Spanish poem
XXX
Misterios de la vida y de la muerte. Calderón
Creation sleeps. Young
Al resplandor sereno de la Luna yo andaba por los sitios solitarios que al vulgo atemorizan, pesaroso, y en lúgubres ideas embebido; y mis inciertos pasos me llevaron a la mansión sagrada de los muertos: religioso pavor cubriome al punto, y exclamé sofocando mis angustias: silencio ¡oh corazón! he aquí el asilo donde reina la paz inalterable, do no alcanza el tumulto de los hombres, do se acaban las ansias y tormentos de la altiva ambición y el infortunio, do se estrella el poder y la grandeza, do el amor y el deleite se anonadan, donde la gloria es humo y las pasiones, que agitan al mortal; aquí el esclavo de sus hierros se olvida, y con el polvo del que oprimió insolente, a confundirse viene el feroz tirano; aquí del crimen cesa el remordimiento y los gemidos de la virtud paciente se sepultan; aquí se abisman, sin cesar, los siglos, y mil generaciones y mil otras, con rapidez se agolpan, no dejando vestigio de su ser; aquí su cetro levantan el misterio y el olvido, las esperanzas mueren, y en su aurora el ingenio brillante se disipa. Salud tristes despojos, monumentos fúnebres del dolor, a visitaros viene una alma abatida y borrascosa; si los profanos ecos de la tierra hasta vosotros llegan respondedme: ¿Hay vida mas allá?, ¿pero qué veo? Un espectro confuso se levanta, y con faz melancólica me mira: Tú, cualquiera que seas, habitante de esta mansión de luto misteriosa, responde hoy a las dudas de quien viene a interrogar la muerte y los sepulcros transido de dolor ¿por qué tus ojos brotan lágrimas tristes, y en tu frente del funesto pesar vagan las sombras? ¿Hay dolor, por acaso, aun en la tumba? ¿Siente el polvo? -«Silencio reptil vano, la mansión del misterio es el sepulcro». Un eco moribundo respondiome, y silencio, silencio repitieron los cóncavos helados de las tumbas. Se oscureció la Luna de repente, y un pálido fulgor cubrió la tierra, semejante al de antorchas suspendida en medio de un Panteón: y yo miraba, pasmado de terror, sin movimiento, de la tumba fatal aquel portento. Cuando un eco al de un ángel parecido hechicero sonó: «ven, ven conmigo ven, ven, a descansar infeliz joven: la tumba es el amor; aquí las almas en himeneo eterno, eternas viven; ¡Ay! ¡ay! Por ti padezco hace diez años, ven, seremos felices, ven conmigo, esperándote estoy». Y yo miraba, pasmado de terror, sin movimiento, de la tumba fatal aquel portento; y vi de una mujer la vaga sombra, de una mujer que conocí en la tierra, y que profano labio nunca nombra. Y otra voz repitió: «ven hijo mío, ven te consolaré ¡qué infeliz eres! Tu alma no es de ese mundo, aquí es su centro: el lodo es del reptil». Un grito entonces quise dar y no pude, y la voz madre en mis labios se ahogó: y yo miraba, pasmado de terror, sin movimiento, de la tumba fatal aquel portento. Quedó todo en silencio nuevamente; se disipó el fulgor, como la llama de un astro consumido, y las tinieblas, la oscuridad fatal se condensaron. Todo era noche y noche; uno por uno los astros de la esfera se extinguieron, como antorcha sin pábulo, y la tierra, y el cielo, y el espacio no formaron más que un lúgubre, denso, opaco abismo de tinieblas palpables a mis ojos. Me estremecí de horror: formas confusas, fábricas gigantescas del orgullo, cadáveres inmensos de los siglos, pueblos, generaciones, seres, hombres, cual rápido torrente descendían en la inapeable sima confundidos, y al caos daban ser... Un mortal frío cubrió todo mi cuerpo; mis sentidos, como de un largo sueño despertaron; miré y vi, con asombro, que la tierra al resplandor sereno de la Luna, mientras yo solitario cavilaba, como el callado asilo de los muertos, en silenciosa calma reposaba.