Versos Spanish Gaspar Núñez de Arce Profanación

Spanish poem

Profanación

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Como el radiante sol cuando declina, la vida con sus últimos reflejos nuestros fríos recuerdos ilumina, y vemos todos al llegar a viejos, el muerto bien que la memoria guarda más rico de color cuanto más lejos. Hoy que la edad me postra y acobarda, mi pasada ilusión cruza furtiva, al través de los años más gallarda. ¡Oh visión misteriosa y fugitiva, que remontaste apresurada el vuelo al centro de la luz eterna y viva! ¡Oh Blanca mía! ¡Oh Blanca de Castelo, a mis ojos tan casta y luminosa como las mismas vírgenes del cielo! Resplandecían en tu faz hermosa el ampo de la nieve inmaculada y el matiz perfumado de la rosa. Y era tanto el poder de tu mirada, tan intensa su luz, que sus destellos penetraron en mí como una espada. Coronaban tu frente los cabellos como rayos de sol entretejidos, para que el alma se prendiera en ellos. Y estaban mis potencias y sentidos suspensos del aliento de tu boca, tierno regazo de ósculos dormidos. Te vi y te amé con la pasión más loca que puede contener el alma humana cuando en la altura de sus sueños toca. ¡Cuántas veces al pie de tu ventana, siempre cerrada para mí, llorando me sorprendió la luz de la mañana! Jamás tu acento melodioso y blando dio forma a una promesa lisonjera, y entre el cariño y el temor luchando, a un tiempo mismo generosa y fiera, parecían decir a mi deseo tus ojos: —¡nunca! —y tu silencio: —¡espera! ¡Ay, qué terrible incertidumbre! Creo que es menor la ansiedad, menor la duda con que el fallo mortal aguarda el reo. Mas siempre, siempre en la contienda ruda de mi invencible amor, sombra querida, te hallé a mi ruego impenetrable y muda. ¡Qué miserable vida fue mi vida! Brotaban los sollozos de mi pecho como estalla la llama comprimida. Y de noche, agitándome en el lecho, de día, persiguiéndote incesante con la torpe insistencia del despecho, cuanto menos querido, más amante, miraba transcurrir, ardiendo en ira, como un siglo de angustias cada instante. ¡Qué solitario y tétrico suspira el corazón que osado se levanta y en su delirio a lo imposible aspira! La esperanza del hombre es arpa santa: pulsa la fe sus cuerdas, y sublime en medio del dolor, preludia y canta. Mas si con mano bárbara le oprime el vil recelo, estéril y cobarde, en medio del placer, se rompe y gime. Haciendo de mi amor público alarde por las calles de Palma te seguía una tarde de Abril. ¡Qué hermosa tarde! El sol su excelsa majestad hundía en el seno del mar, con sus fulgores arrebolando el término del día, y llenaban el aire esos rumores que despiertan, abriendo su capullo a los besos del céfiro, las flores. De las palomas el sentido arrullo, el sonoro bullir de las corrientes, del viento y de las hojas el murmullo, todo inspiraba al.corazón ardientes y tenaces deseos; todo amaba, auras y flores, pájaros y fuentes. En árabe corcel, que levantaba nubes de polvo al estampar su huella, y el duro freno indómito tascaba, en pos de ti, que pudorosa y bella recatabas la faz, con paso lento iba yo a impulsos de mi negra estrella Súbito, arrebatado pensamiento turbó mi juicio y removió las heces de mi amargo pesar y mi tormento; recordé con furor tus esquiveces, sentí en el corazón la mordedura de la sospecha ruin, una y mil veces, y descompuesto, ciego, en mi locura al inquieto corcel piqué la espuela, para alcanzar por fuerza mi ventura. Tú, como el ave que azorada vuela, lanzaste un grito de terror, el grito de la honrada virtud que se rebela. Sin duda el hondo torcedor maldito que excitaba mi afán y mis enojos debiste ver en mi semblante escrito, porque cayendo atónita de hinojos, rígida y sin color como una muerta volviste a mí los espantados ojos. —La calle estaba, por tu mal, desierta,— y ya creía en mi febril anhelo fácil el triunfo y mi ventura cierta, cuando de pronto, alzándote del suelo, hacia una iglesia gótica cercana avanzaste veloz, clamando al cielo. Muda de asombro y confusión la anciana que te seguía, penetró contigo en la augusta basílica cristiana, y yo ¡insensato! —con horror lo digo— provocando de Dios el justo fallo al bruto indócil apliqué el castigo; hizo sonar su endurecido callo en las losas del atrio, y de repente dentro del templo me encontré a caballo. Lo que entonces pasó, no habrá quien cuente: sé que al verme llegar pálido y fiero corrió sordo rumor entre la gente; que trastornado yo, pero altanero, en torno las miradas revolvía, acariciando el puño de mi acero, y que con pompa abrumadora y fría un helado cadáver en la cumbre del enlutado túmulo yacía. De los blandones la rojiza lumbre reverberando en los bordados de oro, el pasmo de la absorta muchedumbre; de la terrible música el sonoro raudal, que con los rezos confundido, inundaba la nave desde el coro; el ronco Miserere, ese gemido de nuestra vanidad, que brilla apenas para caer en perdurable olvido; todo, mezclado con mis propias penas, condenaba mi intento temerario y el calor apagaba de mis venas. Me pareció que de su obscuro osario alzábanse los muertos con estruendo, envueltos en su fúnebre sudario. Helóseme la sangre, y revolviendo con ímpetu el rendal, gané la puerta, de mi conciencia amedrentada huyendo lívido el rostro y la mirada incierta.

Miserere