Spanish poem
Todas Las Tardes, Cuando El Sol Declina
Todas las tardes, cuando el sol declina en brazos del misterio, una mujer llorosa se encamina al santo cementerio. Con tosco y miserable desaliño, tocas de luto viste, lleva de la mano a un pobre niño descalzo, enfermo y triste. paso torpe y trémulo apresura marchando silenciosa hacia la solitaria sepultura en que su amor reposa. ¡Ay! su semblante tétrico y sombrío, su atónita mirada reflejan el dolor y el desvarío de un alma destrozada. Al pie del nicho desarruga el ceño, detiene su carrera, llama en la losa con tenaz empeño, y espera, espera, espera... El niño tiembla. La impaciente loca que a un tiempo reza y gime, que el dulce nombre del esposo invoca con ansiedad sublime, golpea el mármol sepulcral, y el eco sordamente retumba con lúgubre gemido, desde el hueco de la cerrada tumba. Y la infeliz mujer, en son de queja grita: —¿dónde estás, dónde?— Rompe en sollozos, y por fin se aleja diciendo al niño: —¿Ves? No me responde.—
¡Ah, no le llores más! ¿Por qué el ingrato, por qué, si te quería, abandonó tu cariñoso trato, tu blanda compañía, la santa paz de la familia, el culto de sus tranquilos lares, para excitar en medio del tumulto las iras populares? Siempre deja en su bárbaro extravío la inquieta muchedumbre, más de un amante corazón vacío, más de un hogar sin lumbre. ¿Por qué no recordó cuando inhumano a su rencor cediendo, corrió a verter la sangre de su hermano en el combate horrendo, que cuantos en la lucha sucumbían, ante el peligro fijos por la voz del deber, como él tendrían madres, esposas, hijos? ¿Por qué no recordó que un pueblo libre, ni límite ni coto pondrá a sus desventuras, mientras vibre el arma en vez del voto? ¡Ah, no le llores más! No lo merece. No sufras ni batalles. El que mancha con sangre, el que envilece por plazas y por calles la augusta libertad, el que furioso apela al hierro insano, no es tierno padre, ni sensible esposo, ni honrado ciudadano.