Versos Spanish Carolina Coronado Tú Me Pides Querer Y Te He Querido

Spanish poem

Tú Me Pides Querer Y Te He Querido

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Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme tú de quien es la inmensidad oído? ¿Tú que la hirviente mar has contenido, no has de poder el corazón calmarme? ¿Un átomo de luz no podrá darme ése que tantos soles ha encendido? ¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida ¡ay! ciega y sin consuelo y desoída! Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo; sumiso el corazón tengo a tu lado, pasión, orgullo y penas han callado, no hay más que fe por ti, no hay más conmigo: ordéname; una voz y yo te sigo ¿Qué me quieres decir, qué me has hablado? ¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia no basta a percibir su dulce esencia! Yo que te adoro a ti desde la infancia, yo que te busco en incansable anhelo, yo que más que a la tierra miro al cielo, yo que a tu gloria aspiro en mi constancia, ¿he de perder, Señor, por la ignorancia de no entender tu voz, tu gran consuelo? ¿He de ofenderte, he de labrar mis penas por no escuchar bien claro qué me ordenas? Mas tú no hablas jamás; no por acentos tu voluntad al universo explicas; tienes en tu saber notas más ricas para expresar tus altos pensamientos; hablan por ti, Señor, los sentimientos con que alivias el alma o mortificas, y yo en ese lenguaje he comprendido que me pides querer y te he querido. Tú nos pides amor, amor constante de agradecido pecho justo pago, tú que una vida das por un halago, tú de la humanidad eterno amante, ¿y antes quieren, Señor, que el alma errante se fatigue de error en error vago, que tener por consuelo en este mundo cariño tan dulcísimo y fecundo? Aquí abajo, del mundo habitadora, dicen, Señor, que hay una docta gente que no te reconoce, no te siente, que no te admira, que jamás te adora; que no te rinde gracias ni te implora en el placer, en el dolor vehemente; mas, fábula del mundo es torpe y vana, porque no puede haber tal raza humana. Pues al darnos la luz, belleza tanta como a su inmenso rayo percibimos; ¿ignoramos, Señor, que la debimos a un ser que desde el polvo nos levanta? Tu grande majestad suprema y santa nuestros ojos no ven, mas la sentimos: el genio puede errar, cuando te niega, pero no el corazón, cuando te ruega. Existes, y las gentes lo entendemos, desde la misma cuna te adoramos, mas ¿sabes por qué luego te olvidamos? Por malicia, señor, porque tememos; no nos place tener jueces supremos porque mejor sin leyes nos hallamos, y antes que resignarnos a la pena negaremos al Dios que nos condena. Pero yo que te amé desde la infancia, yo que te busco en incansable anhelo, yo que más que a la tierra miro al cielo, yo que a tu gloria aspiro en mi constancia; acudo a tu saber en mi ignorancia, acudo en mi aflicción a tu consuelo, y es tal la fe con que te ruega el alma que en esta misma fe logra la calma.