Spanish poem
15
¿Qué busca, qué desea y adónde va? ¡Quién sabe! En torno de su jaula girando sin cesar, do hacer el primer nido se ve buscar a un ave a quien, aislada, agita su instinto de anidar. ¿Qué busca, qué desea y adónde va? La clave de la inquietud de un alma que necesita amar la tiene Dios, que guarda del corazón la llave y a la mujer y al ave crió para anidar.
Y lágrimas sin causa, temor sin fundamento, irritación injusta, voluble voluntad, afán inexplicable de cambio y movimiento, han sido y serán siempre de amor necesidad.
Por eso una barranca, que su corriente lleva al lago que la ofrece su seno de cristal, bordeando distraída recibe Genoveva sobre su faz los besos del aura matinal.
La luna, que el espacio cruzando va tardía, con un afán inútil de oposición tenaz luchar intenta en vano con el albor del día, que absorbe la luz débil de su amarilla faz.
Tal vez desarraigados los árboles parece que flotan de hoja ricos y secos a la par: a veces que el castillo se aclara, se ennegrece y cambia de contornos y muda de lugar.
A veces los vapores con sus movibles brazos pedazos cubren y orlan de su extensión total, e informes e incompletos, parecen sus pedazos en ruina los escombros de la mansión feudal.
Platea aún la luna la superficie tersa de las peladas rocas y el agua del raudal; mas, aunque lucha, la alta calígine dispersa encima de los montes la luz matutinal.
En medio de esta doble, fantástica, dudosa, crepuscular y móvil y parda claridad, avanza Genoveva, como ella vagarosa, sin movimiento propio, ni propia voluntad.
Las riendas sobre el cuello del animal paciente y el cuerpo abandonado sobre la silla va, sin verlas, contemplanndo las aguas del torrente que riegan el desierto donde perdida está.
¿Adónde va, qué busca, qué anhela? No lo sabe. En torno de sí misma da vueltas sin cesar: así en redor de un árbol revolotea un ave a quien, aislada, agita su instinto de anidar.
Absorta, ensimismada, su yegua la conduce: y sin tensión la brida sintiendo el animal, al conocido bosque torciendo, se introduce en él, la cerca virgen bordeando del breñal.
A un lado, rudo, agreste, tupido y espinoso el círculo se extiende del áspero zarzal; al otro, verde, fresco, balsámico y umbroso el bosque con su nuevo verdor primaveral.
Los lirios campesinos, las leves amapolas, las margaritas frescas, los nardos de San Juan, las mil silvestres flores que nacen por sí solas y al campo mejor manto que el de los reyes dan,
los sotos entapizan que Genoveva cruza sin percibir su aroma, su vista sin gozar, sin ver los miles de ellas que aplasta o desmenuza su yegua, los retoños al paso al desputar.
Y a antojo de la bestia mohina o indolente la dama descuidada sobre la silla va, cuando encarcando el cuello plantóse de repente la yegua, rehusando pasar de donde está.
Del cielo de sus sueños de amor la castellana cayendo, con asombro reconoció el lugar: y hallóse en el remate de la alameda llana que corta como cinta de felpa el encinar.
Enfrente, a pocos pasos, los densos matorrales comienzan con que aísla la selva artificial, en red de nopaleras y recios enebrales tejidos con espinos, su valle señorial.
Y en ella, por un brazo de brío hercúleo hecha y que el prestigio ha roto del círculo guardián del misterioso valle de Waifro, está la brecha asombro de la yegua y de la dama afán.
Detrás de sus chaparros hay algo que avizora el receloso instinto del dócil animal, y que el afán aviva de ver en su señora lo que a la bestia asombra detrás del matorral.
Allí, tras los chaparros moviéndose, se esconde alguno a quien la dama interpeló: «¿Quién va?», Y por la brecha al soto desembocando el conde, la dijo: «Un siervo vuestro que a vuestros pies está.»
«¡Vos!», dijo Genoveva sintiendo a su semblante del corazón la sangre subírsela en tropel: «¡Vos!», dijo el conde, de ella llegándose delante, trayendo de las riendas en pos a su corcel.
«¡Vos!¡Vos!», dijeron ambos, un punto de hito en hito absortos del encuentro mirándose los dos: y el «¡vos! en él de triunfo se asimilaba a un grito y en ella a una plegaria de protección a Dios.
No que ella nunca osara dudar del caballero, ni que él saltar osara por su deber de tal: siente ella que la vende su corazón sincero, y él lee lo que en él pasa sobre su faz leal.
Mas con la ingenua virgen el conde generoso, la situación para ella difícil allanó; e interrumpiendo el breve silencio embarazoso, así con ella fácil la plática entabló:
–«Hallaros es augurio de venturoso día. ¡Bien haya la fortuna que me depara Dios! –¿Fundáis buenos agüeros en la prensencia mía? –¡Pues no, si habéis llegado cuando pensaba en vos!
Mirad: de margaritas tejía una corona, pensando de ella haceros en el castillo don: salido habéis sin toca: ceñíosla, me abona vuestro descuido: flores de buen agüero son.
Yo os la pondré: inclinaos. Si rehusáis la ofrenda en que mi buena suerte simbolizó mi fe, haréis que se convierta de desventura en prenda, y por divisa infausta desde hoy la adoptaré.»
Y él diestro y persuasivo cuanto inexperta ella, sus frescas margaritas en alto levantó: que su rubor mirara no quiso la doncella, y su gentil cabeza de querubín dobló.
El conde puso en ella las campesinas flores que, símbolos paganos de oráculos de amor, son aún entre cristianos horóscopo de amores para quien da o acepta la misteriosa flor.
Y al recobrar su cuerpo la grácil gentileza con que en la silla cae cuando a caballo va, la dama ya a caballo, sin toca en la cabeza, vió al conde que aguardando sus órdenes está.
Le envió la castellana, partiendo, una sonrisa, y el conde al lado suyo, galán, se colocó: y el sol, ante sí enviando la matutina brisa, tras el combado lomo del monte despuntó.
Tomaron del castillo la vuelta: ¿de qué hablaban? Crecido estaba el césped, los árboles en flor, y en ellos, ya apareados, los pájaros cantaban los no aprendidos himnos de su primer amor.
La creación henchía de amor la primavera y en nuestro globo todo se preparaba a amar: temblaba estremecida de amor la tierra entera del uno al otro polo, del uno al otro mar.