Versos Spanish José Joaquín de Olmedo El árbol

Spanish poem

El árbol

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la sombra de este árbol venerable donde se quiebra y calma, la furia de los vientos formidable y cuya ancianidad inspira á mi alma un respeto sagrado y misterioso; cuyo tronco desnudo y escabroso un buen asiento rústico me ofrece; y que de hojosa magestad cubierto

es el único rey de este desierto, que vastísimo en torno me rodea; aquí mi alma desea venir á meditar; de aquí mi Musa desplegando sus alas vagarosas por el aire sutil tenderá el vuelo. Ya qual fugaz y bella mariposa por la selva florida, libre inquieta perdida, irá en pos de un clavel, ó de una rosa; ya qual paloma blanda y lastimera irá á Chipre á buscar su compañera; ya quál garza atrevida traspasará los mares, verá todos los reynos y lugares; ó qual águila audaz alzará el vuelo hasta el remoto y estrellado cielo. ¿No vés quan ricas tornan á sus playas de las Indias las naves Españolas á pesar de los vientos y las olas? Pues muy más rica tornarás, mi Musa, de imágenes, de grandes pensamientos, y de quantos tesoros de belleza contiene en sí la gran naturaleza. Y de tu largo vuelo fatigada vendrás á descanzar como á seguro y deseado puerto, á la sombra del árbol del desierto. ¡Necio de mí! ¿Qué he visto? ¡Quantas veces mejor me hubiera estado gozar en grata paz ménos curioso, de este ocio dulce, fresco y regalado,

que ver el espectáculo horroroso que la perjura Francia de su seno feraz en sediciones, en escándalo, ofrece á las naciones! ¿Dónde están esas leyes decantadas por la justicia y la equidad dictadas? ¿Mas qué aprovechan leyes sin virtudes? ¿Ni cómo las virtudes celestiales, don de Dios el mas puro y mas sagrado, han de habitar el corazón malvado de un pueblo sedicioso, cuyo xefe ambicioso, qualquier senda aunque sea toda de sangre y crímenes cubierta, la cree justa legítima segura, si oro, poder y cetro le procura! Los pueblos sabios, libres y virtuosos en el trono sentaron á las leyes, y se postraban á sus pies los reyes. Pero el tirano no: sentóse él mismo, y las leyes sagradas puso á sus pies sacrílegos postradas. Y nada perdonó para su intento: su valor, su talento, aun las virtudes mismas le sirvieron, y tenidas en máximas de estado su respetable máscara le dieron. Viose la religión inmaculada hija del cielo noble y generosa, sierva de su política insidiosa; y el grande protector de la fe santa con suma reverencia

los evangelios en Paris decora y el alcoran en el Egipto adora. ¡Qué crímenes, que males no ha dado la ambicion á los mortales! Ella sola es cual llama abrazadora que las mieses devora, mas la ambicion unida á la fortuna es torrente impetuoso, que atropellando todo se derrama, y devora las mieses y la llama. Así á los pueblos se anunció el tirano: y esta es la perspectiva aborrecida, que ofrecerá á quien ose desrollarle el lienzo ensangrentado de su vida. En el infausto y execrable día en que se vió la libertad francesa al carro vencedor en triunfo atada; quando al trono de Luis César subía en medio del tumulto y la alegría de un pueblo esclavo... Bruto ¿dónde estabas...? No es tarde aún; ven, besaré tu mano bañada con la sangre del tirano. ¡Ay! ¡que la tierra toda estremecida tiembla por donde pasa y brota sangre! ¡Qué nuevo crimen! ¡Dios! ¡O madre España, tu fe pura y entera, y tu misma virtud quanto te daña! Un corazón virtuoso,

noble, fiel, generoso, no sospecha jamás que se le engañe. ¡O traicion inaudita!... Las montañas desplómense, y en polvo se deshagan; los bramadores y hórridos volcanes humo espeso vomiten de sus vastas y lóbregas entrañas; y densas nubes de humo y polvo encubran tan gran maldad del miserable suelo, al vengador y poderoso cielo. ¡España España! ¡La amistad sagrada, la mas dulce necesidad del hombre ese placer y celestial encanto, ese lazo el más santo de las almas, no es mas que un vano nombre un nombre sin sentido, y una red que el tirano te ha tendido! Osó llamar el pérfido á tus reyes y dióles como amigos de la amistad el osculo fingido; y quando en su poder seguros fueron tratóles como viles enemigos, y expiar les hace en bárbaras prisiones el crimen de ser reyes, y Borbones. Siervos del crimen, nuestros caros reyes volvednos; sí: volvednos nuestros padres, los Dioses de la España, y venid á quitarlos en campaña. Siervos viles del crimen, acordaos de la inmortal jornada de Pavía. De allí, del mismo campo de batalla cautivo y prisionero

vió entrar Madrid vuestro monarca fiero. Imitad, si podeis, tan grande hazaña. Este es honor; y si quereis vengaros, volvednos nuestros reyes y venid á quitarlos en campaña. Los siglos pasan nuestra, gloria dura: quando á cubriros de un baldon eterno la fiel posteridad ya se apresura. ¡O Musa, tu que viste el furor de la mar estrepitosa, y los vientos horrísonos oiste, y el fracaso espantoso de las olas, tú sola pintar puedes el ardor de las armas españolas, la ira y zelo con que por todas partes va y corre la nacion precipitada guerra clamando; y á la voz de guerra, como brota la tierra y las montañas brotan gente armada á la guerra y venganza aparejada! Guerra, venganza... Oh ¡quanto á su deseo ya tarda en coronarse el Pirineo de las pérfidas huestes enemigas! Nunca el indio salvage ni el viagero, la senda en noche lóbrega perdida, tanto del sol ansiaron la salida, como impaciente el español espera mirar la luz primera que le reflexe el enemigo acero. ¡O que sed tan violenta de tu sangre le abraza y atormenta...!

Ya en el campo de Marte sanguinoso le hará ver que en España, para vengar la afrenta de Dios, del rey y de la patria santa, cada hombre es un soldado, y que cada soldado es un Pelayo, cada pecho un broquel cada arma un rayo. Dios santo y poderoso, brazo virtud y gloria en la pelea, tú que tocas el monte y luego humea, tú que miras la tierra y se estremece, toca y mira ese pueblo que en su gloria, sin referirla a ti, se ensobervece. Tú ó Dios, que á los humildes y á los mansos, la posesion has dado de la tierra, ay! no permitas que el varon de sangre tu nación extermine, ni que en la tierra toda desolada, cubierto de cadáveres domine. Antes tú, que quisiste para santificar la justa guerra, el Dios de los exércitos llamarte, y en tu pueblo caudillos elegiste, y su defensa y su victoria fuiste, nuestro brazo conforta, y con tu aliento, qual huracán violento turba las huestes del perjuro bando que las sagradas leyes quebrantando de amor y de amistad y santa alianza, á guerra nos provocan y á venganza. Y tú, mi Musa, en tanto que el mundo tiemble de furor y espanto,

y entre los fieros males que preceden, que siguen, que acompañan á la venganza, la ambición, vacila; tú, mi Musa, pacífica y tranquila, qual tímida paloma que se esconde en su nido la tempestad huyendo que ya asoma, vendrás á guarecerte, mientras lo exija mi destino incierto, á la sombra del árbol del desierto.

CON PERMISO SUPERIOR.

Impresa en Lima en la casa real de niños expósitos. Año de 1809.

Se vende en la librería de D. Guillermo del Río.