Versos Spanish Gertrudis Gómez de Avellaneda Mansa, Cristalina Fuente

Spanish poem

Mansa, Cristalina Fuente

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Mansa, cristalina fuente Que brotas de peña dura; Y cual cendal transparente Extiendes tu linfa pura Sobre la yerba naciente. Del mármol bello y pulido Donde otro tiempo gemías Te escapas con manso ruido, Y por el prado florido Caprichosa te extravías, Cubre la yedra en festones Su delfín abandonado, Que ya no da direcciones En libres ondulaciones A tu raudal argentado. Tu templo y tu sombra, Fuente, Son estas hayas sombrías, Que inclinadas tristemente Tienen en tus ondas frías Su copa seca pendiente. La flor de otoño caída Ruga tu seno ligero; De verde musgo vestida Está la orilla comida De tu viejo surtidero. Mas tú sigues no cansada Tu carrera presurosa... Así el alma generosa Desconocida, olvidada, Aun se muestra bondadosa. Sobre tu copa inclinada Miro filtrar cual rocío Ese aljófar delicado En el peñasco sombrío, Por ti bruñido y gastado. Y oigo tu gota armoniosa Desprenderse, y resonar, Como una voz melodiosa Que se interrumpe medrosa Un suspiro al exhalar. Con esta voz conocida Se despiertan halagüeñas De mi juventud florida Las imágenes risueñas, Y una memoria querida. ¡Oh, cuántas veces me viste Fuente, tu orilla buscar, Y mi compañera fuiste, Ora dichoso, ora triste, Para gozar o llorar! De aquel tiempo ya olvidado iCuántos preciosos momentos Tu murmullo ha renovado! ¡Cuántos tristes pensamientos Con tus ondas han pasado! Si; yo soy el que otro día Suelto el cabello de oro, A tus orillas corría, Y en mi mano recogía De tu raudal el tesoro. Yo soy el que reclinado Bajo dosel de verdura Miré flotar extasiado Mas sueños ¡ay! de ventura Que gotas has derramado. De aquella edad seductora El horizonte traidor Brilla cual plácida aurora, Que la blanca nube dora Que velará su esplendor. De la tempestad batido, Ausencia o muerte llorando Más tarde me has conocido, La triste frente apoyando En tu peñón denegrido. Y sin verte te miraba, Y de mis ojos corría Llanto que el pecho brotaba, Que en tus cristales caía, Y su pureza enturbiaba. Para exhalar sus gemidos Te buscaba el corazón, Porque tus ecos queridos Tornaban a los oídos Los ayes de mi aflicción. Y ahora vengo todavía Por el instinto guiado Que me condujo otro día, Para escuchar la armonía De tu raudal despeñado. Los delirios de mi mente No siguen fugaces ya Tu caprichosa corriente, Como esas hojas que va Precipitando al torrente. Mas tu voz escuchan ellos; El mundo les importuna... Bajo estos árboles bellos Se acogen a los destellos De la amarillenta luna; Y olvidando tu carrera Y su término forzoso, Sube mi mente ligera Hacia la causa primera De tu origen misterioso. De las nubes hija hermosa Te veo en leve vapor Ora rodar tormentosa Ora filtrar amorosa En el cáliz de la flor. En su abismo tu tesoro Devora la peña ardiente, Y el prado por cada poro Va sorbiendo ávidamente Gota por gota tu lloro. ¡Filtras perla virginal En el crisol misterioso De do vuelve tu raudal Puro, fúlgido y hermoso, Al azul del cíelo igua! De tu apacible carrera Se muestra el desierto ufano, Te canta el ave parlera, Y el hombre ansioso te espera En el hueco de su mano. Cual la brisa matutina Un soplo puro derramas Con tu linfa cristalina, Y tiende la añosa encina Para abrazarte sus ramas. ¡Ah! yo la mano potente De Dios en tus aguas miro; Que tu caprichoso giro Es un juego solamente Del alto poder que admiro. Oye el alma con ternura Tu murmullo inspirador; Que el afecto de natura Es la ofrenda que más pura Puedo ofrecer a su autor. A cada suave vagido De tu ligera corriente, En mi pecho conmovido Lo revela dulcemente No sé que acento escondido. Y cual de tu cáliz colmado Se escapa tu onda ligera, Por los afectos hinchado Arroja mi pecho fuera Un sentimiento sagrado. Y exhala el labio oprimido Sumisa, ardiente plegaria, Y al ser que adoro, rendido Tríbuto el llanto, vertido En el ara solitaria. Así me ves, Fuente pura, Seguir tu rumbo suave: ¡Todo cambia en la natura! ¡Pierde el campo su verdura! ¡Pierde su plumaje el ave! Cubrirá cabello cano Acaso pronto mi sien, Y en tus orillas mi mano Cortará el ramo lozano Que me sirva de sostén. Y por tu curso enseñado, Aquí a tu margen querida, En el musgo reclinado, Veré correr sosegado A su término mi vida. Y gota a gota corriendo Irán esas ondas frías En su sepulcro cayendo, Y las seguirán mis días Rápidos también huyendo. ¿Cuántos me restan? ¡oh fuente! ¿Qué importa? los dos marchamos: Sigue, sigue tu corriente; Que por ruta diferente Al propio término vamos.