Versos Spanish Gaspar Núñez de Arce Tristezas

Spanish poem

Tristezas

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Cuando recuerdo la piedad sincera con que en mi edad primera entraba en nuestras viejas catedrales, donde postrado ante la cruz de hinojos alzaba a Dios mis ojos, soñando en las venturas celestiales; Hoy que mi frente atónito golpeo, y con febril deseo busco los restos de mi fe perdida, por hallarla otra vez, radiante y bella como en la edad aquella, ¡desgraciado de mí! diera la vida. ¡Con qué profundo amor, niño inocente, prosternaba mi frente en las losas del templo sacrosanto! Llenábase mi joven fantasía de luz, de poesía, de mudo asombro, de terrible espanto. Aquellas altas bóvedas que al cielo levantaban mi anhelo; aquella majestad solemne y grave; aquel pausado canto, parecido a un doliente gemido, que retumbaba en la espaciosa nave; Las marmóreas y austeras esculturas de antiguas sepulturas, aspiración del arte a lo infinito; la luz que por los vidrios de colores sus tibios resplandores quebraba en los pilares de granito; Haces de donde en curva fugitiva, para formar la ojiva, cada ramal subiendo se separa, cual del rumor de multitud que ruega, cuando a los cielos llega, surge cada oración distinta y clara; En el gótico altar inmoble y fijo el santo crucifijo, que extiende sin vigor sus brazos yertos, siempre en la sorda lucha de la vida, tan áspera y reñida, para el dolor y la humildad abiertos; El místico clamor de la campana que sobre el alma humana de las caladas torres se despeña, y anuncia y lleva en sus aladas notas mil promesas ignotas al triste corazón que sufre o sueña; Todo elevaba mi animo mi ánimo intranquilo a más sereno asilo: religión, arte, soledad, misterio... todo en el templo secular hacía vibrar el alma mía, como vibran las cuerdas de un salterio. Y a esta voz interior que sólo entiende quien crédulo se enciende en fervoroso y celestial cariño, envuelta en sus flotantes vestiduras volaba a las alturas, virgen sin mancha, mi oración de niño. Su rauda, viva y luminosa huella como fugaz centella traspasaba el espacio, y ante el puro resplandor de sus alas de querube, rasgábase la nube que me ocultaba el inmortal seguro. ¡Oh anhelo de esta vida transitoria! ¡Oh perdurable gloria! ¡Oh sed inextinguible del deseo! ¡Oh cielo, que antes para mí tenías fulgores y armonías, y hoy tan oscuro y desolado veo! Ya no templas mis íntimos pesares, ya al pie de tus altares como en mis años de candor no acudo. Para llegar a ti perdí el camino, y errante peregrino entre tinieblas desespero y dudo. Voy espantado sin saber por dónde; grito, y nadie responde a mi angustiada voz; alzo los ojos y a penetrar la lobreguez no alcanzo; medrosamente avanzo, y me hieren el alma los abrojos. Hijo del siglo, en vano me resisto a su impiedad, ¡oh Cristo! Su grandeza satánica me oprime. Siglo de maravillas y de asombros, levanta sobre escombros un Dios sin esperanza, un Dios que gime. ¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena faz, de consuelos llena, alumbra y guía nuestro incierto paso. Es otro Dios incógnito y sombrío: su cielo es el vacío, Sacerdote el error, ley el Acaso. ¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso un siglo más inmenso, más rebelde a tu voz, más atrevido; entre nubes de fuego alza su frente, como Luzbel, potente; pero también, como Luzbel, caido. A medida que marcha y que investiga es mayor su fatiga, es su noche más honda y más oscura, y pasma, al ver lo que padece y sabe, cómo en su seno cabe tanta grandeza y tanta desventura. Como la nave sin timón y rota que el ronco mar azota, incendia el rayo y la borrasca mece en piélago ignorado y proceloso, nuestro siglo—coloso con la luz que le abrasa, resplandece. ¡Y está la playa mística tan lejos!... a los tristes reflejos del sol poniente se colora y brilla. El huracán arrecia, el bajel arde, y es tarde, es ¡ay! muy tarde para alcanzar la sosegada orilla. ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno, a todo yugo ajeno, que al impulso del vértigo se entrega, y a través de intrincadas espesuras, desbocado y a oscuras avanza sin cesar y nunca llega. ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano en vano lucha, en vano su ley oculta y misteriosa infringe. En la lumbre del sol sus alas quema, y no aclara el problema, ni penetra el enigma de la Esfinge. ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto que tu poder no ha muerto! Salva a esta sociedad desventurada, que bajo el peso de su orgullo mismo rueda al profundo abismo acaso más enferma que culpada. La ciencia audaz, cuando de ti se aleja, en nuestras almas deja el germen de recónditos dolores. Como al tender el vuelo hacia la altura, deja su larva impura el insecto en el cáliz de las flores. Si en esta confusión honda y sombría es, Señor, todavía raudal de vida tu palabra santa, di a nuestra fe desalentada y yerta: —¡Anímate y despierta! Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—