Spanish poem
14 (Dulces afanes del amor primero)
Dulces afanes del amor primero, vírgenes y sabrosas sensaciones que, al invadir el corazón sincero de una doncella casta, de ilusiones santas henchís su corazón entero, ¿cómo entráis en su alma? ¿Cómo de ella señores os hacéis, y desde el punto en que el alma asaltáis de una doncella, toda su vida entera es un conjunto de esperanzas, recuerdos y temores, que del primer amor la imagen bella doquier la muestran entre luz y flores? Por dondequiera que sus ojos vuelva con el vago poder del pensamiento, en la sombra, en la luz, como elemento único de su ser, la trae el viento con el rumor del mar o de la selva, la bella imagen, el sonoro nombre, la fe leal del corazón de un hombre. Su ansioso corazón, su oído atento, su mirada voraz, tan solamente con afán delirante en cuanto abarca en el azul ambiente su enamorado pensamiento errante, la faz contempla de su amor ausente, las frases oye de su voz amante y el son lejano de sus pasos siente. ¿Por qué impregnan de amor el mundo entero las sensaciones del amor primero? Dios lo sabe no más, que el amor hizo para el alma del hombre, y que absoluto le da para él inexplicable hechizo, deleite espiritual que niega al bruto. Porque el amor del corazón humano, chispa encendida en el amor divino, no es el instinto irracional, villano, ciego, torpe, brutal, loco y sin tino que a un placer material sólo conduce, instinto que las razas reproduce. Dios inspira otro amor al alma humana: germen de mutua fe, que en dos encierra para que encuentren dos un alma hermana que acompañe su viaje por la tierra, dejan de la existencia en el camino con sus besos de amor alimentados y en la agua de sus lágrimas bañados, hijos de su alma, que en su ser divino el germen puro de su amor reciben y en la que fueron engendrados viven. Por eso es siempre nuestro amor primero casto, infantil, poético y sincero.
La sociedad hipócrita, mundana, es quien de esta pasión santa y serena el germen vicia y el altar profana y del amor los frutos envenena. Siempre el primer amor, rosa temprana de fe y aroma de inocencia llena, marchita a poco de nacer se inclina y en el alma no más deja una espina.
Nunca primer amor fué bien logrado para esas nobles almas, cuya esencia es ese amor por Dios inoculado en el germen vital de su existencia. Los que ese único amor sólo conciben, los que para ese amor único viven en la tierra, al sentir su flor marchita, vuelven de esa pasión la fe infinita a Dios, de cuyas manos la reciben: siempre es fin de este amor, de fe misterio, la desesperación o el monasterio.
Genoveva, en su espíritu sentía brotar ese amor único, exclusivo: cuadro de flores, luz y poesía de irresistible y mágico atractivo; panorama de flores sin abrojos puesto por vez primera ante sus ojos. En ese estado plácido, halagüeño en que entregada el ánima tranquila de la vigilia a la merced y el sueño, suspensa en brazos de los dos oscila, veía al conde por él, sola figura animada del cuadro, atravesando su fantástico edén, de una ventura imaginaria un porvenir labrado: y risueña, gentil, aérea, errante, cambiada, por la atmósfera flotando, de forma y de lugar a cada instante.
A través de los párpados cerrados de la amante doncella las pupilas, de sus futuros días enlazados sólo con horas de placer tranquilas, veía al conde por el campo ameno adelantarse rápido y sereno, como maná de bendición vertiéndolas por la tierra feliz de sus Estados, que en los deleites de la paz perdiéndolas convertíanse en huertos encantados en cuyos frescos árboles floridos colgaban, columpiándose, sus nidos colibrís, cardenales y oropéndolas. Y la imagen del conde vagarosa, mil veces por doquier reproducida, iba con hebras tenues de oro y rosa tejiendo el hilo de su doble vida; porque ella iba tras él entre las flores en la sonora vibración mecida del dulce son de un cántico de amores que el conde, reclamándola, entonaba y un ángel con un arpa acompañaba. Y de delirio tal en el empeño, y con el sueño y la vigilia en lucha, cediendo un punto a la vigilia el sueño, los sentidos cobrando, cree que escucha de lejano cantar son halagüeño; y según de su ser va siendo dueña, convenciéndose va de que no sueña. Salta del lecho, el pabellón descorre que la ventana gótica tapiza, y al divisar desde su enhiesta torre la torre fronteriza donde su huésped mora, siente venir desde ella a su aposento el son de su arpa y de su voz sonora, que la trae una ráfaga incolora, suave suspiro del dormido viento. Aura que aroma y que refresca el lago, y que a la par que de su faz orea la fina piel con cariñoso halago y en sus revueltos rizos juguetea, a sus oídos la canción conduce, y el corazón amante la recrea, y el veneno en el alma la introduce de ese primer amor jamás dichoso: poética pasión, de fe misterio, a la que sólo dan paz y reposo en la tierra el panteón o el monasterio. De ese primer amor la savia nueva que dentro de su ser circular siente, deja que se introduzca Genoveva y que en su amante corazón fermente. No ve que se le brinda, como a Eva el pecado primero, una serpiente; que amor cuando en el alma se introduce locura en ella y ceguedad produce.
¡Raza infeliz de Waifro, que se olvida de que Dios de sus madres en el seno a sus hijos maldice, y que su vida con su leche al nutrir les dan veneno, y que su odio y su amor deben lo mismo abrir bajo sus pasos un abismo! ¡Raza infeliz de Waifro! Genoveva, la última flor que das en tus montañas, el fatalismo de tu sino lleva con su primer amor en sus entrañas.
Aquella noche por la vez primera de la dama turbaron el reposo, pasando en larga y silenciosa hilera y en giro interminable y vagaroso por su imaginación, las mil visiones, quimeras, esperanzas e ilusiones con que de una pasión el primer día llena el alma dejándola vacía: que al hacerse el amor del alma dueño engendra la inquietud, ahuyenta el sueño. Las palabras del cántico amoroso, a las cuales hizo eco la bravía y única nota del salvaje acento que introdujo en su cámara sombría desgarrada una ráfaga de viento, exaltaron después su fantasía con el vago temor de algún evento a cuya indagación en horas tales su decoro entregarse la impedía. Así fué que leyendo y releyendo y volviendo a leer las desiguales páginas, y en su afán las hojas sueltas de aquel poema de su amor uniendo y rompiendo una y cien, mil y mil veces, con su amor en su lecho anduvo a vueltas y olvidó acaso sus nocturnas preces: cuando en un corazón amor se anida, de sí mismo y de Dios por él se olvida.
Febril, inquieta, insomne y anhelosa, y sin darse razón de la impaciencia que así la agita el pecho, pálida, fatigada y ojerosa, con estrellas aún saltó del lecho. Despertó a su nodriza que duerme en una cámara inmediata; y como muchachuela antojadiza que de su humor excéntrico desata el raudal, y con hechos y con dichos muestra que obra, víctima insensata, a impulso y a merced de sus caprichos, mandó por primer vez con aspereza enjaezar su yegua aún fatigada, desvelar a sus pajes aún dormidos; se quejó de la inercia y la pereza de los de quien, por ella preferidos, debería de ser más contemplada, extrañando que duerman todavía: aunque, por más que esté muy avanzada la noche y por la luna iluminada, aún está lejos y a clarear no empieza la ansiada luz del venidero día.
Por la primera vez de su existencia tal vez, mientras a solas se vestía dió señales de insólita impaciencia, casi sintiendo impulsos de coraje mientras, equivocadas, se vestía las conocidas prendas de su traje. Acciones y propósitos extraños, que la nodriza ve y oye espantada también por vez primera en tantos años; el intéprete a ser mustia y callada partió, sin darse cuenta del misterio de esta acritud y desusado imperio.
Genoveva salió tras de su huella y a aguardar en el patio fué impaciente su yegua enjaezada: montó en ella, y sola y en silencio cruzó el puente; mientras su servidumbre soñolienta buscaba al conde y al sombrío viejo, de tal salida para darles cuenta y demandarles orden y consejo. Mas el viejo y el conde habían partido, con sus perros aquél, y acompañado éste del escudero, que a un silbido suyo se apareció como evocado.