Versos Spanish Gaspar Melchor de Jovellanos Jácara En Miniatura

Spanish poem

Jácara En Miniatura

by (1744–1811)

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Desde este desván o caramanchón, donde una gran vida papándome estoy, veo cuanto pasa, señor don Simón, por toda la tierra medida al redor. De Lima a Madrid, de Roma al Mogol, no hay corte, villorrio, cabaña o rincón, do no se haya entrado de hoz y de coz la Envidia, y metido su jurisdicción. ¡Qué estragos no causa, qué desolación! Soy duende, y con todo, me lleno de horror. Empero más punza sin contradicción la infame, y más clava su diente feroz en gente sabihonda de fama y de pro. No hay cura ni fraile, no hay estudiantón, togado, letrado, doctora o doctor, que no hiera y manche con torpe livor. Mas ya los poetas, a quienes guiñó Minerva propicia y Apolo fió su cítara ebúrnea, son blanco desde hoy de su venenoso sangriento furor. Los sigue y acecha, les zumba alrededor, les ladra, los muerde y sin compasión los roe y engulle con rabia feroz. Dígalo uno de ellos, lo diga, si no, aquel ingeniazo de los de a doblón, aquel gran poeta que al mundo aturdió de Aranda a París, de Zafra al Tirol; aquel cuyos versos, sonando a tambor, atruenan y aturden oído y razón. ¡Oh, qué testimonios que le levantó la Envidia! ¡Qué chismes! ¡Qué enredos! ¡Qué horror! ¡Qué cosas no dijo! ¡Con cuánta pasión de apodos y motes su nombre cubrió! Llamole trompeta de Puerta del Sol, chispero del Pindo, pluma de antuvión, autor de desván, candil y jergón. Y para que fuese su fama mayor, más lindo su nombre, más hueca su voz, le trajo de Arcadia un mote burlón, y Antioro Deliade también le llamó. Ni así la perversa sació su rencor: sus dichos, sus hechos sangrienta infamó, y a Resma y Gutiérrez (¡qué mala intención!) en prosa y en verso su nombre igualó. Mas todo a la Envidia lo pasara yo, si no fuese un cuento de ruin invención, que para reírse la pícara urdió. Contarle quisiera, señor don Simón, pero habéis de oírle con grande atención, como que os le cuenta la Envidia, y no yo. En fin, como digo, amigo y señor, entre otras cosuelas que le levantó, decía la Envidia (¡vea usted qué invención!) decía que cuando al suelo hespañol del vientre materno cayó este señor, bajaron las musas, y en un corralón juntaron concejo con grande rumor. ¡Qué mimos no hicieron al niño rollón, qué cocos, qué muecas! ¡Sea todo por Dios! Erato primero sus dones le dio, le untó con meloja la lengua y pulmón, y para que un día cantase de amor, en vez de su lira le dio un guitarrón. «Clarín y trompeta no te daré yo, dijo doña Clío con tono burlón; mas, para que cantes al gran Barceló zampoña y corneta te daré, por Dios, y para otro dropes un ronco fagot». Con aire gitano, ladino y chuscón, la buena ventura Urania le echó, y el signo anunciando de su mamantón: «¡Oh nene!, le dijo, ¡qué fama, qué honor, qué glorias, qué timbres, el tiempo andador guardados te tiene en su gabetón! Un día en la corte del reino hespañol serás tú un gazapo de marca mayor. Tus obras por calles, por tiendas, y por zaguanes, traídas como en procesión, de viejos, de niños, y aun fembras de pro, serán ensalzadas sin ton ni sin son; y entonces tu nombre, impreso al primor, por esos dinteles y esquinas de Dios, será en letras gordas sobre un cartelón rumboso, pomposo, tamaño o mayor que el que a sus bragueros Menine ofreció. A oscuras, en medio de tanto esplendor, quedarán los nombres que estén al reedor, incluso el frescote y atroz titulón del santo Concilio, paz sea al traductor». Pero sobre todas las musas mostró Talía aquel día su garbo y primor. Al vate en mantillas de dijes llenó; chillole, arrullole, cantole el ron ron, besole en la boca, y el rubio pezón para almibararle en ella ordeñó, diciendo: «Hijo mío bendito sea Dios, que para mi gloria al mundo te echó. Tú serás un día mi lustre, mi honor, y aun mi patroncito, por vida de briós Por ti ya no temo a aquel regañón que del Peripato la jerga inventó, y las unidades sacó en procesión; aquel viejo chocho que el Pindo pensó rendir a sus leyes como el Macedón, su cría, a porrazos el mundo rindió; ni del venusino, rancio preceptor, que a Octavio y Mecenas sin tino aduló; las reglas me asustan que en larga lición dictó a los Pisones, ni las que le hurtó, sin Dios ni conciencia, el chusco Boileau, para irlas cantado en su Facistol; ni temo a otros tantos poetas de pro, que de preceptistas tienen opinión y van con sus reglas vendiendo alfajor desde el Tajo al Sena, desde el Duero al Po. Más que ellos y ellas valemos tú y yo, amén de Moreto, Lope y Calderón, y toda la chusma del zueco hespañol». Así de las musas la risa y favor gozaba este niño desde que nació. Sólo Melpomene en tal ocasión adusta y tacaña con él se mostró, puesto que ni un dije ni un beso le dio. La causa, señores, de tanto rigor, decía la Envidia, bien me la sé yo. ¿Y quién no la sabe? Oídme, por Dios, lo que andando el tiempo con él sucedió: Un día el tal nene (si fue chanza o no ninguno lo sabe) al templo subió de la cancamusa, y en él de rondón entrando, el coturno izquierdo le hurtó. Calzole en chancleta, y aunque le atisbó y siguió un portero, infame y ladrón llamándole a gritos, por fin se escapó, cojeando y saltando, por un corredor. De allí por las tapias del corral ganó la casa de Ulloa, que estaba con Dios. Ni sala, ni cuarto, ni alcoba dejó que no pescudase, cual diestro ladrón; hasta que la moza por fin le sopló. Montola a las ancas de un rucio frisón; llevola a Toledo, y allí la atavió con tocas flamantes, refajo y jubón, y en fin, de tal arte me la disfrazó, que no la extremara ni quien la parió. Después su manceba, sin ley y sin Dios la hizo; dotola con gran profusión, le dio su retrato en arras, y aun hoy perdido por ella anda el pobretón. ¿Quién tal pensaría de un hombre de honor? Mas caro la fiesta, pardiez, le costó, pues tal amorío en suma purgó, no sé si en Melilla, Orán o Peñón. Con todo, hay quien jura que no escarmentó, y debe ser cierto, según la opinión de aquellos que dicen que a Oliva robó después los gregüescos de su Agamenón; y a otros... Mas basta de chismes, señor, y aun éstos los dice la Envidia, y no yo. Vea usted aquí un cuento, señor don Simón, que, así Dios me ayude, no puede ser peor. ¡Qué embrollo! ¡Qué enredo! Parece invención del tuerto Segarra; mas témome yo que en otra oficina tal vez se forjó. ¿Qué va que aquí anduvo algún camastrón medio farmaceuta? ¿Qué va, en conclusión, que a modo de emplasto el cuento amasó y no hubo almirez, mortero, perol, retorta, alambique ni matraz, que no saliese a la danza en esta ocasión? ¿No lo dice el duende? Pues apuesto yo a que para ello ya tiene razón. ¡Hay diablo de duende! No hay bicho peor. ¡Y qué polvareda al fin levantó por dar vaya al nuevo Theatro hespañol! ¡Que viva, que viva por tal invención! Voltaire y Racine, Linguet y Carón, el buen Signorelli, Forner y el bufón de Cosme Damián, con toda la flor de los antihortenses, al duende inventor darán mil palmadas, y harán bien, por Dios.