Versos Spanish Gaspar Núñez de Arce Si Es Cierto Que La Pena Compartida

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Si Es Cierto Que La Pena Compartida

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Si es cierto que la pena compartida llega a calmarse, porque el llanto ajeno es para el triste bálsamo de vida; si es verdad ¡ayl que el afligido seno, cuando piedad encuentra y blando abrigo, más reposado late y más sereno; permite ¡oh Portugal! que un pueblo amigo, ante la humilde tumba de Herculano, mostrándote tu amor, llore contigo. ¡Ya no existe el poeta! Pero en vano querrá la muerte arrebatar la gloria del más insigne genio lusitano. El con su ciencia engrandeció la Historia, él exaltó la santa poesía, y él impondrá a los siglos su memoria. Cantor de vigorosa fantasía, pulsó inspirado el Arpa del Creyente y amó la libertad. ¡Quién no ama el día! N o dobló el yugo del temor su frente, ni la lisonja vil manchó su labio, ni abatió al débil, ni ensalzó al potente. De la austera verdad en desagravio, se opuso a la invasión de la mentira con fe de artista y convicción de sabio. Enérgico y tenaz, pero sin ira, combatió en pro de su fecunda idea con la voz, con la espada y con la lira. Harto ya de luchar, buscó en la aldea la dulce calma, el apacible encanto que perdió en el fragor de la pelea, y hoy en rústico y pobre camposanto sus restos guarda honrada sepultura, que el pueblo portugués riega con llanto. ¡Feliz el alma que al romper su obscura cárcel, de eterno lauro coronada, vuelve al seno de Dios intacta y pura! ejemplo sea nuestra Edad menguada, en que más de un ingenio peregrino en el fango del mundo se degrada, y contrariando su inmortal destino, como ramera sin pudor, ofrece al éxito brutal su estro divino. ¡Ah! grande podrá ser, mas no merece loa ni encomio el pensamiento humano que se humilla, y se arrastra, y se envilece. ¿Quién al águila audaz, que el soberano vuelo remonta, comparar podría con el reptil inmundo del pantano? ¡Oh religión del arte! ¡Oh Poesía! ¡Comunión de las almas cuando llevas la paz, el bien y la razón por guía! ¡Cuando contra la infamia te sublevas, y con no usada majestad, el vuelo hasta el principio de la luz elevas! Pliega tus alas en señal de duelo, y ante esa pobre tumba deposita tu más preciada flor: ¡la fe en el cielo! Rinde esa ñor, que nunca se marchita, ¡ay! a quien solo, sí, mas no olvidado, duerme a la sombra de la cruz bendita. A quien fue por tu numen exaltado, de rica inspiración raudal fecundo y tu apóstol al par que tu soldado. Rompe el silencio lóbrego y profundo que cubre el polvo desligado y frío del que llevaba en su cerebro un mundo. ¡Ay! ya ese mundo estéril y sombrío no animarán los sueños de la vida: ¡ya no le animarán! ¡Está vacío! Mas bastan a su fama esclarecida las altas creaciones del poeta, do su gran alma nos dejó esculpida. ¡Cuan bien nos pinta la inquietud secreta del sacerdote que consigo mismo combate sin cesar como un atleta! (1), ¡que ama y lucha a la vez con heroísmo; y ve rodar sin gloria ni esperanza su patria y su virtud hacia el abismo! Cuando esparciendo e! odio y la matanza, la morisma feroz salva el Estrecho y cual torrente incontrastable avanza ante el imperio gótico deshecho, la pasión insensata que le oprime, con sacrilego ardor le abrasa el pecho. Y llora, y tiembla, y se retuerce, y gime, y sólo a costa de la inútil vida de sus perpetuos votos se redime. ¡Cayó en el campo del honor! La herida anticipó su fin; pero él llevaba la muerte en sus entrañas escondida. ¡Ay! ¿En qué corazón, rugiente y brava, no estalla, en horas de incurable duelo, la rebelión de la materia esclava? ¿A quién, alguna vez, con hondo anhelo la sed de lo imposible no le acosa? ¿Quién no ha soñado en escalar el cielo? Surge después la imagen luminosa del arquitecto Alfonso, que en su extrema y ciega ancianidad, aun no reposa (2). Le designó la voluntad suprema para labrar maravilloso templo, y es forzoso, que acabe su poema. De su viril constancia ante el ejemplo, ¡con cuánta angustia de la Edad presente, la vergonzosa indecisión contemplo! Incrédula, dudosa, indiferente, lidia sin fe, sin convicción se agita, y no acierta a explicarse lo que siente. Ya con sordo fragor se precipita, como el alud del monte, ya asustada los hierros del esclavo solicita. Sigue rebelde o sierva su jornada, y más que al ruego, al látigo obedece, ¡ay! cuando no vencida, fatigada. Ante esa sociedad que desfallece, del inspirado artista la figura ¡cuán excelsa a mis ojos resplandece! Lleno de genio, edificar procura alta y extensa bóveda, que sea terror y pasmo de la edad futura. Acariciando su arriesgada idea, cual padre cariñoso, con tranquila majestad se consagra a su tarea. El pueblo se estremece y horripila al comprender su temerario empeño, y él mismo alguna vez duda y vacila. —¿No pudiera, en verdad, ser el diseño de la atrevida y portentosa nave, la irrealizable concepción de un sueño? ¿Acierta? ¿Se equivoca? ¡Quién lo sabe! Todos son juicios, cálculos y asombros. Pero él decide, resignado y grave, enterrar su vergüenza en los escombros y si decreta Dios la infausta ruina, recibirla impertérrito en sus hombros. ¡Dichoso ciego a quien la fe ilumina! Su ardor redobla en la animosa empresa, y la admirable fábrica termina. Derríbase, por fin, la selva espesa de cimbras y pilares, y el espanto es en todos mayor que la sorpresa. Quedó desierto el templo sacrosanto, y el noble viejo en éxtasis divino, con sus ojos sin luz, mas no sin llanto, solo, abstinente, orando de contino, vivió esperando hasta el tercero día la catástrofe horrenda que no vino. Y la imponente nave todavía, inmóvil cual granítica montaña, el furor de los siglos desafía. ¡Oh anciano ilustre, tu sublime hazaña, de la dura labor a que se entrega nuestra razón, el simbolismo entraña! Aunque cansada del trabajo y ciega, obediente a las leyes que la rigen, sin cesar edifica, y no sosiega. Dóciles a su voz desde su origen, los pueblos con ruidosa incertidumbre el monumento de su gloria erigen. Teme a veces la ignara muchedumbre que la nave espaciosa venga al suelo, vencida de su inmensa pesadumbre; mas la razón serena y sin recelo sabe bien que en sus ejes de diamante segura está la bóveda del cielo. N o caerá, no, porque el varón constante deseche el miedo, y con afán profundo en alas de la ciencia se levante. ¡Ah! si hubiese cedido al infecundo pavor que nuestras almas encadena, Colón no hubiera descubierto un mundo. La duda nuestros ímpetus refrena, abre anchuroso cauce al egoísmo, y sólo funda en movediza arena. ¡Pero no es fácil resistir! Yo mismo, que deploro su mal, mis horas paso incierto entre los cielos y el abismo. Herido a un tiempo por el brillo escaso de un moribundo sol, que lentamente va cayendo en las sombras del Ocaso, y por la tibia aurora que en Oriente empieza a despuntar, también vacilo, y apenas sé donde posar mi frente. ¡Ay! ¿Quién puede, con ánimo tranquilo, dar la triste y postrera despedida al dulce hogar que le sirvió de asilo? Mas, ¡basta ya de indecisión! La vida se engrandece al calor de otras ideas que nos muestran la tierra prometida, y en ciudades, y en campos, y en aldeas resuena el coro universal que canta a la naciente luz: —¡Bendita seas! Tu fulgor, que los orbes abrillanta, sólo a la negra noche, engendradora de monstruos y de crímenes, espanta.— ¡Quién pudiera, a los rayos de esa aurora los seres convocar que de Herculano forjó la fantasía soñadora! Pero no abrigo el pensamiento vano de animar las figuras colosales que con diestro cincel labró su mano. Las místicas angustias, las mortales ansias, los rencorosos extravíos, que él presenta patéticos y reales, rebasarían de los versos míos, si en ellos contenerlos intentara, cual de sus cauces los hinchados ríos. Mas no tan sólo en la región que avara las ficciones y fábulas encierra, se abrió camino su razón preclara. Como rayo de sol que se soterra por ocultos resquicios, e ilumina los recónditos senos de la tierra, el negro cráter, la profunda mina y la gruta de abrojos resguardada que conoce no más fiera dañina, así del vate la sagaz mirada penetró, fulgurando, en los obscuros y hondos abismos de la Edad pasada. Y descifrando en los ciclópeos muros de tan lóbregos antros, los inciertos signos para allegar datos seguros, buscaba en los sepulcros entreabiertos de los tiempos antiguos, la memoria casi perdida de los siglos muertos. Si cuando atormentado por la gloria, con animoso espíritu escribía del pueblo portugués la épica historia, la fanática y torpe hipocresía, medrosa de la luz, no hubiese roto su pluma de oro, en que irradiaba el día; si en medio del frenético alboroto de envidiosas calumnias, él no hubiera hecho de enmudecer solemne voto; el monumento que con fe sincera quiso alzar a la patria su erudito y vasto ingenio, perdurable fuera. Fuera como esas moles de granito en que pueblos gigantes que no existen, sus ya ignorados fastos han escrito. ¿Do sus glorias están? ¿En qué consisten? ¿Qué resta de ellos en el mundo? Nada: las pirámides sólo, que aún resisten. Esa Historia, entre tantas celebrada, del egregio Herculano obra maestra, ¡ay! quedará por siempre inacabada. Pero tan raras perfecciones muestra, que es, y será en los siglos venideros gloria de Portugal... ¡y también nuestra! ¿Por ventura los débiles linderos que la discordia entre nosotrcs puso, han roto nuestros vínculos primeros? Hermanos son el español y el luso, un mismo origen su destino enlaza, y Dios la misma cuna los dispuso. Mas aunque fuesen de enemiga raza, la generosa tierra en que han crecido con maternal orgullo los abraza. ¿A quién importa el rumbo que han seguido? Dos águilas serán de opuesta zona, que en el mismo peñón hacen su nido. Ese sol que los sirve de corona, con torrentes de luz sus campos baña y sus frutos idénticos sazona. Juntos pueblan los términos de España, y parten ambos con igual derecho el mar, el río, el llano y la montaña. Cuando algún invasor, hallando estrecho el mundo a su ambición, con ellos cierra, la misma espada los traspasa el pecho. El mismo hogar defienden en la guerra, el mismo sentimiento los inspira, cúbrelos al morir la misma tierra, y tan unidos la razón los mira, como los fuertes dedos de una mano y las cuerdas vibrantes de una lira. ¡Ay! cuando luchan con rencor tirano, pregunta Dios al vencedor impío: —¡Caín, Caín, qué hiciste de tu hermano! Juntos mostraron su indomable brío en lid reñida, infatigable y fiera, contra un poder despótico y sombrío. Y juntos alzarán, cuando Dios quiera poner fin a su mutua desventura una patria, una ley y una bandera. Por eso ante la humilde sepultura que guarda al más insigne de tus hijos, España ¡oh Portugal! su Danto apura, y en ti sus nobles pensamientos fijos, acude ansiosa a consolar tus penas; pero no a compartir tus regocijos. Podrá el recelo ruin, si no le enfrenas, hacer que el odio entre nosotros cunda, y no luzcan jamás horas serenas; podrá impedir nuestra unidad fecunda; mas no evitar que mi patria el llanto con el que tú derrames se confunda. ¡No lo conseguirá! ¡No puede tanto!

Arpa del Creyente