Spanish poem
Qué Hermoso Es Dios, Qué Hermosa Su Cabeza!
¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza! ¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave! Rasgos los cielos son de su belleza, pasos los siglos de su marcha grave; la voz de la inmortal naturaleza de sus conciertos la sonora clave, su acento arroba, su mirar abrasa, tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa. Yo me enamoro dél: pobre doncella a la ardiente pasión esclavizada, la sangre a mi cerebro se atropella a su paso, a su canto, a su mirada; medito y me consumo con la estrella, por el trueno me siento subyugada, y al ver al tiempo transcurrir ligero sufro, lo lloro, clamo, desespero. Seres tranquilos vi sobre la tierra que esta ansiedad febril nunca padecen, ni están con los espíritus en guerra, ni en éxtasis de amor se desvanecen: cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra; nacen, medran, se nutren, envejecen, y como nada amaron ni sintieron, nunca se mueren porque no vivieron. Repose en paz el corazón helado, yo quiero ver lucir tu sol ardiente, vagar tras de tu voz por el collado, beber tu aspiración en el ambiente: ¡quiero mirar tu ceño en el nublado, tu sonrisa en la luna transparente, en las corrientes aguas tu armonía y tus halagos en el alma mía! Ése es el solo bien del sentimiento, la sola dicha de la triste alma, la sola gloria del mayor talento, del martirio mayor la sola palma; llevar por adorarte el sufrimiento, por comprenderte renunciar la calma, de la pasión en el delirio ciego ser desgraciada por sentir su fuego. Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa la trova que mi boca te improvisa, de los pueblos tendrá por recompensa desdeñosa y sarcástica sonrisa: su atmósfera pesada, oscura y densa no dejará volar tan dulce brisa, pero en el valle puro en que la exhalo sirve a las soledades de regalo.