Versos Spanish José Santos Chocano La Muerte Del Cisne

Spanish poem

La Muerte Del Cisne

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El joven taciturno de la hepticorde lira, que a orillas del ensueño sus cantigas suspira, con el suspiro exangüe de un viejo moribundo que ve en perfil borroso las costas de otro mundo; el ya marchito efebo de frente en que la arruga trazó su huella triste cual de pincel en fuga, de pómulos salientes en que fiebrosas crisis pintaron ya con sangre las rosas de la tisis y de ojos que simulan artificiales flores con cuentas cristalinas en luto de dolores; el que hostigado siempre por la mujer amada sólo ama los amores de la amorosa hada; el que, con alma herida de enfermedad de hastío, es una rama seca que va arrastrando un río; él mismo busca dicha de inexplicable gloria, que, aunque vulgar parezca o inútil o irrisoria, penetre en los más tetros recónditos delirios, cual voluptuosa suma de goces y martirios, y, en las penumbras hondas de mezcla tan extraña, produzca el culebreo del río en la montaña... Y así, del fondo mismo de su elocuente anhelo, surgieron tres figuras, que en sosegado vuelo atravesaron sombras y noches y capuces y su perfil tomaron de las más vivas luces. La una rubia era de suelta y blanca túnica: ceñíala una aureola por sus fulgores única, mientras la luenga cauda de su volado traje perdíase en las brumas de un boreal paisaje y entre sus finos dedos del más ebúrneo encanto un ramo deshojábase en un copioso llanto... La otra de castaña y airosa cabellera, peinada en caprichosas evoluciones, era, por lo risueña y viva, la tentadora dama que cuenta en luises de oro cada minuto que ama, buscando en cada copa con que su labio estruja para sus negras noches el sol de una burbuja. La otra era morena, de recogida falda; allá, en la lejanía, mirábanse, a su espalda, la blasonada seda de asiáticos mantones ciñéndose a los flancos en blandas inflexiones y el símbolo vibrante de helénica cigarra sobre las cinco cuerdas de la triunfal guitarra... —¡Cantad!— Las tres cantaron, y fue el cantar sonoro el brindis de las perlas en el festín del oro. —Yo soy el Arte bello del impasible esteta que busca los rincones del alma del poeta, para dejar en ellos el numen laudativo que cante dentro el mármol el ideal cautivo, bajo la forma eterna que en símbolo de roca pone elocuente dedo sobre la muda boca. Yo soy el sueño humeante, que en espirales sube y piérdese en los limbos de la voltaria nube, con las filosofías de la caduca escuela que busca los misterios, y vuela, vuela, vuela, como si fuera un soplo de la verdad divina resucitando glorias en la pagana ruina. Yo corro por los campos en busca de las flores, porque parecen bocas que dan besos de amores, y como yo amo el beso, porque es blanca pureza amo también las flores que da Naturaleza: las flores son mi símbolo y mi Arte de ellas toma el siempre erecto tallo y el siempre casto aroma y así sobre la tierra se yergue mi Arte bello, que lo perfuma todo sin reparar en ello. La carne es fango y mi Arte no es de carnales galas, sino de florilegios en las campestres salas, donde susurran fuentes, donde aletean brisas, donde las flores cambian suspiros y sonrisas... Ya ves: mi amor no quiere caricia de lujuria, que es cólera y delirio, que es explosión y furia; mi amor apenas pide caricia voluptuosa, que es emparrado y césped, que es arroyuelo y rosa Si me amas, al oído te inspiraré los cantos de eurítmicos compases y místicos encantos; y si de amarme dejas, perdiéndome en la bruma desde la peña altiva me arrojaré a la espuma como la virgen loca de la hamletiana corte... —¿Cuál es tu nombre? —Ofelia, la idealidad del Norte. Yo soy la triunfadora refinación del vicio, que me hace vibrar lauros en fiestas de artificio, bajo el pendón radiante de acribillada noche, que es riego en mis raíces y aljófar en mi broche, mientras me dan, en brazos de fugitivo dueño, sus exquisitos zumos las cepas del ensueño... Practico los milagros de Venus de Citeres: museo soy de gracias y estuche de placeres. Conozco los secretos de aquel amor pagano que idealizó las formas: no los conozco en vano... Cuando la hora verde con azufrados toques irradia en los cristales de crapulosos choques, yo corro por las calles, vestida de la sombra, eu busca de la lengua que con amor me nombra; y, así que encuentro un brazo para apoyar el mío, canto, suspiro, lloro, beso, y abrazo, y río, y me revuelvo, y danzo como una sierpe loca: veneno hay en mis ojos, veneno hay en mi boca en mis corruptas manos y en mis vitandos senos. Soy mezcla tentadora de miedos y venenos!... Si quieres, dame el brazo: vamos en pos del vicio; que el Arte me incomoda y adoro el artificio. Poeta: canta el canto, de las orgías rojas, donde los besos ruedan como marchitas hojas, donde los labios sangran como lascivas fresas; y no te patriarquices en las frugales mesas, bajo copudas hayas, sobre mantel de lino, sino derrocha a mares el burbujeante vino, sentándote a las cenas del lujo y a mi lado, donde resalte en triunfo tu frac florojalado: después, yo, siempre dócil bajo el halago tierno, seré toda la noche tu lámpara de infierno... Si te amas a ti mismo, si tienes por ventura caprichos voluptuosos gozando en tu hermosura, ven a narcisearte dentro mis limpios ojos; y has de tener entonces novísimos antojos, porque, al sentirte envuelta por mis eternas llamas, tendrás que verme viéndote y me amarás si te amas... Pierrot me está enseñando su máscara de harina, y me da risa: ríete... —¿Quién eres? —¡Parisina!

—Yo soy el alma joven de las verbenas locas que pone los claveles sangrientos en las bocas, y canta el sonoroso y olímpico epigrama del vino y del abrazo, del beso y de la llama. Yo soy la que surgiendo, como la peña sola entre los histerismos de la danzante ola, me yergo entre los bailes, en pedestal de flores, y trenzo las peleas, y anudo los amores... Yo soy la de la falda suspensa a la rodilla; zapato de listones, bajo plateada hebilla; montera sobre el moño cuajado de claveles: chaqueta de torero bordada de horopeles. Y manos enclavadas a firme en la cintura, con el altivo dengue de mi gentil figura.. Yo soy la que en la plaza de requemada arena, aplaudo la bravura y aplaudo la faena; y guardo mientras ello del matador la capa: Él escapó del toro, pero de mí no escapa. Ya ves: hay en mis labios los besos más mortales, que tienen aguijones ocultos en panales. Si así quieres quererme, yo te querré en la vida cual nunca te quisieron: ¡yo soy para querida! Pero ¡ay de ti! si intentas burlarte de mi empeño; y vas cual mariposa de un sueño en otro sueño, de un amorío en otro, y así en constante huida, y así en alegre vuelo ¡yo soy para temida! No esperes que tus vanas caricias me desarmen: yo soy la mujer fuerte... —¿Cómo le llamas? —¡Carmen! Después... quedose el bardo súbitamente mudo: quiso cantar el Cisne, pero cantar no pudo; y en toses desgarradas, con ligereza suma, saltó la sangre al suelo como una flor de espuma; y su gentil cabeza rodó desvanecida; y por sus propios labios quiso arrojar la vida... Las tres mujeres luego rasgáronse a pedazos la desceñida ropa, torciéronse los brazos, cayeron de rodillas, golpeáronse la frente; ¡y sus seis ojos fueron una capilla ardiente!...