Spanish poem
La Muerte Del Héroe
Bolognesi, vibrante y encendido en patriótico ardor, buscaba acaso que pronta muerte le saltara al paso; y como hubiera sido corto ese día para tanta gloria si Josué paró al sol en su carrera hasta alcanzar la bíblica victoria, ¡ah! también él lo hubiera detenido para seguir en la batalla fiera, hasta haber muerto... ¡ya que no vencido! ¡Y tal lo ve la historia todavía! En su negro corcel, avanza, avanza al peligro mayor. Vibra en sus ojos el sol eterno del Eterno Día; porque bulle en su pecho la esperanza de hacerse un pedestal con los despojos de la propia invasión. Así la espuela clava al ijar de su corcel, que vuela relinchando de horror; ¡y así entre el fiero batallar de la tropa amontonada, en su diestra viril, brilla el acero cual si fuera un relámpago hecho espada! De pronto, por su mente enardecida cruza en rápido vuelo heroica idea: si ha de morir, que sea vendiendo cara su gloriosa vida. Oprimirá el botón que precipite el fin de la tragedia: la corriente eléctrica provoque; y prenda luego la subterránea mina. Así el desquite alcanzará de la invasora gente, que morirá con él... Y corre ciego, atropellando en su ímpetu furente mil invasores, que de sangre beodos, ruedan a discreción. Sobre su frente brilla el deseo que en su pecho siente: ¡morir, como Sansón, matando a todos!... Mas ¡ay! que hasta la Muerte apetecida es a veces también indiferente... Y falla el hilo eléctrico; y entonces triste, desesperado de la vida, vuelve a buscar, entre los roncos bronces y los filos de acero, el golpe que abra con mortal herida su pecho de cruzado caballero. Y fue entonces también cuando el combate arreció en torno al héroe; y cuando fiero clavando en su bridón el acicate embistió el héroe con mayor embate. En medio de la horrenda vocería, cada cual fulminaba entre el tumulto tanto golpe, que al fin no se sabía, porque en la confusión quedaba oculto, quién lo daba, ni quien lo recibía! La muerte en su corcel llegó de lejos y a manera de flecha disparada que va certera al blanco, su mirada envolvió al héroe en lívidos reflejos; y la frente del héroe iluminada siniestramente así, doblose mustia, con la dulce expresión de un sol marchito que se hunde en un crepúsculo de angustia. No se oyó un solo grito... Sólo se oyó un ruido atropellado: estrépito de cuerpo que ha rodado; metálico rumor de armas de guerra; y del corcel, al punto disparado, al trote que hizo palpitar la tierra... Tendido estaba el héroe: ahí, tendido. Las canas, envolviendo la cabeza como pálidas nieves de tristeza; la macilenta faz, en un extraño fulgor bañada; el corazón, herido... Breve espacio ocupaba sobre el suelo; ¿mas qué su breve corporal tamaño, si su alma sola llenaría el cielo? La Gloria descendió desde la altura y le ciñó su espléndida corona: al abrirse las nubes, por la anchura un trueno, como un grito de amargura, repercutiendo fue de zona en zona... Y la Gloria ante el héroe parecía cauteloso guardián, a la manera del alba que precede al nuevo día. La Muerte en su caballo amenazola, como en la orilla rocallosa y fiera al Morro enhiesto la quebrada ola: quísola atropellar, pero fue en vano; porque la Gloria, aunque mujer, es fuerte. La Gloria se inclinó, cogió la espada que el héroe retenía entre la mano: y preparose a defender armada el cadáver del último espartano... ¡Y fulguró esa espada de tal suerte entre las sombras del dolor humano, que se espantó el caballo de la Muerte! Volvió la Muerte los abiertos ojos; y como por do quier que la mirada espació, apenas encontró despojos, al verse en triunfo sobre tanta vida, se sintió de sí misma horrorizada y fugó en su corcel despavorida... La Gloria entonces con nerviosa mano clavó la espada en el purpúreo suelo; se arrodilló ante el último espartano; quitose la corona, y fijó en ella una estrella mayor... ¡Después, al cielo pudo elevarse con tranquilo vuelo, porque el alma del muerto era esa estrella! Y en tanto que la Gloria sosegada subía al cielo con el alma aquella, los fúnebres despojos en el suelo esperaban la póstera morada: ¡y largo tiempo, huérfana y clavada al pie del héroe, como cruz de duelo, quedó temblando la vibrante espada! Tal como, en aras de su amante ruego ofrendaba a sus dioses, el pagano de pretérita edad, el corderillo de sus mejores hatos, en el fuego; lo deshuesaba con su propia mano; le arrancaba la piel con su cuchillo; lo rociaba con vino generoso y de olientes naranjas con el zumo; y, luego, en profundísimo reposo, su oración elevaba envuelta en humo... Bolognesi también, por la victoria de su Patria infeliz, quísole al cielo rendirle el homenaje de su gloria; y cual si hubiera en su dolor infausto adivinado de la Patria el duelo, quiso ofrecerse él mismo en holocausto. Él, que era digno de la excelsa palma; él, que tenia su sitial de oro en imperante altura; él, que amparaba al sol dentro del alma; él, que huyó siempre del festín sonoro, porque era intacto cual la nieve pura; él, que nunca manchó sus galardones con ambición menguada y prematura; él, que pudo escribir en sus blasones la sacrosanta frase de Pavía, porque nunca perdió la honra sagrada que de sus padres heredara un día; él, que cuando el clarín llenó el espacio, abandonó, para coger la espada, la dulce vida del Varón de Horacio; ese hombre, ese hombre justo, en su heroísmo, quiso ofrecerse al Dios de sus mayores por salvar a la Patria; —y así el mismo que en su vida ejemplar de varón fuerte tranquila senda recorrió de flores... cóleras de volcán tuvo en su muerte!... ¡Tal el héroe cayó! Y al rudo embate cien héroes más entre el feral combate siguieron luego esos gloriosos rastros, que fulguraron en la lucha fiera... ¡No vencerá la sombra aunque el sol muera; que, cuando muere el sol, nacen mil astros! En torno del cadáver, la apretada tropa, en círculo estrecho, rechazó al invasor desesperada, como embota la punta de una espada la recia cota sobre el firme pecho; y en torno del cadáver, el hirviente combate creció más, como una airada ráfaga que girase repentina... ¡Cuando cae un peñón en un torrente, el agua de la rápida corriente en torno del peñón se arremolina!