Versos Spanish Gabriel García Tassara A Quintana

Spanish poem

A Quintana

by (1817–1875)

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Cuando al rayar el dia, Allá de mi lejana adolescencia, El dios de la armonía, Que es el dios de la humana inteligencia, Su inspiración ardiente Vertió en mi corazón, vertió en mi frente;

Sonó, sonó en mi oido De patria y libertad un eco santo De insólito sonido; La voz del vate, del profeta el canto, Que al ruido de tus olas ¡Patrio Guadalquivir! canté á mis solas.

No era, no, ya la Musa Que triscando por riscos y por faldas Tonos femíneos usa, Y del dios del placer entre guirnaldas Frívola adoradora, Dios, hombre, mundo, humanidad ignora.

Era la gran Poesía; La que del mundo en las remotas partes, Como en la Grecia un dia, Fué madre de las ciencias y las artes, Voz del cielo en la tierra, El himno de la paz y de la guerra.

Era la voz de un siglo Que al nacer y al morir luchó iracundo Con el feroz vestiglo De la que fué superstición del mundo, Y en generosa saña «Sé España ¡España!» le gritaba á España.

Era tu grande acento, ¡Quintana! era tu voz que, en la sombría Cárcel del pensamiento Sonando y resonando, removia Con versos como espadas De España las entrañas ulceradas.

Pelayo, ardiente rayo Contra el Islam y el oriental Califa, El Cid, nuevo Pelayo, Guzman, Bruto de España allá en Tarifa, Padilla en sangre tinto, A tu gloria fatal, ¡oh Cárlos Quinto!

Las del panteón hispano Del austríaco Escorial turbadas sombras Que á España dan en vano Las banderas del mundo por alfombras, Si tu ígnea fantasía En ellas sólo ve la tiranía;

Aquellas sombras tristes Del grande Emperador del Rey prudente, Que al tribunal trajistes De una infeliz generación que aun siente Rodar por el vacío La España, su esplendor, su poderío;

El infecundo nieto De ellos en pos que la corona ingente, No Rey, sino esqueleto, Deja caer de la caduca frente,

Y á los Borbones fia, Esqueleto como él, su Monarquía;

El pensamiento humano Que arrebatado de ambición inmensa, Arcano tras arcano A los cielos robándoles, condensa La palabra del hombre El monumento que á la edad asombre;

España, en fin, España Sacudiendo dos siglos de desmayo, Y con la antigua saña Blandiendo en las Termopilas de Mayo La espada de Pavía Que la herrumbre del ocio carcomia;

Tal fué tu gran poema ¡Himno de las batallas! ¡Armonía De muerte y de anatema Que de Bailen á Waterloo seguía Con eco sobrehumano De la Europa vengada al gran tirano!

¡Himno de las batallas! De aquellas ¡ay! donde la fuerza blande Sus bronces y sus mallas, Y de aquellas también do en lid mas grande Despliega su violencia El guerrero sin paz, la inteligencia.

En la memoria mía, Nunca olvidados, no, mas confundidos En la honda lejanía De los años en pos desvanecidos, Tus cantos hoy se elevan, Y el entusiasmo juvenil renuevan.

Mas ¡ay! ¿qué dejo amargo

Posa en mis labios el licor ardiente? ¿Por qué de su letargo Quiere en vano salir mi torva mente, Y enluta el alma mia Nube de funeral melancolía?

Triunfó la independencia, y la Europa triunfó; pero á la España Se le arrancó la herencia De la que fué su inmarcesible hazaña, Y envuelta en sus pendones La postrera quedó de las naciones.

Triunfó también un dia La libertad; pero la Europa entera, Cual vasta alcahicería, Como inmenso taller do el oro impera, Fabrica ciudadanos Que están pidiendo y que tendrán tiranos.

¡Oh! si la musa heroica Que cantó con trasportes sacrosantos La libertad estoica De Grecia y Roma en inmortales cantos Volviese á la armonía, Con su lira de bronce ¿qué diria?

¿Acaso contemplados A la tétrica luz de lo presente, Los siglos ya pasados, Aquella España en cuya altiva frente Tu rayo se blandía, La misma maldición te arrancarla?

El fanatismo odiaste. ¡Pluguiese á Dios que aun fanatismo hubiera! El himno que entonaste Un fanatismo fué que en su carrera Abrió cielos y abismos.

¿Qué es ¡ay! la humanidad sin fanatismos?

Ninguno ya, ninguno Existe ya; ni el que ensalzó al Monarca, Ni el que inflamó al tribuno: Un Dios brutal el universo abarca Desde el altar deshecho, El Dios de la materia, el Dios del hecho:

Y en vez de aquella santa Familia de los pueblos soberanos Que libre la garganta De los yugos de todos los tiranos Imaginó el deseo, El Bajo Imperio de la Europa veo.

Asi en la acobardada Roma Horacio cantó mientras la lengua De Cicerón clavada En los rostros guardados á tal mengua. Tu última arenga hacia ¡Romana libertad! en tu agonia.

¡Oh ilusión venturosa De una generación que se derrumba! Nosotros, su ingloriosa Posteridad, junto á su ilustre tumba Pasamos sonriendo, Su generoso error escarneciendo.

Nosotros, los espúreos Hijos del desengaño que trocamos Por mantos epicúreos La toga consular que despreciamos, Y á toda patria ajenos Sabemos más pero valemos menos.

Y qué , ¿será mentira Cuanto el hombre esperó? ¿será delirio

El genio que le inspira, La virtud y el valor vano martirio, Y el Dios que al hombre cria El Dios de una perpetua tiranía?

¡Oh! no: vendrá la historia, Y al legar á los siglos sus anales, Dirá al fin tu victoria ¡Oh raza de tribunos inmortales! Pueblos, guardad su herencia: La fe en la humanidad fué su creencia.

Y tú que el vate fuiste De esa tribu inmortal ¡noble poeta! Y tú que enmudeciste, Vencido no, mas desdeñoso atleta, Y en sombra refulgente Velas hoy con rubor tu anciana frente;

Si aún vive aquella musa Que tú alentaste al despuntar su dia, Cuando con voz confusa, Vagando en el pensil de Andalucía, Cantaba la infelice Trajedia de Pausanias y Cleonice;

No temas que abandone Las santas cumbres donde á ver se alcanza El sol que no se pone; Sol de la humanidad y la esperanza; El sol que el hombre implora, El sol del porvenir que está en su aurora.

Gabriel G. Tassara.