Spanish poem
Quién Nos Llora?... Un Dulcísimo Lamento
¿Quién nos llora?... un dulcísimo lamento en el lejano viento me parece escuchar... ¿Resuena un lloro, o es el gemido blando que en las peñas rodando alza el agua del Gévora sonoro? Mas, ¿no es el medio siglo?... ¿No es el día en que nacer debía nueva princesa, porque Dios abona su reinado en el mundo, y de reinas fecundo es de reinas por siglos la corona? En dos brazos el siglo dividido el uno ha recorrido doce veces las horas del pasado, y lento en su carrera el otro de la esfera a la mitad del círculo ha llegado. Ésta es la hora del suceso fijo que el alma nos predijo cuando rogamos con fervor al cielo, y el acento más leve que la ráfaga lleve será la voz del ángel del consuelo. ¡Ay! yo apartada en valle tan distante escucho palpitante de roncos vientos el rumor lejano, y no puede mi oído percibir si el gemido se exhala del alcázar soberano. Pero es mi corazón arpa vibrante, que rompe en este instante lanzando un himno de alegría a España, y si me engaña el viento remedando un acento, la santa inspiración nunca me engaña. ¡Oh vosotros ligeros peregrinos que podéis los caminos cruzar por la pendiente de estas sierras! Volad a las ciudades, y desde Creux a Gades veréis el resplandor de nuestras tierras. Si andáis de vuestra patria desterrados, ¡oh pobres desgraciados! sabed que ya al hogar volvéis mañana, sabed que vuestros hijos con locos regocijos se acercan al cañón y a la campana. El bronce va a lanzar con voz tonante, mísero caminante, el grito de perdón de torre en torre, perdón de muro en muro, y del perdón seguro ya de la torre al muro el niño corre. Esa voz misteriosa que gemía, y que el son parecía del viento que murmura en la palmera, ese lloro suave como el trino de un ave, del ángel salvador el llanto era. ¿Por qué vienes llorando, tú, alma mía, si eres nuestra alegría y a esperarte los pueblos van cantando? ¿Por qué tu boca pura que nos da la ventura, ángel del cielo, nos la da llorando? ¡Bendito el llanto que tu rostro baña, riego fecundo a España, bebida de los pobres condenados a los duros tormentos que caminan sedientos de sus huérfanos hijos apartados! Agua bendita que de culpas lava la humilde frente esclava del que amarrado a las argollas gime; ¡cuántos beben tu llanto y aclaman por mi canto al ángel salvador que los redime! Tú eres sólo, Señora, la afligida, tú que eres tan querida, tú que nos cumples la esperanza santa, tú que el dolor serenas, tú que calmas las penas, tú sola lloras cuando el reino canta. Hoy se calman por ti nuestros rencores, hoy todos los clamores son un canto de paz a tu venida, tus tierras y tus mares resuenan en cantares que América repite conmovida. Tus villas se iluminan una a una para alumbrar tu cuna como blandones de tu reino entero, y a sus luces brillantes se ven sombras errantes que cruzan por el Tajo y por el Duero. La historia que leí de los profetas y divinos poetas, viene esta noche a la memoria mía por aquel gran consuelo que en el monte Carmelo la tribu del desierto recibía. Ya cantan en el valle los pastores entre zarzas y llores; ya encienden las candelas a lo lejos con la seca retama a cuya roja llama del Gévora relumbran los espejos. Es como entonces el diciembre helado. El cielo está anublado y blanco el suelo por la escarcha fría, y así como has venido parece que ha nacido el hijo deseado de María. Mas Dios permite, en sus eternas leyes, que en vez de nacer reyes nazcan a nuestro reino soberanas, y a un dulce reinado el siglo acostumbrado te saluda en las tierras castellanas. Dios ha querido, en su saber profundo, que de reinas fecundo fuera este siglo con que al sexo abona, y de reinas envía la bella dinastía, y es de reinas, por siglos, la corona. ¡Vivirás! —¡reinarás!— la fe no miente al corazón ardiente que te presagia gloria venidera; nuestro siglo ha vencido, tú, princesa, has venido a coronar el fin de su carrera.