Versos Spanish Ignacio Manuel Altamirano Basilio Esos Bosques De Ilamos Y De Palmas

Spanish poem

Esos Bosques De Ilamos Y De Palmas

by

Listen in the reader

Esos bosques de ilamos y de palmas Que refrescan las ondas murmurantes Del cristalino Técpam, al cansado Pero tranquilo labrador convidan En los ardores de la ardiente siesta A reposar bajo su sombra grata, Que él si podrá sin dolorosa lucha Libre de afanes entregarse al sueño. Mas yo que el alma siento combatida De tenaces recuerdos y cuidados Que sin cesar me siguen dolorosos, Olvido y sueño con esfuerzo inútil, En vano procuré. La blanda alfombra De césped y de musgo, horrible lecho De arena ardiente y de espinosos cardos Fue para mí. De la inquietud la fiebre Me hace de allí apartar, y en mi tristeza, Vengo a buscar las solitarias dunas Que el ronco tumbo de la mar azota. Esta playa que abrasa un sol de fuego, Esta llanura inmensa que se agita, Del fiero Sud al irritado soplo, Y este cielo do van espesas nubes Negro dosel en su reunión formando Al infortunio y al pesar convienen. Aquí, los ojos en las ondas fijos, Pienso en la Patria ¡ay Dios! Patria infelice, De eterna esclavitud amenazada Por extranjeros déspotas. La ira Hierve en el fondo del honrado pecho Al recordar que la cobarde turba De menguados traidores, que en malhora La sangre de su seno alimentara, La rodilla doblando ante el injusto, El más injusto de los fieros reyes Que a la paciente Europa tiranizan, Un verdugo pidiera para el pueblo, Que al fin cansado rechazó su orgullo. Vencidos en el campo del combate A pesar de su rabia, por las huestes Que la divina Libertad exalta, Su dominio impostor aniquilado Por la verdad que al fin esplendorosa Tras de la noche del terror alumbra. Sacrilegos alzando en los altares Con la cruz del profeta de los pueblos El pendón de la infame tiranía, Y allí sacrificando, no a la excelsa, No a la santa virtud, sino al odioso Ídolo de Moloc de sangre lleno, Vampiro colosal que no soñara La barbarie jamás, en esos siglos De crimen y de error que las tinieblas De antigüedad lejana nos ocultan. Nunca hiciera procaz el sacerdocio De la mentida religión pagana, Tantos, al pueblo, desastrosos males, Como el que sirve al Dios de las virtudes De México infeliz en los santuarios. Que los dioses de Menfis y de Tebas El horror a Cambises predicaban, Y aquel acento que inspiraba en Delfos La voluntad del servidor de Apolo El valor de la Grecia sostenía Contra el terrible Persa, que su imperio Sobre innúmeros pueblos extendiera, Y aquel acento prometió la gloria De Maratón, Platea y Salamina Y la acción de Leónidas admirable. El Capitolio o Cannas deplorando, Al africano con su voz contuvo; Del templo de Israel salió radioso Para triunfar el bravo Macabeo Y de los Druidas la sagrada encina Miró a sus pies las águilas de Varus. ¿Quién no admira al teopixque valeroso En el templo mayor del Marte azteca Convocando al sonar del cuerno sacro De Acamapich a los heroicos hijos, A defender el moribundo imperio? ¿Quién no ve del imán la mano airada Dirigiendo el alfanje del creyente Sobre el fiero francés que oprime el Cairo? ¿Quién no olvida del monje el fanatismo El dos de Mayo, al recordar sus iras Y al mirarle después en Zaragoza Sobre el montón de escombros humeantes? Solo tú, sacerdocio descreído, Llamas al invasor y lo encaminas Y lo recibes en tapiz de flores. Y alabanzas le entonas sobre el campo Que aún empapa la sangre de los héroes Que el honor de la Patria defendieron, Y que riega con lágrimas, el hijo Digno de una nación desventurada. ¡Y aun sacrílego invocas todavía En favor del verdugo que llamaste, En sacrificio odioso, las divinas Bendiciones de Dios, como si el alto Y omnipotente Ser a tanta mengua A tu clamor infame, descendiese! Y después, las cadenas que forjaste Ofreces al tirano, en tu venganza, Cobarde y vil, soñando con la eterna Esclavitud de México, ominosa. ¿Y es posible, gran Dios, que tal permitas? ¡Ali sacerdocio! A mi infelice pueblo ¿De qué espantoso infierno le arrojaran? Y a México jamás ¿qué bien hiciste? Es el oro tu Dios, tus templos antros Do enseñas la traición ¡maldito seas! Tu nombre manchará baldón eterno Y horror será del espantado mundo. El alma misma del francés patriota Con profundo desprecio te contempla. ¡Santo amor de la Patria! tú que animas Los pechos todos ¿te repugna acaso El alma negra y vil del sacerdote Que allí no ardió jamás tu puro fuego? ¡Digna alianza del crimen! los magnates Que tantos años hace, envilecidos, Ante el corcel de sangre salpicado De los sátrapas todos, se prosternan, Vienen también mostrando halagadores En el marchito seno de sus hijas Su tributo humillante y oprobioso; Y sus frentes manchadas con el limo De todas las vergüenzas, inclinando Delante del francés, parias le rinden. ¡Cómo abrigan las águilas francesas Bajo sus alas que meció la gloria Y sólo dan su sombra a los valientes, A esos bandidos que rechaza airada Doquier la humanidad! Nunca los bosques De la áspera Calabria, ni la arena Del árabe desierto, ni las torvas Soledades del Norte, que ligero Cruza el indio feroz, vieran un día, Tantos delitos bárbaros y horribles Cual cometieran en su infanda lucha En mi Patria infeliz, los despiadados Guerreros de la cruz y de la iglesia! ¡Francia! País de corazón tan grande, De pensamiento generoso y libre, Tú que alumbraste al mundo esclavizado Y soplaste al alma de los pueblos, En los modernos siglos, ese odio Que va minando el trono de los reyes; Tú que llevando escrita en tus banderas Con sangre y luz, la libertad del mundo, En su solio espantaste a los tiranos, Y en su altar sepultaste al fanatismo: Tú que recuerdas con tremenda ira Las orgías del inglés en tus hogares, Y el insultante grito del cosaco Al pisar el cadáver del imperio, ¿Cómo vienes ahora en tus legiones El lábaro feroz de la ignorancia Y de la injusta y negra servidumbre A un pueblo libre que te amó, trayendo? ¿Tu misión olvidaste con tu historia Y manchas tus blasones, despreciando Tu pura fama, al interés vendida? ¿Es que existen naciones, como existen Embusteros profetas, que fingiendo Sacrosanta virtud, al cielo ultrajan, Borrando el hecho lo que dijo el labio? Yo te miro república naciente Ahogar la débil libertad de Roma; Yo te miro después apresurada Dar un abrazo a Austria sobre Hungría; Yo te miro más tarde abandonando De los zares al fiero despotismo La suerte ¡ay! de la infeliz Polonia, Y voy a maldecirte... y me detengo, No eres tú, no eres tú, pueblo grandioso Que a la divina Libertad consagras Dentro tu corazón ardiente culto, Sino el tirano odioso que te oprime Raquítico remedo de aquel hombre Colosal que cayó, cuya grandeza De escaño sirve y pedestal y asilo A la ambición del mísero pequeño. Tal el nombre de César y de Augusto Tiranos, sí, más grandes, elevara La obscura mezquindad de Cayo el loco Del imbécil Claudio y de Enobardo infame. Tú gimes, tú también, pueblo de libres Encadenado ahora al solio férreo Que tu paciencia sufre y abomina; Mas su injusticia y su furor acusan El grito de tus nobles desterrados Y la voz varonil de tus tribunos Y la cólera santa que te agita. En tanto, de mi Patria los fecundos Campos abrasa el fuego de la guerra; Gimen sus pueblos y la sangre corre En los surcos que abriera laborioso El labrador que con horror contempla El paso de tus huestes destructoras. Ruge el cañón y con su acento anuncia La elevación de un rey en esta tierra De la América libre, cuyo jugo, Es veneno letal a los tiranos, Y esta nueva desgracia, todavía Mi triste patria a tus soldados debe. El trono del Habsburgo se levanta Sobre bases de sangre y de ruina, ¿Cómo existir podrá, si sus cimientos El amor de los pueblos no sostiene? Su ejército servil corre furioso, A sangre y fuego su pendón llevando; La falacia precede tentadora, Que a las almas mezquinas avasalla; Y se diezman del pueblo las legiones, Y los pechos menguados desfallecen, Y en el cielo parece que se eclipsa ¡De libertad la fulgurante estrella! ¡Solemne instante de angustiosa duda Para el alma de cieno del cobarde! ¡Solemne instante de entusiasmo fiero Para el alma ardorosa del creyente! ¡Oh no, jamás! La Libertad es grande, Como grande es el Ser de donde emana ¿Qué pueden en su contra los reptiles?

Ya encendido en el cielo el sol parece Entre nubes de púrpura brillando... ¡Es el astro de Hidalgo y de Morelos Nuncio de guerra, de venganza y gloria, Y el que miró Guerrero en su infortunio Faro de libertad y de esperanza, Y el que vio Zaragoza en Guadalupe La sublime victoria prometiendo! A su esplendor renuévanse la lucha, Crece el aliento, la desgracia amengua; La ancha tierra de México agitada Se estremece al fragor de los cañones, Desde el confín al centro, en las altivas Montañas que domina el viejo Ajusco, Del norte en las llanuras y en las selvas Fieras de Michoacán y donde corren El Lerma undoso y el salvaje Bravo; De Oaxaca en las puertas que defienden Nobles sus hijos de entusiasmo llenos Y en el áspero Sur, altar grandioso A libertad por siempre consagrado. Y en las playas que azota rudo Atlante Y en las que habita belicoso pueblo Y el Pacífico baña majestuoso. Sí, donde quiera en la empeñada lucha Altivo el patrio pabellón ondea, ¿Qué importa que el cobarde abandonado Las filas del honor corra a humillarse Del déspota a las plantas, tembloroso? ¿Qué importa la miseria? ¿qué la dura Intemperie y las bárbaras fatigas? ¿Qué el aspecto terrible del cadalso? Este combate al miserable aparta, Del desamparo el fuerte no se turba Sólo el vil con el número bravea. ¡Cuán hermoso es sufrir honrado y libre, Y al cadalso subir del despotismo Por la divina Libertad, cuán dulce!

¡Oh! Yo te adoro Patria desdichada Y con tu suerte venturosa sueño, Me destrozan el alma tus dolores Tu santa indignación mi pecho sufre. Ya en tu defensa levanté mi acento Tu atroz ultraje acrecentó mis odios, ¡Hoy mis promesas sellaré con sangre Que en tus altares consagré mi vida! El triunfo aguarda, el porvenir sonríe, Pueda el destino favorable luego, Dar a tus hijos que combaten bravos Menos errores y mayor ventura. Pero si quiere la enemiga suerte De nuevo hacer que encadenada llores Antes que verte en servidumbre horrenda Pueda yo sucumbir, ¡oh Patria mía!