Spanish poem
Mientras Los Roncos Silvos
by Gaspar Melchor de Jovellanos (1744–1811)
Mientras los roncos silvos del Aquilón elado llenan a los mortales de susto, y sobresalto, cantemos, bella Enarda, en Hymnos acordados de Amor y sus dulzuras el delicioso encanto. Del hijo de la Diosa que reina en Gnido y Paphos cantemos las Victorias y triumphos soberanos, que a su dominio el cielo y tierra sujetaron. Las dulces travesuras de aquel rapaz véndado, que reina en nuestros pechos, cantemos, y loando de su carcax el oro, la labor de su Arco, sus flechas penetrantes, sus tiros acertados, pasemos dulcemente, uno de otro en los brazos, las horas fugitivas y los veloces años. Amor de Cielo y Tierra es Dueño soberano: sus leyes reconocen la tierra y cielo esclavos. Los Globos christalinos, de sólo amor guiados, giran en torno al mundo con vuelo arrebatado; y del Amor las Leyes eternas observando, cuentan en raudos giros, sonoros y acordados, las Horas y los Días, los Meses y los Años. Pero en la tierra ejerce imperio más templado el ciego Dios, más dulce, más firme y dilatado, y no hay viviente alguno que de él no viva esclavo. Allá en los altos montes y en los escuros antros sienten de amor la llama los Brutos abrasados. Los Peces en el golfo del tiro envenenado salvarse no han podido; ni sobre el aire vago las Aves por su buelo ni por su dulce canto. Todos de amor al yugo se rinden, y a su carro uncidos, todos vienen sus triumphos celebrando. Pero entre todos ellos el hombre más colmados obsequios, homenajes más puros va prestando; que otros vivientes aman de su instinto arrastrados, empero el Hombre sólo de la razón guiado. El Hombre venturoso encierra en lo arcanos de su razón las Leyes que Amor le ha señalado. El Hombre apreciar solo con dignos holocaustos sabe de la Hermosura la gracia y el encanto. Dígalo ¡ay Dios! ¡o Enarda! Jovino enamorado, que vive de tus ojos reconocido esclavo. Un corazón lo diga donde gravó con rasgos de fuego la tu imagen Amor con tierna mano. ¡Ay! yo era todavía entonces un muchacho alegre y bullicioso, sencillo y agraciado, y hoy ya sobre mí siento el peso de los años. Dígalo una alma fina, do tiene levantado su trono tu hermosura, y do, vibrando rayos, tus ojos ejercitan el peligroso mando, ¡Ay!¡Cuántas veces, cuántas, los míos al extraño ardor de sus pupilas quedaron abrasados! Dígalo, en fin, Jovino, a quien ni los halagos de otras mil hermosuras, ni estorbos mil, ni el vario curso de la Fortuna, ni el tiempo, ni el amargo dolor de larga ausencia, ni el incesante llanto que derramó al mirarte alegre en otros brazos, mudar nunca pudieron, y en quien estorbos tantos del fuego primitivo la llama no apagaron. Cantemos, pues, ¡o Enarda! en Hymnos acordados de Amor y sus dulzuras el delicioso encanto, mientras los roncos silvos del aquilón elado llenan a los mortales de susto y sobresalto.