Versos Spanish José Tomás de Cuéllar El otoño

Spanish poem

El otoño

by (1830–1894)

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¿OYES silbar el viento proceloso Entre los secos troncos, y en las peñas No ves cual troza las marchitas breñas? ¿No miras en los tristes arenales Las pardas espirales Del fugaz remolino vagaroso? Mira el bosque desnudo De sus pomposas galas: Oye cual lanza su graznido rudo El cuervo que se aleja Hendiendo el aire con sus negras alas.

Contempla la arboleda, hermosa mía; Ya no verdean las copas arrogantes

De aquellos fresnos que prestaban sombra A la mullida alfombra Del césped do tranquilo nos sentábamos A mirar los cristales de la fuente, Que á nuestros pies besaba mansamente Las júncias y las cañas.

Los álamos del valle ¡cuán distintos Se ostentan á mis ojos! Erizados, desnudos, Semejando esqueletos Por cuyos brazos cruza el cierzo impío Con silbidos agudos...

Mira la negra nube Que empaña el azulado firmamento Y vagarosa sube Con ráudo movimiento: Y en el ocaso opaco los celajes Ya no remedan límpidos paisajes; Cárdenas, tristes nubes se derraman En informes, fantásticas figuras; Lentamente se inflaman, Se agrupan, se levantan perezosas,

Revelando á la ardiente fantasía Creaciones peregrinas: Montes, sepulcros, lúgubres ruínas...

¡Oh del ocaso negros nubarrones! No me auguréis, por Dios, de mi futuro La perspectiva triste en que algún día, Seca la flor de la esperanza mía, Se pierdan mis doradas ilusiones! No reveléis falaces á mi mente, Que ese campo sombrío Que formais pavorosas, Es remedo del campo en que mañana Tal vez me arroje mi destino impío!

¡Ah, si tal vez amada de mi alma, Tras de la dulce calma Un negro porvenir allá se esconde! ¿No ves que todo muere? ¿No miras esas hojas que se agitan Marchitas por el suelo? Mira ¡ay tristes! do quier se precipitan Con presuroso vuelo... ¿Y á dónde van? ¡Quién sabe! Las arrastra

El poderoso impulso de los vientos, Y las lleva tal vez hasta el torrente Donde míseras caigan de repente, Y entre áridos peñascos se sepulten Hundiéndose en el cáuce eternamente!

Tú las viste nacer en la pradera, En tus mejores días, Cuando pasar solías En las tardes de alegre primavera. Tú viste engalanarse la arboleda Con follaje pomposo, Viste brotar las purpurinas rosas Que embalsamaban el ligero viento Y se mecían graciosas; Tú viste abrir el cáliz blanco y puro De la bella azucena, Do las límpidas gotas de rocío Eran como tus lágrimas, bien mío! Y allí escuchaste plácidos rumores, De las fuentes el lánguido murmullo, Y de la casta tórtola el arrullo, Y la armonía también de mis amores...

De mis amores, sí; por vez primera Sonó la lira mía, Para decirte en venturoso día, Hermosa, que te adoro, Que eres mi bien, mi vida, mi tesoro..... ¡Cuán ligeros pasaron los instantes! ¡Ay Dios, que todo muera! Se alejaron los céfiros flotantes Cargados del aroma de las flores; Huyó la primavera Con sus dulces y lánguidos rumores, Con sus alados plácidos cantores, Con su diáfano sol que reverbera.

Se secaron las fuentes apacibles, Y do las ondas lentas discurrían Lamiendo el césped de vecina loma, Hay grutas do la víbora se asoma, Y reptiles que raudos se desvian. El cáuce del arroyo el viento orea Y crece inútil verdinegra rama, En vez de la alba flor de la ninfea.

Todo cambió: de la feraz natura Se agostó el bello manto de verdura, Y de luctuoso velo Se cubrió el valle, el horizonte, el cielo....

Así tal vez, de ardientes corazones, Al embate de rápidas pasiones, Se extinga la ventura; Y así también en largos sinsabores Se truequen el placer y la ternura De nuestros dulces, férvidos amores, Y mañana quizás... funesta idea! Cual ese campo estéril y sombrío Miren ¡ay Dios! tu corazón y el mío...