Spanish poem
La Encina De Bótoa
En la raya que divide el Portugal de la España, al lado de un regatillo a unas encinas pegada, como a un cardo un caracol tiene D. Diego una casa a donde a veces le lleva más que su amor a la caza el deseo de tener a su mujer más aislada. Porque en el pueblo no vive, ronda, mira, cela, indaga y le enojan y le inquietan hasta las sombras que pasan al través de las espesas celosías de sus ventanas. En el campo más tranquilo, respira, duerme, descansa, mas, no con tal abandono y tan ciega confianza que deje de examinar si algún caminante pasa, si para algún cazador bajo la encina cercana, si viene alguno a pescar a la ribera inmediata. Y hace días que redobla D. Diego su vigilancia, pues anda la portuguesa intranquila y abismada en ocultos pensamientos que sus cuidados alarman. Ya la ha hallado por dos veces, al tornarse de la caza, discurriendo entre las sombras de unas encinas lejanas que van formando una gruta con sus copas enlazadas, y ha observado por dos veces que al acercarse a llamarla temerosa entre los árboles el cuerpo le recataba, por lo cual ha decidido, lleno de celosa rabia, oculto hacia aquellos sitios, aquella tarde, acecharla. Es D. Diego Mercader un hidalgo catalán, que si no lo testarudo y celoso por demás, de los esposos, hoy día, fuera modelo cabal. Otro defecto le añaden los que no le quieren mal, el de ser irreligioso pues afirman, además, que a su consorte reprende por su continuo rezar; a tal extremo llevando su impía temeridad que derriba las imágenes que en un figurado altar la devota portuguesa tiene con grande piedad... mas éstos son tan ligeros lunares que por hablar la gente los escudriña entremetida y mordaz. Es lo cierto que a su esposa Doña María de Albar ama, considera y mima: aunque también es verdad que debe a Doña María fortuna y felicidad. Porque perdió Mercader su riqueza en el azar del juego, y recordando que tenía en Portugal cercanos parientes ricos y una primita además de famosísimo dote y acreditada beldad. Marchóse al pueblo extranjero, vio a la prima, se hizo amar, casóse, murió su tío con que le vino a heredar. Ya la noche por Oriente va llegando acelerada, cruza el monte diligente algún pastor impaciente tras la res descaminada. No hay en los aires un ave de las que alegran el día con su tierna melodía; los bueyes el paso grave mueven en pos de su guía; Cuando al valle se encamina de sable armado D. Diego y el valle todo examina y toma, de celos ciego, por su esposa a cada encina. Párase de trecho en trecho tras cada bulto perdido y al ver su engaño deshecho el corazón en el pecho se le salta enfurecido. Detiénese fatigado y recogiendo el aliento, otra vez escucha atento porque sin duda a su lado ha resonado un acento «¡Señora —la voz decía, entre ronca y temblorosa— señora, señora mía, oye mis ruegos piadosa oye mis ruegos, María!...» ¡Aquí! gritó Mercader, desnudando la ancha espada que hace a sus plantas caer la figura recatada que llamaba a su mujer. Luego en la noche sombría quedó el valle sepultado y sólo se distinguía un bulto en tierra postrado y otro bulto que se huía por el monte apresurado. Y las puertas de la Granja se abren al golpe tremendo, que sobre ellas impaciente descarga el furioso dueño. Por delante de su esposa pasa sin verla D. Diego y asiendo una lamparilla, se retira a su aposento. Cierra la puerta y después saca un misterioso objeto, prenda del muerto, y sin duda, la que contiene el secreto de su culpable mujer que en amorosos conceptos mil billetes habrá escrito... Pasmado quedó D. Diego al ver en vez de cartera una bolsilla de cuero con dos groseras correas atada por un extremo. Ábrela, saca un papel y... haciendo un terrible gesto, pálido como la cera, el catalán en el suelo grito arrojando la espada ¡voto al diablo, es mi vaquero! Ya han pasado muchos días sin que vuelva a suceder que trate el buen catalán de acechar a su mujer oculto entre las encinas. ¿Si habrá curado, tal vez, sus celos aquella muerte del pastor? —Yo no lo sé— Tétrico, meditabundo de su granja en el dintel pasa las horas enteras en tanto que su mujer también silenciosa y triste, con afanoso interés, discurre sobre el origen de aquel extraño desdén. Por fin se acercó a su esposo, venciendo la timidez, y se atrevió a preguntarle ¿por qué no sales? —Saldré, respondió él a esta pregunta que como un rayo a caer fue en el alma del celoso para inflamarla otra vez. Voy a cazar, dijo luego, y hoy muy tarde volveré. Son ya las últimas horas de una tarde sosegada en que no aguarda la luna para salir de su estancia a que el Señor de los astros por occidente se vaya; sino, que robando al sol el resplandor de su llama, sale a mostrar en el día por el cielo su luz vaga y no deja distinguir, la vista absorta en entrambas, la clara noche que empieza de la tarde que se acaba. Callada como la luna tan bella y más recatada una mujer aguardando en el valle está con ansia a que se aleje una sombra que allá por el monte avanza, y cuando ya nada ve echa a andar apresurada hacia un sitio en donde están cuatro encinas agrupadas. Son una llama los celos que ni se apaga ni entibia hasta que no ha reducido el corazón a cenizas. Y, dicen, que hace su llama cuando sutil se desliza por las venas, como el sol por las aguas cristalinas, hervir la sangre abrasada en las sienes comprimidas y ver extraños fantasmas que la razón debilitan. Por eso lleva D. Diego las negras cejas fruncidas, los ojos desencajados y la faz descolorida; Por eso aferran sus dedos aquella espada que brilla como el agua de un arroyo al través de las encinas. Por eso en aquel pastor que del valle se retira ve a lo lejos al incógnito galán de Doña María; Porque son llama los celos que ni se apaga ni entibia, hasta que no ha reducido el corazón a cenizas. Dio el hidalgo una estocada, dio un grito Doña María y con la vista clavada en una encina elevada cayó de rodillas, fría. Alzó la suya medrosa siguiendo la de su esposa D. Diego hacia aquella encina que una ráfaga dudosa del crepúsculo ilumina; Y vio la santa figura de una Virgen de madera que la blanca vestidura, a medias, por la hendidura, del tronco mostraba fuera; Y vio el misterioso altar que su esposa ha hecho adornar de las más hermosas flores, a donde vienen a orar por la tarde los pastores. Y allí cayó de rodillas.— La luna que alumbra en tanto sus facciones amarillas dejó ver en sus mejillas dos tristes gotas de llanto. La encina desde aquel día muestra en su copa sombría cada bellota sagrada con la imagen de María en su corteza grabada.