la armonía, la paz y sencillez de la cabaña, del bosque la risueña lozanía para alegrarnos; ¡ay! no los de España que comemos el pan de cada día más amargo que hiel; dulzura hallamos en las campiñas ya: ¡tarde acordamos! Si fuera antes de ver caliente y tinta la requemada sangre del soldado correr a nuestros pies... la suave cinta del gracioso arroyuelo plateado que entre las flores de variado pinta, juego bullendo en el lujoso prado, nos pareciera alegre como un día a los hijos de Arcadia parecía. Pero se avienen mal desdichas graves con la benigna paz de los oteros, con los trinos gozosos de las aves y el humilde balar de los corderos: cuanto son estas horas más suaves, más duros son nuestros pesares fieros, dándonos por contraste aquí en la tierra la ajena paz con nuestra propia guerra. Porque en el campo ya plantas extrañas, desde que allá a jardín nos trasplantamos, para insectos, reptiles y alimañas el campestre placer abandonamos; las inseguras débiles arañas andan mejor que por la selva andamos, y es más rica y feliz la baja hormiga que logra un agujero y una espiga. ¡Cuánta envidia nos dan! ¡Cómo hace alarde hasta el negro moscón que rasga el viento de aquella libertad, que esta cobarde generación no logra! ¡Qué sediento nos queda el corazón cuando en la tarde después de contemplar el movimiento de esa naturaleza satisfecha, su parte de placer de menos echa! Parece que los vivos colorines que a los nidos retornan gorjeando, de nuestras artes, ciencias y festines, cuando al pasar nos ven, se van mofando; ¿no sentís en el rostro los carmines del rubor asomar, tristes pensando que con tanto saber el hombre sabe pues no se hace feliz menos que el ave? ¿Qué hemos de hacer sino sentir tristeza hasta en medio del mundo campesino que nos brinda tan sólo su belleza para agravar aún más nuestro destino? En vano el monte muestra su grandeza y sus alas desplega el blanco espino; murmura el río, las alondras cantan y los cielos y tierra se abrillantan. Nosotros no venimos al riachuelo para admirar su pez ni ver su espuma, ni divertimos espantando el vuelo del pajarillo de graciosa pluma; poco sabe de penas ¡vive el cielo! quien tal de nuestro espíritu presuma, y vano corazón tendrá el menguado que tan contento viva y descuidado. No; no venimos a esparcir al viento el ánima doliente en nuestros días; no venimos en busca de contento ni tampoco a dejar melancolías: venimos, pues no entienden nuestro acento las duras rocas, las encinas frías, venimos a esconder en la montaña la desgracia de ser hijos de España.