Versos Spanish José Tomás de Cuéllar El clarín de la selva

Spanish poem

El clarín de la selva

by (1830–1894)

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RASGANDO la tiniebla ya colora En el Oriente, imperceptible, escasa, Como cendal de transparente gasa, La tibia luz de la risueña aurora.

Y apena el viento, que al follage orea, Comienza fresco á susurrar sonoro, Y presta al dulce matutino coro El ave entre las ramas se menea;

Apenas el arroyo cristalino Murmura entre las guijas mansamente, Allá, sobre las rocas del torrente Se escucha un canto de placer divino.

Un arpegio sonoro, melodioso, Como el del arpa del querub alado, Grato como la voz del sér amado Que infunde al alma halagador reposo.

¿De quién es esa voz, cuya armonía Fué la primera que rasgó los vientos Por saludar con mágicos acentos La nueva luz del esplendente día?

¡Ah! tú turbaste el funeral sosiego, Tú anunciaste el consuelo matutino, Y al escuchar tu cántico divino Todas las aves te siguieron luego.

El clarín de la selva! ¡Cuán hermoso Se ostenta allá sobre escarpada cumbre, Para gozar de la primera lumbre Que presta al orbe Febo luminoso!

Al contemplarlo en el pintado Oriente Derramando su luz á lo creado, Mezcla el cantor su acento regalado Con el bramido del veloz torrente.

Desde el raudal de reluciante plata, Rasgando el velo de la espesa bruma, Rápido vuela por besar la espuma Del fondo de la horrible catarata.

Y sus livianas alas humedece En la ola que pasa murmurando, Y luego alegre en el ciprés cantando En las ramas meciéndose aparece.

Canta, pájaro errante, en la espesura, Que al escucharte el triste peregrino En la mitad de su árido camino, Tregua darás tal vez á su amargura.

Canta porque á tu dulce melodía El corazón de padecer cansado, De súbito se siente enagenado En alas de la férvida poesía.

¡Ah! tú tal vez cuando naciera el mundo Al soplo del Eterno, de improviso En medio del ameno paraíso, Lanzaste un canto de placer profundo.

Y con el alma noble estremecida Tal vez Adán al contemplarte atento, Elevó su mirada al firmamento Para ensalzar al que te diera vida.

Tu acento celestial, cantor silvestre, Infunde al alma bienestar sabroso, Ya en el seno del soto pavoroso, O ya en la grata soledad campestre.

Lenitivo de férvidas pasiones, Bálsamo del dolor, almo consuelo; ¡Cuántas veces cesó bárbaro anhelo De tu voz al sonar las vibraciones!

Tal vez el criminal en la espesura, Acechando á la víctima inocente, El brazo ha suspendido de repente Al escuchar tu angélica dulzura.

Sí; la voz de las aves candenciosa Es eco de la música del cielo. Que Dios enviara á nuestro triste suelo Para alivio del alma congojosa.

Canta, pájaro hermoso, revolando En el confín del apartado monte, O rápido atraviesa el horizonte Siempre tu dulce grito levantando.

Escúchete doquiera en mi camino; Que si me agobia torcedor secreto, O he de vivir en mi pesar sujeto Al capricho de bárbaro destino.

Si alguna vez la negra desventura, O el falso alhago de mujer traidora, Mi apasionado corazón devora Y vierte en mi existencia la amargura;

Llegando á mí tu armónico concento, Salvaje morador del soto umbrío, Dilataráse entonce el pecho mío, De blanda paz al delicioso aliento.

¡Oh! plegué á Dios que cuando dura suerte Me marque el hasta aquí de mi camino, Escuche yo tu cántico divino Entre los brazos de la horrible muerte!