Spanish poem
Por Razones Que Se Calla
Por razones que se calla la historia prudentemente, dos monarcas de Occidente riñeron fiera batalla. La causa del rompimiento no está, en verdad, a mi alcance, ni hace falta para el lance que referiros intento. Sobre el campo del honor, cubierto de sangre y gloria, donde alcanzó la victoria más la astucia que el valor; dos discípulos de Marte, que airados se acometieron y juntamente cayeron pasados de parte a parte, sumergidos en el lodo, mientras que llegaba el cura para darles sepultura, platicaban de este modo:
¡Hola, compadre! ¿Qué tal te ha parecido el asunto?
Puesto que me ves difunto, debe parecerme mal.
Pues ha sido divertida la función: mira a tu lado: lo menos hemos quedado doce mil héroes sin vida. Y en esto me quedo corto, que me enfadan los extremos
¡Con qué habilidad nos hemos destrozado! Estoy absorto. Ha habido alarmas y sustos y muertes y atrocidades para todas las edades y para todos los gustos.
Mas y o quisiera saber por qué con tanto denuedo nos matamos...
¡Ay! No puedo tu duda satisfacer. Para entrar en esta danza tuve que dejar mi oficio. Sé que aprendí el ejercicio; sé que estudié la Ordenanza. Sé que, en compañía de esos que están mordiendo la tierra, me trajeron a la guerra y me moliste los huesos; y, en fin, francamente hablando, puedo decirte al oído, que he muerto como he nacido: sin saber por qué ni cuándo.
De tu explicación me huelgo, porque mi vida retrata. En esto, alzando la pata un moribundo jamelgo: —¡Gracias, dioses inmortales! —dijo con voz lastimera; — pues de la misma manera morimos los animales.— Cuando pasó la impresión de tan extraño incidente, así anudó el más valiente la rota conversación:
Aunque ignoramos la ley, origen de esta querella, juro a Dios vivo que en ella lleva la razón mi rey.
¿Y por qué? Porque es el mío. ¡Qué salida de pavana! La justicia es de quien gana.
De tu ignorancia me río. ¡Pues cuántos que han hecho eternos sus nombres con la victoria, no han ido a gozar la gloria de su triunfo a los infiernos!
Considera lo que dices, porque estoy ardiendo en ira.
¡No me alces el gallo!... ¡Mira que te rompo las narices!— Y, fieros y cejijuntos, a combatir empezaron de nuevo, ¡y no se mataron... porque ya estaban difuntos! Diéronse golpes crueles, hasta que, hueca y ufana, llegó la Locura humana sonando sus cascabeles. Puso paz entre los dos, y dijo con desenfado: —¿Qué es esto? ¿Habéis olvidado que sois imagen de Dios? Tal vez la inmortalidad con justo título esperen los que por la patria mueren, por Dios, por la libertad. Pero que el hombre sucumba en conquistadora guerra, cuando siete pies de tierra le bastan para su tumba; o que, en lucha fratricida, entre, sin saber quizá ni por qué la muerte da, ni por qué pierde la vida; esto mi paciencia apura; y cuantas veces lo veo, aunque soy Locura, creo que es demasiada locura.—