Versos Spanish José Santos Chocano La Quietud Del Lago

Spanish poem

La Quietud Del Lago

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La quietud del lago, la emoción del río y la indiferencia de las altas nieves ponen viejas notas en los nuevos himnos: no la catarata, brindis fabuloso, brindis nunca oído, brindis resonante de un millón de copas que las cumbres vuelcan sobre los abismos. Es la nota única, es la nota nueva, que los primitivos no copiaron nunca... no copiaron nunca... dentro de la clásica onomatopeya de sus cantos líricos. Una vez, en medio de una selva virgen, intenté en mis versos traducir los ritmos de un canto salvaje (de un canto salvaje que me ha perseguido obstinadamente días y semanas y meses y siglos); y cuando afanoso imité los ríos y fingí el jolgorio de las hojarascas y ensayé gorjeos y aprendí rugidos, hallé todo inútil, porque tales ritmos eran diferentes... eran diferentes... de los que yo oía dentro de mí mismo. Hasta que, de pronto, (¡Salve, Tequendama, gran maestro mío!) contemplé y a un tiempo escuché el prodigio con que el Tequendama brinca en la sonora taza de un abismo, como si en el fondo la Naturaleza juntase sus manos para recibirlo... El río se arrastra por los laberintos de rocas peladas que enseñan los puños y roncas cavernas de cóncavos gritos, bajo la arquería de las verdes frondas que encorvadamente tiemblan sobre el líquido: es como un paseo solemne y tranquilo, con blandos murmullos que se desenvuelven en conversaciones llenas de suspiros. El río se arrastra... se arrastra... se arrastra... sin otros ruidos que los de una cola que resbala apenas, majestuosamente, sobre las allbmbras de un palacio antiguo. Súbito, las aguas sienten un vahído, ua presagio, un soplo de misterio y sombra, hálito de fieras, hálito de abismos; y, cobardemente, con el mudo asombro que sintiese un niño, ensanchan sus ribas, ahondan su cauce y forman un charco que yace tranquilo, bajo cien espumas todas inocentes como las sonrisas de un ángel dormido... Plácida apariencia la que tiene el río, dentro del estuche de cincuenta rocas en que sonriendo se detiene tímido; porque ve que pronto se abrirá la caja fúnebre y entonces, lleno de martirio, tiene aquel instante que es como el instante, siempre decisivo, en que toda el alma se recoge y piensa antes de sentirse valerosamente dentro del peligro... Y las aguas corren... corren siempre... corren... Y en el elocuente cuadro del suicidio, entre las crispadas rocas que lo estrechan, se retuerce el río y da un latigazo de cólera al aire como una serpiente que un cóndor sacude prendida en el pico... Y tiembla la caja de música, tiembla con temblor eterno desde el alto pino de la embocadura hasta la palmera del fondo del nicho, los peñascos tiemblan, las neblinas tiemblan tiemblan los chispazos, tiemblan los ruidos; y es así, por eso, cómo se dijese que misericordia, que misericordia, bajo aquella mole, piden los abismos.. Neblinas, neblinas, neblinas corno hechas de largos suspiros, se elevan del fondo y envuelven la mole, tejiendo un sudario muy leve y muy lino. Al mirar los copos de espuma, a manera de seda en ovillos, que el río en su salto destuerce y alarga como una madeja de lánguidos giros, se piensa que el genio de aquellas regiones, con dedos artísticos, en vez de hacer gasas, va haciendo en el fondo neblinas que suben tejiendo un sudario muy leve y muy fino. A veces un rayo de Sol cae en medio de aquel laberinto de nieblas y espumas, cual si alguien quisiese tocar las melenas de un monstruo con una varilla de vidrio... Y el Sol se abre paso... Toca el fondo mismo; y un gran arco-iris... dos... tres... bullen, saltan, desprenden del fondo sus trémulos círculos y al Sol van saliendo, como mariposas que abrieran sus alas de siete colores dentro del abismo. Y otra vez las nieblas sobre las espumas... Y otra vez el rayo de luz sutilísimo... Y otra vez los iris. . Y otra vez las nieblas sobre las espumas... ¡Cien veces... mil veces... hasta lo infinito! Dijérase a ratos; que, en un desposorio de dioses antiguos, el Salto es un ramo de blancas espumas alado con cintas de siete colores en medio de un río. Y el bosque, bajando desde las alturas hasta los abismos, es un cesto en donde se juntan las plantas de todos los climas: palmeras y pinos; y así es cómo el Salto, que cae en el fondo del cesto florido, está recorriendo monótonamente, monótonamente, las cuatro estaciones por todos los siglos... Ya ahora... ya ahora, traduzco en mis versos (¡Salve Tequendama, gran maestro mío!) traduzco en mis versos el canto salvaje, el canto salvaje que me ha perseguido obstinadamente días y semanas y meses y siglos; y copio la nota que los primitivos no copiaron nunca... no copiaron nunca... dentro de la clásica onomalopeya de sus cantos líricos...